La fuerza de la identidad: por qué Europa no funciona

Conferencia de Marcello Pera, presidente del Senado italiano, pronunciada en Navacerrada el día 4 de julio de 2005, en la apertura del Campus FAES 200…

Forum Libertas

Conferencia de Marcello Pera, presidente del Senado italiano, pronunciada en Navacerrada el día 4 de julio de 2005, en la apertura del Campus FAES 2005, con el título La fuerza de la identidad). Marcello Pera ha sido profesor de filosofía, es agnóstico y preside el Senado desde 2001, donde fue elegido tras presentarse en las listas de la “Casa delle Libertà” 


1. Europa

He querido dedicar mi intervención a la fuerza de la identidad porque esa es la fuerza que falta hoy en día, y porque estoy convencido de que esa ausencia está en el origen de nuestras dificultades. Intentaré dar respuesta a tres preguntas. ¿A quién le falta la fuerza de la identidad? ¿Por qué falta la fuerza de la identidad? ¿Cómo se conquista la fuerza de la identidad?

Entro de lleno a argumentar, y empiezo con la respuesta a la primera pregunta. El primer sujeto a quien le falta la fuerza de la identidad es Europa.

Consideremos la situación antes del actual fracaso de la Constitución europea. Europa tenía ante sí dos caminos. Uno era convertirse en una gran zona de libre mercado dotado de las mínimas instituciones económicas imprescindibles para su funcionamiento. El otro era convertirse en una gran fuerza geopolítica. Los dos caminos no son necesariamente incompatibles, porque una gran fuerza geopolítica es también una gran fuerza económica. Pero los dos caminos no son necesariamente convergentes, ya que pueden existir grandes áreas económicas sin gran peso político.

A día de hoy, Europa no ha tomado ninguno de los dos caminos.

No ha tomado el primer camino porque la Europa de hoy, siendo sin duda una zona de enorme bienestar económico, no es competitiva respecto a otras zonas. No es competitiva con respecto a Estados Unidos, que continúa yendo por delante, y crece menos que China y que la India. Cuando se dio cuenta de esta situación, Europa se dotó de un instrumento, la Agenda de Lisboa 2000. Si se releyese aquel documento y se comparase con la situación actual, tendríamos inevitablemente la impresión de estar ante uno de esos famosos planes quinquenales con los que la Unión Soviética, antes de desaparecer sin ni siquiera enterarse de que estaba desapareciendo, se empeñaba en superar a los Estados Unidos. Se establecía allí que en diez años, Europa se convertiría en “la sociedad más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente, con más y mejores puestos de trabajo y con más cohesión económica”.

Seamos realistas y dejemos de lado la ironía. Europa no ha tomado el camino señalado en Lisboa. Hace pocos días, el 23 de junio, el Primer Ministro Tony Blair dijo en Estrasburgo: “¿Qué tipo de modelo social es este que tiene veinte millones de parados en Europa, que hace bajar el índice de productividad por debajo del norteamericano, que produce menos licenciados en ciencias que la India?” Hace más de un año, el presidente José María Aznar, en una entrevista en Le Monde , había declarado lo mismo: “No debe uno sentirse orgulloso de un modelo que produce millones de parados”.

Ahora bien, Europa tampoco se ha decantado por el segundo camino. Una gran potencia geopolítica es una potencia que asume sola, o en compañía de otros, la responsabilidad de la política internacional. Y además, un sujeto mundial con obligaciones mundiales. No puede quedarse encerrada en casa, no puede quedarse en la ventana mirando sus problemas, esperando que pasen y que los resuelvan otros. Pues bien eso es justamente lo que ha hecho Europa. Lo ha hecho con la guerra de Irak y continúa haciéndolo con Israel, Oriente Medio, Irán y todas las crisis en las que Europa se abstiene a la hora de tomar posiciones o de intervenir. Como si no le interesara, como si pudiese ser una mera espectadora, como si pudiese delegar en Estados Unidos –salvo para criticarlo- sus responsabilidades y sus decisiones.

