La Gran Crisis de Europa: silencio y fragmentación cristiana

El título de un libro del historiador IAN KERSHAW Descenso a los Infiernos, sobre la Europa que se autodestruye entre 1914 y 1945, es una buena advertencia sobre la situación que vivimos. Aquello fue un desastre terrible, pero que dio lugar al último renacimiento europeo basado en la paz, la cooperación y la solidaridad, que se ha traducido en años de un progreso social que no tiene parangón en el mundo y que se traduce con nombres diversos, como el de estado del bienestar, o el de economía social de mercado, propio de Alemania y Austria. Todo ello se ha ido concretando, cada vez más mal que bien, en la Unión Europea.

Hoy, toda esta realidad se está yendo al traste, no solo por el riego del “Brexit” que difícilmente triunfará, sino porque en cualquier caso lo que prima son las tendencias centrífugas (ha sido Cameron uno de los que ha contribuido a incubar aquel huevo de la serpiente en el Reino Unido, aunque ahora lo combata). La xenofobia, las respuestas de cada uno por su cuenta, las tensiones norte-sur, el escándalo griego, la forma de abordar la crisis y, sobre todo, la incapacidad de liderazgo de las instituciones europeas, que también se traduce en política exterior, con un absurdo y peligroso enfrentamiento con Rusia para servir a la geopolítica de Estados Unidos, son jalones de un nuevo descenso. De todo eso se traducen impotencias trágicas, como la que muestra la forma de afrontar la crisis de los refugiados.

En realidad todo esto sucede porque hemos olvidado que pasamos del infierno a una forma de vivir digna a base de esfuerzo, y que nadie -y el estado menos- nos regala nada cuando empezamos cada nuevo día.

La salida del infierno en 1945 tuvo una decisiva componente cristiana, que los nombres de Schuman, De Gasperi y Adenauer simbolizan, y poderosos instrumentos políticos y sociales basados en la democracia cristiana y los sindicatos socialcristianos, que se habían forjado sobre todo en la experiencia de la Acción Católica. Todo esto, ahora, los amantes de la teoría de todo tipo pueden cogerlo con papel de fumar, criticarlo “porqué si era así, o asá”. A esta actitud hay que recordarle la imagen bíblica de la higuera. Los frutos de todo aquellos han hecho un inmenso bien a las personas. Lo que sus críticos han aportado es nada. Y en eso estamos. Europa resurgió por la suma de cristianismo más Plan Marshall. Hubo más cosas, claro, pero aquellas son las determinantes.

Pero, ante esta nueva crisis lo que hay es un gran silencio y una gran inacción de los laicos, sin que la institución eclesial los estimule. Hay una buena respuesta, sí, pero limitada a una de sus dramáticas consecuencias. Los refugiados son la consecuencia y no la causa. Hay que actuar sobre el árbol y no solo sobre los malos frutos.

La idea del hospital de campaña no funciona por limitada, necesitamos respuestas que eviten tanto daño y no solo el paliarlo

En 1945 había millones de refugiados, pero dentro, si los padres fundadores se hubieran concentrado solo en esta tarea, aun estaríamos asistiendo a los damnificados. Lo que hicieron fue construir un nuevo proyecto, que unía ideales y realizaciones prácticas, ventajosas, que los encarnaran.

Para seguir este camino se pueden seguir muchas rutas, pero hay un inicio, un revulsivo necesario: un congreso de laicos cristianos, realizado bajo su responsabilidad y la estrecha coordinación con la institución eclesial. Un congreso “ecuménico” que no parta de especulaciones sino de la experiencia originaria, de los perfiles estilizados de la gran creación europea, relacionados con los problemas que están en la raíz, en el marco de referencia del único sistema completo y abierto que existe, la doctrina social de la Iglesia.

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