La existencia del pecado original

Todos los pecados existen aunque sean una realidad no sensible. Igual sucede con el pecado original, no lo podemos ver pero no por ello deja de existi…

Todos los pecados existen aunque sean una realidad no sensible. Igual sucede con el pecado original, no lo podemos ver pero no por ello deja de existir.

En nuestra vida hay muchas realidades no sensibles pero que no por ello no existen: el amor, el cariño, la lealtad, la compasión, la generosidad, la bondad.

Estas realidades que en sí mismas no se conocen, no son visibles, pero se conocen sus frutos. Frutos por otro lado muy importantes y muy valiosos, que a veces se olvidan y por ello mismo el ser humano acaba perdiéndose en otra realidades más visibles y tangibles pero menos importantes. Y se olvida del amor y sin el amor está todo perdido, y se olvida de la compasión y del cariño y de la misericordia, y sin ello se pierde en un materialismo insustancial y pernicioso.

Estas realidades, precisamente las no tangibles, son las que mueven nuestro corazón al bien y hacen que nuestra vida se pueda vivir de una manera más llevadera y más confortable. Igual sucede con el pecado, el pecado no lo podemos tocar, no es tangible ni visible, pero está ahí buscando la ocasión para traicionarnos:

·Para provocar en nosotros un sentimiento negativo y a veces cruel hacia los demás. Por ejemplo: la envidia, la usura, la calumnia, el odio, la venganza…

·O para que nos olvidemos quiénes somos y destruyamos con nuestros actos nuestra propia naturaleza. Por ejemplo: la droga, el terrorismo, las guerras…

·Otras veces dada nuestra condición de seres libres negamos a Dios o nos despreocupamos de Él e incluso blasfemamos.

El hombre y la mujer en la mayoría de las ocasiones saben distinguir perfectamente entre el bien y el mal. La conciencia, esa luz interior que guía nuestras vidas, nos hace discernir la diferencia entre estas realidades. Ahora bien, si la conciencia, dada la impronta de nuestra libertad, la desfiguramos o no la formamos adecuadamente o la acallamos para que no nos moleste entonces no será para nosotros un instrumento útil para la consecución del bien.

El elemento fundamental que dirige nuestra vida es la libertad, con la libertad podemos acatar lo que nos indica la conciencia o podemos por el contrario, como hemos dicho, acallar la voz interior que nos dice hacia dónde hemos de dirigir nuestra vida.

A nuestros primeros padres: Adán y Eva, Dios entregó este gran don de la libertad y nuestros primeros padres podían elegir y sabían que su elección repercutiría positiva o negativamente a toda la humanidad y eligieron, por soberbia, el enfrentamiento a través de la desobediencia, pues pensaban que Dios por capricho los quería tener sometidos.

Al desobedecer perdieron sus privilegios y el Paraíso se transformó en un lugar que llevaba ya implícito la huella de su pecado. Su traición desfiguró por completo ese excelso cosmos que Dios le había construido para que fueran felices. Como si dijéramos, Dios le dio a elegir entre la vida y la muerte y ellos, ignorantes, egoístas e insensatos, eligieron la muerte.

Como los corruptos de hoy, que entre la vida cómoda que llevan y la usura, eligen la usura y sus consecuencias nefastas para la humanidad y para ellos mismos. Y de esta manera se configuró el pecado original, pero Dios que es amor quiso arreglar la tremenda traición del hombre y vino el rescate. El rescate de una humanidad que había perdido toda su dignidad.

Con el rescate y para llevarlo a efecto vino Jesucristo, que es Dios, a la tierra, y vino para rescatarnos a través del sufrimiento y muerte en la cruz. El pecado original y nuestros futuros pecados personales requerían un gran rescate.

Grande fue la traición, grande sigue siendo la traición personal de todos los hombres de todos los tiempos, y grande había de ser el rescate.

Consecuencia de todo esto: Jesucristo nace pobre, vive pobre, da ejemplo, vive la austeridad en plenitud, no viene a recrearse en su obra terrena, sufre como nosotros, se exige ejemplaridad absoluta en el rescate que tenía que realizar, no anda con contemplaciones, vive por y para la verdad, sufre el suplicio ignominioso a manos de unos verdugos crueles y muere en la cruz; ante la mirada de curiosos insensibles y miserables y ante la mirada de un pequeño, muy pequeño, grupo de seguidores.

Jesucristo desde la cruz, desde el trono de la cruz nos rescata. El pecado original queda borrador de la faz de la tierra, el ser humano ya puede de nuevo ser considerado Hijo de Dios.

El mal que aún queda, se sigue borrando día a día, y será borrado totalmente al final de los tiempos, cuando Jesucristo venga de nuevo definitivamente para culminar felizmente y con justicia la historia de la humanidad.

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