La Hipermodernidad: un mensaje en cada botella

La crisis que sufrimos en este convulso comienzo de siglo es – permítanme el símil – como una marea negra que va manchando de galipote cuanto toca. El…

La crisis que sufrimos en este convulso comienzo de siglo es – permítanme el símil – como una marea negra que va manchando de galipote cuanto toca. El buque que va a la deriva es la persona. Y cuando los valores se hunden, los efectos devastadores del naufragio alcanzan, en primer término, al ámbito inmediato de la familia para proseguir su avance destructor hacia la escuela y culminar el cataclismo al alcanzar las costas de la sociedad en su conjunto.

1.- La crisis de la persona

Los que se hunden son los valores verdaderamente humanos y la excreción que emerge tras el siniestro se llama hedonismo. Lo único que cuenta es “pasarlo bien” y hacer “lo que me gusta”. Dios ha muerto y la moral ya no existe. Nada está bien ni está mal. Lo bueno es lo que me reporta un placer inmediato y lo malo, todo cuanto exige cierto esfuerzo o sacrificio. Por eso, conceptos como “estudiar”, “trabajar” o “tener hijos” están en franco peligro de extinción. Todo ello denota un nihilismo ateo, materialista e inmoral. Esta es la ideología dominante. A esto conduce el proceso de secularización del laicismo emergente, convertido cada día más en un nuevo pensamiento único con vocación totalitaria.

2.- La crisis de la familia

La primera víctima de la marea negra del hedonismo reinante es, sin duda, la familia. Si lo único importante es disfrutar, lógicamente hay que desvincular el sexo de conceptos como “amor” o “compromiso”. Se reivindica el derecho al placer y para alcanzarlo, vale todo y de cualquier manera. De ahí que se reivindique por un lado el amor libre y se legalicen las parejas de hecho; mientras, por otro, se elevan a la categoría de matrimonio las uniones homosexuales.

El caso es acabar con la familia “tradicional”. Por eso, lo que se lleva ahora es no casarse: nos vamos a vivir juntos y cuando nos cansemos el uno del otro, cada uno se va por su lado y punto. No existe el amor eterno; nada es para siempre: todo se acaba.

Por eso nos juntamos mientras la relación merezca la pena (es decir, mientras me siga sintiendo “a gusto” contigo; mientras siga “sintiendo algo por ti”) y cuando ya no sienta nada por ti y la pasión se acabe, buscaré a otra persona que me vuelva a “hacer sentir” lo mismo o algo parecido.

Nos convertimos así en monógamos sucesivos, cuando no en adúlteros manifiestos, puesto que tampoco es infrecuente el que se mantengan relaciones paralelas. La fidelidad, el compromiso y el amor se sacrifican ante el altar del “gusto” y el “placer” del hedonismo imperante.

Por otra parte, en los matrimonios jóvenes hipermodernos ya no se lleva tener hijos. Primero hay que disfrutar un poco porque si tienes hijos ya se complica la vida y no puedes hacer turismo ni salir por las noches ni cosas por el estilo. Por eso los hijos, si se tienen, se tienen con treinta y tantos y, si no, no se tienen. Y se tienen pocos: lo que se lleva es el hijo único o, como mucho, “la parejita”.

Mi mujer y yo tenemos tres hijos y no vean ustedes lo que tuvimos que aguantar con forzado gesto estoico. Las reacciones cuando dimos la, para nosotros, feliz noticia iban desde el impertinente“¿Qué? ¿Un accidente?” hasta el compasivo “peor es una enfermedad”, pasando por la manida y estúpida pregunta sobre si pertenecemos al “Opus”. Los hijos salen muy caros y acarrean muchos sacrificios y preocupaciones y tener más de dos es una locura casi imperdonable.

Por otra parte, los hijos generan conflictos. Tienes que educarlos y no es fácil, porque hay que imponer normas y castigar y reñir… Y eso es de tiranos. La autoridad no está de moda. Se lleva la permisividad total, el “yo soy más un amigo que un padre”, el “colegueo”. Por eso, porque soy un colega de mi hijo, le dejo que haga lo que quiera, le consiento todos los caprichos, le compro cuanto me pide y le llevo a Disneylandia.

El niño, que no sufra y que sea feliz, no vaya a ser que se nos traumatice. Al niño le doy lo que quiera; pero eso sí: que me deje en paz y que moleste poco, que no tengo tiempo que perder y trabajamos todos tanto y tantas horas para cumplirle todos los caprichos al niño (y a nosotros mismos), que no tenemos tiempo que perder con la criatura. Yo te doy lo que quieras, menos a mí mismo y mi propio tiempo. Te doy cosas, para no entregarme yo. Ser un padre o una madre chupi-guay de la hipermodernidad (o modernidad del Hiper) es lo que tiene.

Por eso los niños crecen y convierten el hogar en pensión casi vitalicia con derecho a comida y servicio gratuito de limpieza y lavandería. Los chicos entran y salen cuando quieren y con quien quieren de casa sin más norma que su libre albedrío y su capricho.

