La gran desvinculación

Como sucede con frecuencia en los debates encrespados, la explicación de las causas del actual desastre económico mundial tienden a girar hacia interp…

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Como sucede con frecuencia en los debates encrespados, la explicación de las causas del actual desastre económico mundial tienden a girar hacia interpretaciones que oponen blanco contra negro. Más concretamente, para unos la causa de lo que sucede estaría en la desregularización, mientras que para otras radicaría en todo lo contrario.

El catedrático de historia económica de Harvard, Jeffrey G. Williamson, que no es sospechoso para nada del neoliberalismo, razonaba que existen argumentos nada desdeñables para sostener que ha sido el exceso de intervención política en los mercados el que está en el origen del problema.

Hablar de la falta de regulación es una idea simple, fácil de entender y, en este sentido, tiene ventajas, de que no hace falta conocer con detalle lo que ha sucedido. Además, puede refugiarse en una solución sin aparente esfuerzo personal: “la intervención del Estado”. Pero claro, en la vida real todo resulta más complicado. El Estado como ente abstracto no actúa, quien lo hace son personas concretas, y su intervención presupone que saben dónde y como han de meter la mano.

La sola observación de la desorientación que rige desde hace algunos meses en los bancos centrales y los gobiernos en cuanto a las medidas a aplicar, y el escaso resultado –cuando no contraproducente- que éstas han generado, permite una duda más que razonable de que, por sistema, la intervención del Estado sea positiva.

En realidad, si vamos al detalle, el origen técnico del gran fiasco puede encontrarse en las políticas iniciadas en el 2001 por Alan Greenspan. Para evitar el colapso de la bolsa tras el hundimiento de las puntocom, reduciendo los tipos de interés del 6,5% al 2,5%.

Esto propició automáticamente el negocio de las hipotecas realizadas por personas con escasa solvencia, porque le permitía al banco cobrar un adicional de interés por ese riesgo y ganar algo más. La regulación de Basilea establece que los créditos concedidos no pueden pasar una determinada proporción de su capital. Esa era -es- la teórica garantía, pero, al tiempo, la misma regulación permite que los bancos creen unos fondos de inversión paralelos, los conduits, que compren estos créditos que para nada aparecen en los balances.

A partir de aquí empezó una larga cadena de apalancamientos financieros que hizo crecer desmesuradamente unos recursos financieros que solo tenían como garantía las hipotecas de las familias subprime. Cuando el precio de la vivienda bajó y llegó a ser inferior al precio de la hipoteca, la burbuja estalló.

En esta lectura, la causa puede encontrarse en intervenciones políticas que, para resolver un problema a corto plazo, acaban generando uno mayor a largo, y en regulaciones que permiten construir la trampa para hacer más dinero.

Pero es que ésta es la base de la cuestión. Siempre que existe una regulación, si no se da una moral colectiva que lo impida, aparece la tentación del abuso irresponsable, guiado por el afán de enriquecerse. Y ese es precisamente el problema, a más regulación más corrupción.

La ecuación se ha cumplido y se sigue cumpliendo siempre. Uno de los periodos más corruptos de la vida política española fue el de la autarquía, y los innumerables controles existentes. Las personas no eran peores que años después, simplemente existían condiciones objetivas que favorecían el mayor lucro abusando de la reglamentación. Es, hay que volver a decirlo, el fracaso de la máxima leninista de que el control es mejor que la confianza.

La cuestión de fondo es que sólo los buenos pueden confiar y, por consiguiente, la pregunta radical es cómo conseguir vidas logradas basadas en la elección del bien. Esto será imposible mientras existan las grandes rupturas de la desvinculación, que pueden enunciarse por separado: la ruptura antropológica, la ruptura cultural, la ruptura política, donde el sujeto rompe todo lazo, se desvincula de toda persona, tradición, o norma; la madre del hijo en el caso del aborto, el seguimiento de un canon en el caso de la cultura, el servicio a los electores, es decir al bien común en la política, y también la ruptura de la injusticia social manifiesta, que se da en el ámbito de la economía, de la que ahora vivimos uno de sus coletazos. Es decir, el enriquecimiento brutal y despiadado.

Lo que caracteriza nuestro tiempo es que estas rupturas son consagradas por una cultura común, la cultura desvinculada que las justifica. Todas forman parte del mismo paquete, porque los fundamentos morales no pueden trocearse. El que no sepa qué es la fidelidad, por ejemplo, será infiel en muchas cosas. El que sea injusto en sus relaciones económicas no será solidario por muchas ayudas más o menos fotografiadas que le largue a UNICEF, y así sucesivamente.

Lo que demuestra esta gran crisis económica es que la cultura de la desvinculación, la que es hegemónica en nuestra sociedad, solo conduce al empobrecimiento y al caos, porque simplemente se aparta de la razón que conduce a la ley natural. Necesitamos no más regulaciones, sino mejores; no más Estado, sino más ciudadanos orientados al bien. En definitiva, lo que necesitamos es una revolución moral basada en una recuperación de nuestras fuentes morales y culturales capaz de regenerar la política y la economía.

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