La gran desfachatez

Hace días que me rueda por la cabeza poner por escrito una actitud que observo en nuestros dirigentes gubernamentales (aunque no es una exclusiva) y q…

Hace días que me rueda por la cabeza poner por escrito una actitud que observo en nuestros dirigentes gubernamentales (aunque no es una exclusiva) y que se podría definir como desfachatez.

También sería el descaro, la prepotencia o la tendencia a actuar sin límites, propio de mentes que se sienten superiores moralmente, como buenos progresistas que quieren ser, lo cual también aporta una buena dosis de aguante, especialmente en los cargos.

Desfachatez es propiciar una reforma estatutaria en Cataluña con la idea de arrinconar a la oposición del PP al máximo, para así exacerbar las diferencias con esa especie de monstruo que es la derecha, apareciendo el presidente del Gobierno como el “gran amigo”, aunque luego pacte con quien más le de a cada momento.

Desfachatez es impulsar por vía legislativa unos cambios de gran calado a coste cero o casi, con la ideología de género por todos lados, y la introducción del matrimonio homosexual, que a pesar de alejarnos de Europa, tiene la gran virtud de enemistar al Gobierno con la Iglesia, cosa que siempre viene bien a esos autoproclamados progresistas.

En ocasiones, las leyes han tensionado la vida política, como la de violencia de género por su inutilidad práctica, o la regulación confusa de iniciativas aparentemente “blancas” pero llenas de letra pequeña como la asignatura de “educación para la ciudadanía” en la recauchutada ESO, por no aludir a la frustración generada con la ley de ayuda a la dependencia según la cual se aplica el criterio de que yo hago la ley pero tu pagas, es decir, las comunidades autónomas.

En estos y otros puntos la desfachatez es una característica del gobierno Zapatero, el cual acaba la legislatura por lo que se refiere a Cataluña, con el triste episodio de la crisis de cercanías y la falta de responsabilidad de una ministra como la Sra. Álvarez.

Me pregunto qué más tiene que pasar en el caos generado por las obras del AVE y la grave afectación al servicio de cercanías en Barcelona para que se respete la dignidad de los ciudadanos que usan a diario unas infraestructuras que han caído en picado en pocos meses.

Quizás necesitaría la Señora Ministra una serie de lecciones sobre qué es la responsabilidad política, que –recordemos- no tiene nada que ver con la responsabilidad jurídica ni con la responsabilidad directa de las empresas concesionarias de las obras públicas. Lo que está en juego es ni más ni menos que el respeto a los ciudadanos, la honorabilidad de la clase política, así como la calidad de la democracia.

Pero la desfachatez consiste en que todo da igual. Los ciudadanos no importan. Sólo importan los rifirrafes entre grupos políticos, a ver si se pescan unos cuantos votos en una campaña electoral inminente, por otro lado permanente, ya que en España siempre se está en campaña electoral por la proximidad entre elecciones. Y ahora parece que coincidirán las elecciones generales con las andaluzas el próximo mes de marzo de 2008.

Entre tanto descaro, tenemos en Cataluña el gobierno tripartito amigo de Zapatero, convertido en régimen montillista. Un gobierno formado realmente por una pluralidad de fuerzas políticas muy heterogénea, todas perdedoras de las últimas elecciones autonómicas, pero que coinciden en esa animadversión a lo que denominan la derecha, un imaginario que va a las mil maravillas para mantenerse en el poder.

El montillismo se autodefine como la eficacia en la gestión, sin necesidad de palabras, según el lema electoral socialista. En su marco, partidos que son poco votados, gracias a sus alianzas obtienen el beneplácito del poder.

Aquí, los ciudadanos son una pieza de segunda categoría; lo que importa son los acuerdos políticos y la actividad de repartir cargos en los despachos. Hechos sin palabras significa el poder por el poder, una autentica desfachatez, que afecta cada vez a más resortes de la vida institucional en Cataluña.

Hoy en día el gobierno montillista ha instaurado una dictadura light, igual o peor que la de La Moncloa, en la que los socios ecosocialistas aportan radicalidad “progre” -minoritaria en las urnas pero no tanto en ámbitos de decisión pública-, y los independentistas parece que hagan el papel del aprovechado de la situación o del “tonto útil” (echados por Maragall y reintegrados hace un año por Montilla), guiados como todos los socios del tripartito por su estratégico y visceral posicionamiento anticonvergente.

El último suceso de la desfachatez en Cataluña es la decisión de ir a 80 Km/h. en determinadas vías, con la oposición de importantes expertos, decisión que de este noviembre se va a trasladar a enero, con multas incluidas.

Considero que es preciso que la política se mueva en otras coordenadas , no tan superficiales, y deshumanizadoras, aspecto que afecta a Gobierno y oposición en todas las instancias de poder que existen en España. Hemos tocado fondo.

La sensación de que los políticos no tienen límites y pueden hacer cualquier cosa, incluso desprestigiar o destrozar instituciones como el Tribunal Constitucional, genera un gran escozor a todo aquel que no viva anestesiado por la televisión o el futbol.

Para empezar a ganar crédito, los políticos podrían escuchar más a los ciudadanos, y ser más humildes en sus actitudes, lo cual no estaría nada mal, pero no por razones de márqueting electoral sino por convicciones, o sea por un mínimo principio moral.

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