La Gran Ausencia

He dicho muchas veces que los que tenemos cierta edad tenemos la gran ventaja de poder comparar el mundo de hoy con el de ayer. Hace tiempo, entre el mundo de la juventud y el de la vejez había muy pocas diferencias, porque la historia transcurría despacio, pero hoy la historia se acelera de forma exponencial, de modo que el mundo de la juventud y el de la vejez son tan distintos que apenas hay entre ellos elementos comunes. Por eso, los que tenemos cierta edad hemos vivido en varios mundos en el transcurso de una sola vida, y tal vez tengamos la oportunidad de experimentar aún algún otro mundo, tal como van evolucionando las cosas.

Cuando escucho o leo las descripciones que hacen de “mi” mundo de ayer, del mundo que yo he vivido, los jóvenes que no lo han conocido, pienso siempre que hablamos de realidades distintas, porque no reconozco para nada al mundo de mis vivencias y recuerdos en esas descripciones. Son descripciones fruto de la manipulación ideológica de la historia, que si bien ha existido siempre, se ha convertido en este mundo de hoy en un fenómeno de una impresionante capacidad de destrucción.

Destruir la historia es negarnos los frutos del pasado, porque destruir la historia es destruir el pasado. Nadie puede vivir sólo del presente fugaz y de un futuro que aún no existe. El fundamento de todo futuro está en el pasado, y sólo a partir de un fundamento sólido puede construirse un futuro “vivible”. Hemos desfigurado nuestro propio pasado hasta hacerlo irreconocible. Incluso los que hemos vivido una parte de él somos incapaces de reconocer esa pequeña pero importante parte. ¿Qué futuro podemos construir sobre un fundamento erosionado y destruido?

Todo el fundamento de nuestra historia está siendo socavado con tal furia que pronto no quedará nada de él, y entonces… Lo vemos cada día con solo abrir un diario o ver un noticiario, en las cosas más grandes y en las más pequeñas. No es ajeno a ello, sino parte de ese siniestro proceso, que los alcaldes populistas hayan travestido las cabalgatas de los Reyes Magos convirtiéndolas en un homenaje a ese travestismo universal que hoy se nos impone. No es ajeno a ello que, con la reaparición de los populismos, veamos cada día denigrar a la religión y a los creyentes, veamos cada día profanaciones de iglesias, odio furioso a Dios en el “arte” y en todas las manifestaciones “culturales” dirigidas por esos populismos y por el llamado progresismo que se identifica cada vez más con ellos.

He dedicado más de treinta años de mi vida a estudiar el pasado, y me siento orgulloso y satisfecho de haber podido hacerlo, pero, al mismo tiempo, siento una profunda tristeza al comprobar hasta qué punto ese pasado, con toda su riqueza, es no sólo despreciado y desechado, sino destruido con furia. Y esa tristeza se hace infinita al ver esa ignorancia y despreocupación en aquellos más próximos a mi corazón, que sólo han conocido este triste presente sin fundamento y no sienten ninguna necesidad de recuperar ese fundamento.

Por eso a veces siento la necesidad de gritar y poner ante los ojos del mundo un fragmento de conocimiento que es a un tiempo pasado, presente y futuro. Hoy ofrezco un fragmento, extraído de los Cuadernos de María Valtorta, esencial para el momento que vivimos:

“(…) Cuando en el Cielo suene la hora de la indignación y la Justicia descienda para azotar, tened por norma Caridad y Prudencia. Retiraos, en vez de alborotar como pollos que ven el milano; retiraos en vez de murmurar, que juzgar sólo le corresponde a Dios, y orad al Señor. Caridad y Prudencia para lograr que el Mal sea vencido por el Bien y la Paz triunfe en los Estados, en las instituciones, en los corazones (…)”

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