La familia, ¡esperanza del mundo!

Durante la semana pasada, las diócesis con sede en Cataluña celebraron la Semana de la Familia. Fue un momento ideal para que todos los…

Durante la semana pasada, las diócesis con sede en Cataluña celebraron la Semana de la Familia. Fue un momento ideal para que todos los que creemos y esperamos en Cristo diéramos gracias por lo que ella nos permite vivir, aprovechándolo para pedirle muy especialmente por la familia. Por la nuestra en particular y por todas en general.

Hemos de dar gracias por sentirnos amados en nuestra familia, por todas las grandes y pequeñas cosas que aprendemos cada día en casa, quizás serán cosas pequeñas como un por favor, un yo te ayudo, un acercarse cariñoso, una atención con delicadeza, una palabra susurrada, un diálogo, un lo siento, una reconciliación, un gesto pacífico,… Son gestos que nos hacen ser mejor personas y que ayudan, poco a poco, a construir un mundo más agradable y humano.

No hay duda de que la vida cotidiana de mucha gente y, fundamentalmente, de la sociedad considerada en general, se ha convertido en una especie de cosa gris producida por la búsqueda de lo que me es útil y resulta práctico, que se identifica con la normalidad, lejana por completo de cualquier cosa que nos hable de atrevimiento, entusiasmo, aventura, innovación, creatividad, trascendencia,… Pero esta apariencia encubre la realidad de mezquindad y miseria en la que nos refugiamos porque, ante todo, está la propia seguridad y comodidad, en definitiva la precariedad, debilidad y trivialidad de cada uno. Nos hemos rendido al bienestar y hemos abandonado, por incómodo, el bien común sin esperar que nadie se haga cargo. Sin ilusión ante la realidad absorbente ni respeto hacia uno mismo, nos invade la tristeza a la que veladamente nos aferramos, la cual se apodera de nuestros corazones.

Acontece entonces que las personas, nuestra sociedad, necesitan encontrar seguridades y referentes para obtener respuestas que les sitúen, les animen, les den fuerza para continuar viviendo, les aporten esperanza para mirar al futuro.

Sin duda, la familia también puede acabar siendo un terreno desertizado donde falte la fuerza de la esperanza para poder vivir y se esté perdiendo el horizonte, pero la experiencia de este vacío puede sacudirlos y empujarlos a reaccionar si son capaces encontrarse en el amor, haciendo de él un terreno abonado para poder vivir. Sólo el amor podrá hacer que la familia recobre la esperanza y la alegría de creer. En el desprendimiento total del anonadarse en la nada es donde se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para la existencia, después de esta experiencia es cuando se puede encontrar el Amor que es Dios y que nos sigue abrazando.

En estas situaciones radicales es donde hacen falta personas de fe que sepan confiar esperanzadamente indicando el camino a los demás. Éste es el papel de la familia que viva en el Amor, desde el Amor, para el Amor, hacia el Amor, con amor entre sus miembros. La familia, entonces, se materializa como la esperanza del mundo que ha de contagiar a los otros. Como nos dice el Papa Francisco en la Alegría del Evangelio, “Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encarga”.

El domingo día dos de marzo escuchamos en la primera lectura cómo Dios nunca deja de amarnos, de la misma manera que las madres no pueden olvidar nunca a sus hijos, por tanto tengamos siempre la confianza en el Señor porque aunque tropecemos algunas veces, Él siempre estará a nuestro lado, a pesar de que nos parezca que estamos solos.

La vida de cada día es como un viaje en el que todos los miembros de la familia comparten juntos lo que viven. Lo que hemos de hacer es darnos al máximo los unos a los otros poniendo toda la carne en el asador, disfrutando del maravilloso viaje resultante. Nos ayudarán aquellas palabras mágicas que recomienda el Papa Francisco: por favor, perdón, gracias.

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