La familia cristiana: referente en el pasado, esperanza del futuro

Si por algo se pudieran definir los tiempos de la posmodernidad que nos está tocando vivir es por su movilidad y la celeridad de vértigo…

Si por algo se pudieran definir los tiempos de la posmodernidad que nos está tocando vivir es por su movilidad y la celeridad de vértigo con que se producen los cambios en todos los órdenes. Lo de ayer ya no sirve para hoy y lo de hoy previsiblemente ya no servirá para mañana. Estamos instalándonos en la cultura de la provisionalidad y del sálvese el que pueda, por eso hacer conjeturas resulta un tanto arriesgado toda vez que nada se rige hoy por leyes fijas y necesario; pero aun así no podemos evitar que nuestras miradas se proyecten sobre el futuro para preguntarnos: ¿Cómo va ser esa sociedad que vamos a dejar a nuestros hijos y nietos? Nadie tiene una respuesta clara, mucho menos después de la crisis político-económica que estamos padeciendo a resultas, sin duda, de otras crisis que la precedieron. En realidad, nuestra sociedad pluralista está abierta a todo. Presentimos que ha acabado un ciclo de la historia, pero no sabemos bien a dónde nos dirigimos ni lo que nos espera. Sabemos, eso sí, que en nuestras manos va a estar el poder tomar decisiones en orden a configurar la sociedad del futuro, y que al final lo que haya o deje de ser nuestro mundo será responsabilidad de los hombres mujeres que lo habitan.

Bien mirado, no debiéramos preocuparnos tanto por la sociedad que vamos a legar a nuestros hijos, cuanto por los hijos que vamos a dejar a la sociedad del futuro. Preocupados debiéramos estar por saber si van a ser capaces de gestionar bien la herencia que les dejamos. ¿Cómo debieran ser los hijos que dejemos a nuestra sociedad? Evidentemente, los gestores de la sociedad del futuro habrán de ser profesionales competentes y preparados, conocedores de las necesidades y exigencias de los tiempos modernos; pero sobre todo habrán de ser personas honestas que estén dispuestas a dar el justo valor a las cosas, que sepan distinguir la virtud del vicio, lo esencial de lo accidental, lo temporal de lo intemporal. Y en esto mucho va a tener que ver la familia, entendida como una institución natural anterior al Estado, fundamento de la sociedad y constitutivo esencial de su entramado, como lo es la célula del organismo vivo. La familia, como diría Mauriac, “es un rayo de amor eterno expandido a través de la raza”, por ello la familia tradicional nunca desaparecerá. El argumento histórico al respecto es contundente: todos los movimientos antifamiliaristas habidos a través de la historia han acabado en un estrepitoso fracaso. ¿Por qué no han de seguir la misma suerte los movimientos antifamiliaristas actuales? Los vínculos de la familia tradicional propuestos como referencia sociológica tienen unas raíces más arraigadas y profundas que las de la cultura pseudoprogresista del laicista actual.

No estoy diciendo con esto que la familia tradicional no deba evolucionar y ajustarse a las necesidades y exigencias modernas. Por supuesto que tendrá que hacerlo. El autoritarismo patriarcal del “ordeno y mando” habrá de dar paso al entendimiento y cooperación mutuos. La obediencia de los hijos habrá de conseguirse no por imposición, sino por convencimiento, las faenas del hogar y el cuidado de los niños habrá de repartirse entre los esposos; éstas y muchas cosas más tendrán que ir cambiando… ; pero sin olvidarnos nunca de las exigencias intrínsecas que se le suponen a una institución natural básica, como es la familia consolidada y curtida a través de muchos siglos, para que así pueda seguir siendo esa comunidad de amor, cálida y entrañable, querida por Dios. ¿Qué hijos vamos a dejar a la sociedad? Es la pregunta inquietante del momento presente que nos remite a las finalidades esenciales de la familia, que no acaban con traer hijos al mundo, sino que tiene que preocuparse de ellos, cuidarlos y educarlos. La familia ha sido y habrá de seguir siendo el taller donde se va moldeando el futuro ciudadano, configurando al sujeto responsable, adiestrando al hombre libre. La familia no debe dejar de ser la academia donde se aprenda a practicar las virtudes humanas, y para los cristianos, además, ha de ser el templo donde se aprenda a hablar con Dios y a vislumbrar horizontes de trascendencia que engendran esas esperanzas necesarias sin las que no es posible vivir. El desmantelamiento del matrimonio natural del que somos testigos ha de ser visto como una desgracia, porque incapacita a los progenitores para ser padres y educadores a la vez, aunque lo normal hoy sea hablar de las parejas de hecho, matrimonios entre homosexuales, matrimonios compartidos, matrimonios a plazos, parejas a prueba. La legalidad vigente ha venido a colocarnos en situación extrema, en la que padre o madre, esposo o esposa, han dejado de ser términos jurídicos para ser remplazados por otros de significación ambigua. Los matrimonios rotos han venido agravar la situación.

En esta situación en que nos encontramos se hace más necesario que nunca recuperar la figura del padre y de la madre, porque ambos son necesarios en el entorno familiar. Si algo ha quedado claro en el campo de la psico-pedagogía ha sido que el niño necesita del cariño y la aportación de ambos para el desarrollo de su personalidad, no del padre sólo ni de la madre sola, sino de los dos. La carencia de paternidad y la dejación de los padres a la hora de hacerse cargo de la educación de sus hijos están siendo una de las expresiones más claras del fracaso del mundo moderno. Los estados y los gobiernos han prescindido de las responsabilidades inherentes en orden a la protección de la institución familiar, se han olvidado también de los sólidos principios en que ésta ha de sustentarse. No se ha sabido discernir lo que es esencial de lo que es puramente histórico, se ha venido practicando una crítica poco constructiva no exenta de una feroz hostilidad hacia el magisterio de la Iglesia, que en cuestiones como ésta ha sabido mostrar una actitud sabia y prudente. Tal como nos recuerda Le Play, es con el cristianismo con el que la familia conquista una estabilidad y una solidez que jamás había conocido. En honor a la verdad, habría que hacer justicia y comenzar a reconocer que desde siempre, y muy especialmente en la actualidad, el cristianismo a pesar de todas las dificultades ha sido coherente y según yo creo y deseo está llamado a ser el fiel guardián en que podemos confiar para preservar a la familia de falsos progresismos

Esa sociedad mejor en la que todos soñamos, consistente y firme, ha de estar fundamentada en uniones sólidas y estables que ofrezcan garantías de continuidad al proyecto familiar. A nadie se le ocurriría poner como ejemplo a seguir un modelo social integrado por parejas divorciadas, hijos con dos madres y ningún padre, o dos padres y ninguna madre, como no lo es tampoco una sociedad sustentada en la poligamia o la poliandria. Naturalmente que para ser madre o padre biológico no hace falta casarse. Ahí están infinidad de madres y padres solteros. Naturalmente que para vivir juntos un hombre y una mujer no hace falta contrato alguno. Ahí están las parejas de hecho, sin ningún tipo de compromiso, pero, ¿es esto lo que necesita la sociedad? Sinceramente a mí no me convence una sociedad integrada por madres y padres solteros, divorciados, o por parejas en situación de pura provisionalidad y conveniencia.

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