La Guerra de los Mundos: Spielberg y Tom Cruise la adaptan al 11-S

En 1898, el año que se hundían los restos del Imperio hispánico ante la pujanza de un nuevo imperio, el norteamericano, H. G. Wells escribió La Guerra…

En 1898, el año que se hundían los restos del Imperio hispánico ante la pujanza de un nuevo imperio, el norteamericano, H. G. Wells escribió La Guerra de los Mundos. Evolucionista y anticlerical, el genial escritor británico tenía dos objetivos. Por un lado, demostrar que biológicamente "no somos nada", que igual que podemos aplastar unas hormigas, así bien podría haber una raza superior (llegada de Marte en este caso) que nos arrasase.
Por otro lado, en ese año en que EEUU hervía de furor anticolonial (europeo, se entiende) el inglés quería demostrar al Imperio británico que ser tecnológicamente superiores no era licitud bastante para conquistar a otros pueblos: los marcianos ocupan Inglaterra en dos semanas gracias a su tecnología superior y el lector experimenta el horror de ser biológicamente degradado al nivel de presa e incluso de fertilizante.

 
La película de Steven Spielberg sigue de cerca la estructura e incluso la estética de la novela clásica de H. G. Wells. Se mantienen cosas tan "superadas" en la ciencia ficción actual, tan "demodés", como pueden ser los gigantescos trípodes, cuya viabilidad militar queda salvada recurriendo a campos de fuerza que los protegen del arsenal militar del s.XXI, mucho más terrorífico que el de 1898. El inicio y el final son frases apenas retocadas del libro, y el desarrollo y ambiente van parejos.
 
¿Qué ha cambiado? Por un lado cambian algunas opciones estéticas y históricas que el espectador del 2005 requiere, pero son pocas, realmente, y la voluntad de seguir a Wells incluso en detalles es firme: la necesidad de sangre de los invasores, el mundo cubierto de rojas algas extraterrestres, los cañoneos infructuosos…
 
Spielberg consigue realmente asustar y fascinar con su imaginería. Los trípodes y sus bramidos como trompetas graves son inquietantes. El tren en llamas, los muertos que bajan por el río, la llegada de los invasores como rayos, la máquina rastreadora de cuello elástico, son todos turbadores. Recupera ideas de AI (Inteligencia Artificial), como las jaulas en máquinas elevadas para humanos apresados.
 
Pero hay cambios que son "de nuestra época", es decir, post 11-S. El más evidente, los rayos extraterrestres que convierten a la gente en ceniza, dejando sus ropas intactas. Nubes de cenizas cubren al protagonista que corre mientras edificios y escombros caen tras él: es idéntico a lo que todos vimos una y otra vez el día que se hundieron las Torres Gemelas.
 
En la película se insiste en una idea que no es del libro: los atacantes ya estaban en la Tierra, quizá hace miles de años dejaron sus trípodes enterrados bajo nuestro suelo y ahora sólo han enviado a los pilotos para activar la maquinaria. Esta idea ("estaban entre nosotros") remite al descubrimiento de que los terroristas del 11-M llevaban meses o años en EEUU, de que el enemigo está infiltrado, lo justo para observar y atacar desde dentro.
 
Otro ejemplo post 11-S es la escena del avión que aparece estrellado en un tranquilo suburbio, sin que se vea ningún viajero. Entre las casas destrozadas, todo alude al avión que cayó en el suburbio de Rockaway en Queens dos meses después de los atentados y que en EEUU se relacionó con ellos.
 
En el libro no había niños. En cambio, Spielberg ha querido narrar una vez más una historia de padres y niños que se buscan. Es difícil rechazar la comparación con Señales, de Mel Gibson. Allí, un pastor protestante que ha perdido a su esposa en accidente de coche, se encuentra herido y bloqueado, incapaz de atender emocionalmente a sus dos hijos en su casa rural. Cuando aparecen las extrañas señales en los campos de maiz, las naves y después los extraterrestres, el padre podrá retomar su papel de padre, proteger a sus hijos y recuperar la fe.
 
Aquí en La Guerra de los Mundos tenemos a Tom Cruise interpretando a un estibador de los muelles que también se ha quedado sin esposa, pero por divorcio. Juerguista y desordenado, no es capaz ni de prepararles la comida en las escasas ocasiones que le toca quedarse con los niños, que no ven en él una figura de autoridad ni respeto. Cuando llega la invasión extraterrestre, es capaz de arreglar un coche inmovilizado por los impulsos electromagnéticos de los atacantes, tomar a los niños y huir. Pero no hay confianza entre ellos: "para ti sólo somos un estorbo, sólo quieres llegar a Boston donde está mamá, entregarnos a ella y poder ocuparte de ti, que eres lo único que te importa, como siempre", le dirá su hijo adolescente.     
 
La película se centra, pues, más en la relación entre el padre y sus dos hijos, una relación que parte de unas bases enfermas y casi inexistentes, que en los aspectos propios del género catastrofista o incluso del post-apocalíptico. Aquellos espectadores que no conocen el libro y acuden pensando que habrá una guerra entre planetas o con marcianos quedarán decepcionados, porque la superioridad extraterrestre es absoluta. Todo se ve desde el punto de vista de una familia de refugiados que huye y va encontrándose escenas de pánico, combates perdidos, prisioneros que serán usados como abono… 
 
Otros espectadores, los que disfrutan con las historias de reconstrucción tras el cataclismo, de re-edificación de la civilización en el exilio o la barbarie, tampoco se verán satisfechos: toda la película es una descripción de la catástrofe, no hay reconstrucción ni organización de la resistencia, aunque haya una escena concreta en que el heroísmo del protagonista ayudado por otros prisioneros permiten destruir uno de los invulnerables trípodes.
 
Otro punto que se aleja del libro es la escena en el sótano de un hombre desquiciado, enloquecido con la idea de sobrevivir. En el libro de Wells, el loco era un clérigo, y de hecho la incapacidad de su mente religiosa para afrontar serenamente la realidad es lo que le enloquece. En un forcejeo con el protagonista, el clérigo muere y el protagonista se sentirá culpable de ello.
En esta película, en cambio, el demente no es clérigo ni religioso, habla de "organizar la resistencia, las ocupaciones nunca triunfan, lo demuestra la historia"… nuestro protagonista, temiendo por su niña, venda los ojos de la pequeña, le pide que se tape los oídos y se encierra con él para matarlo a sangre fría. Una escalada en el horror, lo de Wells no es bastante para nuestra época. 
Con todo, hay espacio para algún guiño sutil: la máquina rastreadora de cuello alargado se parece bastante al rostro (y cuello) de ET… y cuando los invasores descienden a curiosear en el sótano… ¿no es un homenaje al entrañable extraterrestre que se pongan a juguetear con una bicicleta?   
 
El final de la invasión es impactante y aleccionador, pero no sorprenderá a los que conocen la historia. Quizá resulta muy acelerado, y menos trágico que en el libro, al interferir la trama de la familia con la sensación de pequeñez biológica que el libro buscaba provocar.  Los personajes han sido llevados de un lado a otro, han sabido sobrevivir y han aprendido a respetarse y apreciarse. Y poco más: muchos pensarán que el fin de una civilización, de una cosmovisión bien vale replantearse más a fondo la vida.  
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