Deduzco por tanto que ha sido un error pensar en construir una Europa que fuera un “contrapeso” de América, o haber intentado ensanchar el Océano Atlántico contraponiendo una “visión europea” a una “visión americana” opuesta y diferente. En este punto coincido con José María Aznar en sus declaraciones a La Vanguardia en enero de 2003: “Me parece absolutamente injusto por parte de los europeos acusar a los Estados Unidos de unilateralismo y al mismo tiempo negarse a asumir sus responsabilidades en materia de seguridad”.

Ahora que ese proyecto ha demostrado sus limitaciones y la Constitución europea –secano de derecho y monumento a la frivolidad- ha fracasado, creo que es inútil derramar eurolágrimas, al igual que antes me parecía inútil derramar eurorretórica. Haríamos mejor en volver a empezar. Y de las dos maneras. Con las reformas económicas y sociales sin las que Europa es gruesa pero no grande, es decir flexibilidad, competitividad, reducción del Estado social, liberalizaciones, privatizaciones, innovación tecnológica e investigación científica. Pero, en primer lugar, empezando por preguntarnos en qué consiste nuestra identidad. Porque sólo el que tiene identidad tiene objetivos.

2. Occidente

Otro sujeto que corre el riesgo de perder la fuerza de la identidad es todo Occidente.

El sentido de la identidad nace a menudo en los individuos y en los pueblos por contraste, cuando las circunstancias de la historia y de la vida nos obligan a establecer una diferencia entre “nosotros” y “los demás”. En Occidente, se hubiera podido hacer frente al fenómeno del resurgimiento islámico. Pero no ha ocurrido así, o ha ocurrido escasas veces y sobre todo en Estados Unidos.

En un gélido comunicado difundido después de la masacre de Madrid del 11 de marzo de 2004, se dice: “Hoy, Al Qaeda, independientemente de su denominación local, ha destruido en los occidentales, habituados por sus medios a minimizar el peligro del terrorismo, su sentido de la seguridad”. En centenares de otros comunicados se proclama la “ jihad contra los judíos y los cruzados”. Esto significa que en tanto que occidentales, no nos convertimos en blancos por lo que hacemos, sino por lo que somos. Nuestra culpa no es la de actuar sino la de ser. En otras palabras, para los terroristas, nuestra culpa reside en nuestra identidad.

¿Cómo hemos reaccionado? ¿Hemos reivindicado nuestra identidad de judíos y de cruzados? ¿Hemos demostrado nuestro orgullo? Al contrario. Frente al fundamentalismo y al terrorismo islámico, se ha extendido por todo Occidente un sentimiento de resignación, de retirada e incluso de rendición.

El pensamiento medio y más difundido ha sido más o menos el siguiente. Si los fundamentalistas y los terroristas nos han denominado “el gran Satán”, si nos consideran una civilización decadente, a la que han declarado la jihad , entonces debe existir una razón. Y esta razón se deriva de una injusticia. Y si hay una injusticia es que alguien la ha provocado. Si alguien la ha provocado entonces el Occidente rico es el culpable. Y si Occidente es culpable, el fin de la jihad es vengarse de estos delitos.

Algunos líderes europeos han razonado más o menos así, con la vista puesta en Estados Unidos. Millones de pacifistas occidentales les han seguido. Muchos intelectuales les han enseñado el camino. Noam Chomsky, por ejemplo, ha declarado que Estados Unidos es “un Estado terrorista”. José Saramago ha escrito que “Israel debe comprender las razones que empujan a un ser humano a convertirse en una bomba”. Entre los muchos que han defendido o apoyado las razones del fundamentalismo, hay muchos que no distinguen lo bueno de lo malo en Occidente. En su libro Al Qaeda y lo que significa ser moderno (2003), el profesor John Gray de la London School of Economics ha escrito: “El comunismo soviético, el nacionalsocialismo y el fundamentalismo islámico se han descrito en su totalidad como ataques a Occidente. En realidad, se comprende mejor cualquiera de estos tres proyectos si se les entiende como un intento de realizar un ideal europeo moderno”.

Así es como se presenta hoy Occidente: como una tierra de penitentes que se dan golpes de pecho cada vez que alguien les culpa de algo.

3. El relativismo

¿Por qué? Ya estamos en la segunda pregunta que he formulado: ¿Cuál es la razón del debilitamiento de nuestra identidad?

