La hipocresía genética del laicismo

Las palabras del ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, tras su encuentro con los responsables de las Comunidades Islámicas, en las que …

Las palabras del ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, tras su encuentro con los responsables de las Comunidades Islámicas, en las que anunciaba la intención del gobierno socialista de financiar el Islam en lo que antes se llamaba España, recuerdan algunos de los más destacados párrafos del libro de Ibn Warraq Por qué no soy musulmán.

Dice este autor:

«El problema con los liberales y los humanistas occidentales es que son amables, patológica y mortalmente amables. Creen que todo el mundo piensa como ellos, que todo el mundo -incluidos los fundamentalistas islámicos- desea las mismas cosas, tiene los mismos objetivos en la vida».

Idea que hay que relacionar con aquella del filósofo Fernando Inciarte cuando sostenía que «nuestra época, en lo que tiene de auténticamente posmoderna, se caracteriza por el resurgimiento del politeísmo, con el que normalmente se asocia la idea de tolerancia».

¿De qué hablamos cuando nos referimos a un gobierno, que procede de un partido que se confiesa laico, y que propugna financiar a un religión minoritaria en nuestro país? Probablemente, para aclarar los términos de la proposición, no nos estemos refiriendo sólo a la aplicación de los tres principios rectores de las relaciones entre las comunidades religiosas y los Estados en Occidente. A saber: el principio de la libertad religiosa como derecho fundamental de la persona; el principio de la separación entre la Iglesia y el Estado, y de la mutua y propia autonomía en sus respectivos campos; y el principio de la colaboración leal entre ambas Instituciones en beneficio del hombre y de la sociedad.

El lector habrá entendido ya cuáles son los ejes de la complejidad en las relaciones con el Islam que, por otra parte, si por algo se caracteriza es por su desestructuración formal más allá de los procesos de interpretación de la palabra revelada en el Corán. En la aplicación de los acuerdos de 1992 con las Comunidades Islámicas, los responsables sucesivos del Ministerio de Educación se las han visto y deseado dado que los creyentes de esa confesión, en algunas zonas, habían presentado dos listas en paralelo de profesores de religión: una propuesta de la Federación de Entidades Religiosas Islámicas y otras por la Unión de Comunidades Islámicas. Aunque es cierto que cuando se abren las arcas, todos se pondrán, al menos, en la misma fila.

El problema del laicismo cañí de Zapatero es el de la doble vara de medir. Tan arriesgada y peligrosa es una religión con pretensiones de religión de Estado -en el sentido fuerte de la palabra- como un Estado, o gobierno, con pretensión de inmiscuirse en la naturaleza y desarrollo de la vida de las religiones.

La hipocresía genética del laicismo ante el hecho religioso le lleva a una doble tentación: hacer todo lo posible para desterrar la religión del ámbito público y, al mismo tiempo, meter las narices en la vida de las comunidades religiosas y en el desarrollo de sus funciones.

Al laicismo le encantaría tocar la fibra sensible del sentimiento religiosos del hombre para convertirla en chip de control remoto. Si el gobierno está preocupado por el Islam en la piel de toro, lo mejor que podría hacer es un serio examen de conciencia del pasado reciente y de la permisividad ante la marea fundamentalista que ha entrado por las costas de una Andalucía entregada –nostálgica de un paraíso no del todo terrenal-.

Dice el genio del columnismo, Aquilino Duque, que el anunciado propósito del Ministro de Justicia de fomentar el islamismo en España, aparte de recordar el fomento del sincretismo en Cuba por parte de la Revolución, hace ociosa la comisión encargada de investigar los sucesos del 11 al 14 de marzo, ya que dejan bien claro a cambio de qué llegaron al poder los que ahora lo detentan. Y que conste en acta que el Islam para el mundo cristiano, desde sus orígenes, es una “pro-vocación” y una vocación; una acusación y un desafío; una realidad a la que no se puede dar la espalda y que no se puede afrontar adecuadamente sin recuperar, hasta el último aliento, las claves cristianas de su originaria identidad cultural y social.

Lo mejor que puede hacer Zapatero es potenciar la religiosidad popular en los pueblos y en las ciudades de España. Y, después, crear montar un curso de la Fundación Pablo Iglesias sobre la teología y la pastoral del Islam, al que, pro cierto, no debe olvidar como ponente a don Gregorio Peces Barba.

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