La evangelización y el proselitismo

Con demasiada frecuencia se identifica el proceso de evangelización con la práctica del proselitismo. En muchos contextos de nuestras sociedades tardo…

Con demasiada frecuencia se identifica el proceso de evangelización con la práctica del proselitismo. En muchos contextos de nuestras sociedades tardomodernas, se admite, casi a regañadientes la existencia del hecho religioso, pero lo que se tolera mucho menos es la libre capacidad de expresar y de celebrar las propias creencias en el espacio público. 
 
Desde la mentalidad laicista, se acepta el hecho religioso como un mal menor, casi como el residuo de otro tiempo finalmente superado, pero se admite con dificultad la libertad de expresión de estas creencias y, por consiguiente, cualquier manifestación pública o celebración de puertas a fuera se etiqueta rápidamente de proselitismo y con esta palabra se tacha de fenómeno negativo y perjudicial para el buen funcionamiento de las sociedades plurales, democráticas y supuestamente libres. 
 
Donde realmente se manifiesta el respeto al derecho de libertad de creencias, de pensamiento, de expresión y de asociación en la sociedad es en la pluralidad de opciones. Cada cual debe tener el legítimo derecho a expresar lo cree, siempre y cuando, -claro está-, que esta expresión no vulnere otros derechos fundamentales como el de integridad, dignidad o igualdad entre todos los seres humanos. Dentro de este marco común, es legítimo expresar lo que uno crea, ya sea ateo, budista, cristiano, masón o judío. 
 
La calidad de una sociedad libre se mide, precisamente, por esta pluralidad de grupos y entidades que, pacíficamente, expresan sus ideas y su fe, sin tener que renunciar a influir en el espacio público.  La tendencia a arrinconar lo religioso dentro de los límites del templo, la voluntad de encerrarlo en el espacio sagrado es una clara vulneración de la libertad de expresión. Da la impresión que cada cual puede manifestar sus ideas del orden que sean, mientras no sean religiosas, puesto que, cuando lo son, fácilmente se le tacha a uno de proselitista, de fundamentalista o, simplemente, de  trasnochado. 
 
Es fundamental distinguir entre proselitismo y evangelización para entender el encaje de lo religioso en las sociedades plurales y secularizadas. El proselitismo, en sentido estricto, forma parte del derecho de libertad religiosa. Sin embargo, existe una determinada corriente doctrinal que rechaza la palabra proselitismo y la sustituye por otras expresiones similares, tales como comunicación de las propias creencias.
 
Independientemente de que utilicemos una u otra denominación, es evidente que quedaría sin sentido la libertad  de expresión de la propia fe, y vacío de contenido el derecho a cambiar de religión, si se negase el derecho a exponer a los demás, por medios legítimos, el contenido de las propias convicciones para atraerles hacia las mismas. 
 
Generalmente, el vocablo proselitismo se relaciona con medios ilegítimos, aunque no necesariamente debe ser así. Se entiende por medios ilegítimos la coacción, que puede ejercerse de muchas maneras, sobre las personas para inducirlas forzadamente a adoptar una actitud o una creencia. 
 
El proselitismo, tanto en su acepción positiva como negativa, ejerce un impacto sobre la cultura de un pueblo. Toda Europa ha aceptado a lo largo de siglos, la religión cristiana en sus diversas formas, la cual vino, en tiempos del Imperio Romano y siglos posteriores a sustituir a las religiones indígenas, y la tradición europea cristiana es el fundamento de los llamados valores occidentales. Otro tanto se puede decir de América, tanto del Norte como del Sur, de no pocos otros lugares del planeta. 
 
En el Oriente se han producido igualmente formas de proselitismo legítimo e ilegítimo entre pueblos que poseían una cultura y una tradición distintas. Ni el budismo, ni el sintoísmo, por poner algunos ejemplos, están hoy limitados a los países donde nacieron, y ni que decir del fenómeno del Islam en todo el mundo es un claro fenómeno de sustitución de tradiciones y culturas indígenas, lo que resulta notorio en la India, en el Oriente Medio y en buena parte de África. 
 
Las tradiciones religiosas deberían reconocer, en un acto de contrición, los modos ilegítimos de ejercer proselitismo que se han practicado a lo largo de la historia y que se siguen ejerciendo en la actualidad y, se deberían comprometer, para el futuro, en comunicar pacíficamente y educadamente sus creencias. La petición de perdón que llevó a cabo la Iglesia Católica por sus errores históricos, antes de iniciar el Tercer Milenio, es un ejemplo paradigmático de ello. 
 
Hoy en día ha surgido un movimiento, que se va haciendo notar cada vez más intensamente, el de salvaguarda de las tradiciones culturales de los pueblos que han conservado un cierto primitivismo. La idea de que la tradición y la cultura ancestrales no deben ser sometidas a cambios religiosos que las alteren ha estado, sin embargo, ausente de la mentalidad humana durante la mayor parte de los siglos.
 
En la actualidad, sin embargo, en algunos países de América Latina, se ha llegado a prohibir la evangelización que pudiese afectar a tribus que conservan todavía religiones ancestrales, para evitar la desaparición de esos fenómenos culturales que se consideran patrimonio del país en el que existen. Es un fenómeno nuevo, basado, más que en el aprecio a las religiones indígenas, en un concepto de conservación arqueológica de los modos de ser de los pueblos antiguos. 
 
La evangelización no se debe confundir nunca con el proselitismo ilegítimo, pero sí que forma parte del proselitismo, si entiende por éste la comunicación pacífica de las propias creencias religiosas. En sentido estricto, debe definirse como la exposición de la fe cristiana inspirada en el Evangelio. Otras muchas confesiones religiosas no cristianas realizan un proselitismo ilegítimo al cual no cabe aplicar el calificativo de evangelización.
 
La evangelización no tiene como objetivo anular el substrato cultural donde se lleva a cabo, sino asumirlo y enaltecerlo, potenciar lo más bello y sublime que hay en él, pero, a la vez, purificar ese substrato de prácticas y costumbres contrarias a la dignidad de la persona humana. 
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