A esta razón le he dado un nombre: relativismo cultural. Y voy a explicar de qué se trata. Se trata de la idea de que las tradiciones, las culturas y las civilizaciones son sistemas autónomos y cerrados, cada uno con sus propios criterios de valores, procedimientos e instituciones. Se trata de la idea, relacionada con esta, según la cual estos sistemas cerrados son, en consecuencia de lo anterior, inconmensurables. No existe una escala común que permita situarlos y medirlos en términos de superioridad, bondad, justicia, etc. Al final, se trata de la idea de que estos sistemas tienen todos la misma dignidad ética, política y social, que todos merecen el mismo respeto, tanto los fanáticos como los liberales, los violentos como los humanitarios, los intolerantes como los dialogantes.

Es lo que hoy se ha dado en llamar en Occidente el “lenguaje políticamente correcto”, y que es el lenguaje del relativismo. Es un especie de “neolengua” orwelliana con la que aparentemente se describen las cosas con palabras educadas, pero que en realidad se utiliza para esconder las cosas desagradables.

Fijémonos en los efectos de esta “reeducación lingüística”. Entre nosotros, en Occidente, podemos decir muchas cosas y determinar muchas jerarquías. Por ejemplo podemos decir que Gaudí es mejor que Le Corbusier, y que el vino de Rioja es mejor que la Coca Cola o que la Sachertorte es mejor que el turrón. Pero de los demás y de las cosas de los demás, no podemos decir lo mismo. Y si alguien intenta decirlo, se dispara la censura lingüística y la excomunión política. Así sucede por ejemplo cuando queremos decir que una democracia occidental es mejor que una teocracia islámica, que una constitución liberal es mejor que la sharia , que la sociedad civil libre es mejor que la umma , que la sentencia de un tribunal independiente es mejor que una fatwa , etc.

Vuelve la pregunta: ¿por qué? Mi respuesta es porque Occidente, influido por el relativismo, cree que si se afirma en sus principios y valores y muestra la fuerza de su identidad, será un Occidente arrogante, desdeñoso, prepotente. Es como si Occidente, al intentar ser abierto y dialogante con todos, en vez de defenderse, se debilitara y escondiese su propia identidad. Samuel Huntington, al que se considera partidario del choque de civilizaciones a pesar de que es más bien un exorcista, ha escrito: “La fe occidental en la validez universal de la cultura propia tiene tres defectos: es falsa, es inmoral y es peligrosa”.

Si esto es el pensamiento occidental, habremos de creer entonces que la paridad entre hombres y mujeres sólo vale para nosotros, que la democracia es una costumbre nuestra, que la libertad de la sociedad civil sólo es válida entre nuestros muros, que las instituciones libres sólo son buenas para nosotros. En resumen, debemos creer que todo lo que vale para nosotros no vale para los demás, y por lo tanto no debemos asombrarnos de que frunzamos el ceño cuando se habla de exportación o de difusión de la democracia, o de que nos ruboricemos cuando se discute de los derechos humanos, o que nos quedemos parados cuando se trata de elaborar una lista de organizaciones terroristas, o que nos escondamos cuando vemos cómo renace el antisemitismo.

4. La fuerza de la identidad

Estamos ya en el último punto. ¿Cómo invertir la ruptura de la pérdida progresiva de nuestra identidad? Los aspectos del problema son múltiples y aquí quiero referirme a uno, el de los valores, y en particular a los valores cristianos.

No soy un creyente, soy un laico. Pero es necesario hacer una precisión fundamental: no soy un laicista. Laico es el que no se adhiere a una religión o confesión específica; laicista es el que, en nombre de la laicidad del Estado y de la política, impone una religión del Estado y una religión política. Pongamos un ejemplo. Es laicista el Estado que prohíbe el velo de las niñas musulmanas en las escuelas. Es laicista el Estado que prohíbe el crucifijo y la oración en las escuelas y en los lugares públicos. Es laicista el Estado que prohíbe a los hombres de iglesia predicar su misión o tomar posiciones en cuestiones públicas. Y es laicista el Estado que realiza en su sociedad experimentos de ingeniería para cambiar o anular con la fuerza de la ley las instituciones fundadas en los valores de la religión y de la tradición, como la familia o el matrimonio.