3.- La crisis de la escuela

Una familia así tenía que chocar forzosamente con otra de las instituciones primordiales de la cultura occidental desde los tiempos de la Ilustración: la escuela. Las aulas se están llenando de niños con pendiente, gallumbos Calvin Klein y pelo teñido con vetas; de niñas con piercings, ombligos al aire y un look entre Lolita y la Loles. Sobre gustos no hay nada escrito, pero hay gustos que merecen palos. De cualquier modo, el problema no es estético, sino ético, aunque casi siempre van juntos ambos aspectos.

Para el padre hipermoderno, el profesor es un aguafiestas que pretende amargarle la vida a su hijo o hija. El maestro es el enemigo que terminará traumatizando al niño o a la niña y que impide con sus deberes, sus normas y sus exigencias que la criatura sea verdaderamente feliz. Lo que importa es que el niño apruebe. Si es más burro que una acémila no importa. Lo que importa es que “progrese adecuadamente” y podamos ir en agosto a Disneyland París.

Y si la escuela sufre el desprecio del padre y la madre hipermodernos, no menos sufre a causa de una Administración que, como el padre irresponsable, sólo se preocupa de cuántos aprueban y cuántos fracasan. Las leyes educativas se encargan de acabar por Decreto-Ley con el “fracaso escolar” para imponer el “fracaso de la escuela”.

Si los niños no trabajan y suspenden, no es culpa suya, ni de sus padres, que todo se lo consienten y pasan de todo; no es porque no trabajen lo suficiente: la culpa es del profesor que no ha puesto en marcha medidas de “atención a la diversidad” adecuadas para que el niño apruebe aunque no sepa hacer la “o” con un canuto. El caso es que los chicos no fracasen y lo pasen bien y disfruten.

Por otra parte, ya se sabe que los “progres” necesitan el control de la escuela y de los medios de comunicación de masas para adoctrinar y controlar a la sociedad y así llevar a cabo esa revolución silenciosa con la que pretenden alcanzar la definitiva dictadura del “majo-solidario-oenegero-arcoiris”, en la que ya no habrá ni familia ni religión, sino pisos de treinta metros cuadrados, cine y teatro subvencionados y pan y circo para todos y todas. Con lo cual, que el alumno o la alumna sepan hacer ecuaciones no tiene mayor importancia; lo fundamental es que todos tengan bien claro que el mayor enemigo de la humanidad es Geoge W. Bush y el Imperio Yankee.

Así, la escuela se ahoga inevitablemente entre el hedonismo ambiental, el desprestigio social y la politización galopante. Una escuela cada día más adoctrinadora que se está convirtiendo en una máquina expendedora de títulos que a nada responden y que de nada servirán. Una escuela desprestigiada que abrirá las puertas a la auténtica privatización de la enseñanza que llegará cuando los títulos de las escuelas y la universidad públicas no valgan para nada.

Entonces, los que quieran optar a los mejores puestos de trabajo tendrán que exhibir sus títulos de instituciones privadas y prestigiosas, por supuesto muy caras, que serán las que garanticen un futuro laboral halagüeño. Los ricos se irán a los Estados Unidos o a universidades privadas en España o en otros países europeos, mientras los pobres se quedarán una vez más con las ganas de poder competir en igualdad de condiciones con las clases pudientes y perderán otra vez una de las pocas oportunidades que tenían de ascender por méritos propios en la escala social.

4.- La crisis social

Con esta crisis de valores personales, con esta agonía de la familia y esta asfixia de la escuela, ¿a quién le puede seguir extrañando que el fenómeno más destacable del panorama social español sea el famoso “botellón”? Algunos afirman que el botellón representa el fracaso de la escuela. Yo opino lo contrario. El botellón es el resultado de la escuela que tenemos, de las nuevas familias hipermodernas y de los nuevos valores (o contravalores) dominantes.

El botellón representa el triunfo del nuevo misticismo hedonista, de lo dionisíaco, de la bacanal. Los jóvenes se embriagan para pasarlo bien; para ahogar el vacío de una existencia sin sentido, de una vida donde todo lo tengo y todo me aburre; de una vida rutinaria sin más ilusiones que llegar al fin de semana para empapar el hastío en alcohol, drogas y sexo.

El botellón representa la liturgia de la nueva religión necrófila de la borrachera, el colocón y el polvo anónimo y sin compromiso. Jóvenes adormecidos y dóciles que no quieren más que “pasarlo bien”, que sólo piensan en “disfrutar”. Por lo menos hasta los treinta y tantos.

Entonces tal vez busquen una pareja para convivir una temporada. O tal vez se casen para seguir disfrutando juntos unos años hasta que ya entrados en cierta edad tal vez tengan un hijo o la parejita, aunque esa circunstancia les amargue un poco la fiesta. Porque entonces tendrán que educarlos y llevarlos a una escuela donde habrá maestros aguafiestas que querrán traumatizar a sus hijos, que más que hijos son amigos y colegas que sólo quieren ser felices y pasarlo bien.

Tal vez cada una de esas botellas vacías que siembran nuestras calles tras el botellón encierre un mensaje, una petición de socorro de miles de náufragos del sinsentido materialista de esta sociedad capitalista enferma de hastío nihilista.

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