En Italia, el pensamiento laicista ha impuesto un referéndum al país contra una ley de compromiso aprobada por el Parlamento sobre un tema tan delicado como el de la procreación asistida y la manipulación de los embriones para la investigación médica. En este referéndum, el laicismo ha resultado derrotado de forma clamorosa gracias a una alianza absolutamente nada clerical entre la Iglesia, los sentimientos profundos de los ciudadanos y una minoría de laicos no laicistas. Esta alianza lo tenía todo en contra: los grandes periódicos, la flor y nata de los intelectuales, los actores de cine, los divos de la ciencia, casi toda la clase política considerada “progresista” e “ilustrada”. Todos ellos han perdido, y no porque los italianos se hayan vuelto clericales, medievales u oscurantistas, sino que porque se han rebelado contra la arrogancia del pensamiento elitista laicista y se han preocupado de poner límites a la omnipotencia de la ciencia en nombre de la tutela de la vida.

En España, las cosas han sido diferentes. Se ha lanzado el ataque contra el concepto mismo del matrimonio y con una maniobra de tenaza: por un lado el divorcio relámpago y por otro el matrimonio homosexual. De esta forma desaparece una buena parte de nuestra identidad. No se puede saber cómo evolucionará la situación. Pero para mí una cosa está clara: es falso que se trate de “conquistas civiles” o de medidas “contra la discriminación” o de “ampliación de la igualdad”; se trata sobre todo del triunfo de ese laicismo que pretende transformar los deseos, y en algunos casos los caprichos, en derechos humanos fundamentales.

Este laicismo me parece antihistórico y además, peligroso. Y Europa no es una víctima. Es la misma Europa que, en su Constitución, prohíbe la “clonación reproductiva”, pero también abre la puerta a la clonación terapéutica y con ello a cualquier experimento con embriones. La misma Europa que -seguimos con el texto constitucional- reconoce “el derecho de casarse y de formar una familia”, sin precisar quién con quién, legitimando de esta manera, aunque ya difunta, una legislación como la española. La misma Europa que en el preámbulo general de su Constitución declara inspirarse en su “herencia cultural, religiosa y humanista”, y en el preámbulo de la segunda parte de esta misma Constitución, habla de su “patrimonio espiritual y moral”, pero sin especificar qué religiones ni qué religión en particular configuran ese patrimonio.

Creo que esconder nuestra tradición cristiana es, además de un homenaje al laicismo, una equivocación. Aquellos que han dado este paso pagarán un alto precio. Frente a la crisis de Europa y al sentimiento de incertidumbre, inseguridad, desconfianza y miedo que se extiende entre nuestros ciudadanos, renace con fuerza un sentimiento de lo sagrado, una necesidad de creer, un deseo de espiritualidad. Y todo lo que se ha querido borrar en la Carta europea renace en las familias, en las plazas, en las iglesias, entre la gente. Es una búsqueda de la identidad a la que es peligroso desafiar y que por el contrario, deberíamos comprender, cultivar y encauzar.

Nosotros, entre los que hay laicos no creyentes -con excepción naturalmente de los laicistas- somos cristianos. Somos cristianos por los valores que profesamos y por los principios en los que creemos. Somos cristianos aunque defendamos la separación de la Iglesia y el Estado, y entre política y religión. Somos cristianos o más exactamente, somos judeo-cristianos por historia, si no lo somos por la fe.

Es cierto que también somos una mezcla. Somos hijos de Atenas y de Jerusalén, de Roma y de Belén, y de tantas otras cosas. Pero aunque busquemos por todas partes nuestra genealogía profunda, de la misma forma que buscamos nuestra identidad, siempre acabamos en lo mismo: el Sinaí y el Gólgota. Allí es donde recibimos la ley, y allí es donde descubrimos que somos iguales y hermanos.

El que niegue esta realidad se arriesga a acabar como el aprendiz de brujo: primero se debilita y luego se convierte en víctima. Nosotros debemos recuperar esta realidad. No para convertirnos en perversos custodios de una verdad única, sino para afirmar la nuestra y volver a descubrirnos a nosotros mismos. Falibles, abiertos a los que quieran hablar, disponibles para los que quieran encontrarse, pero siempre siendo nosotros mismos, con la fuerza de nuestra identidad.

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