La “hipótesis” Dios ¿es razonable?

Partimos de dos datos que no se pueden negar: Primero, la existencia de Dios no es evidente. Al menos no es evidente como lo es la presencia de los …

Partimos de dos datos que no se pueden negar:

Primero, la existencia de Dios no es evidente. Al menos no es evidente como lo es la presencia de los objetos materiales que me circundan.

Ha habido algunos filósofos que han afirmado lo contrario. Son los así llamados “ontologistas”. Dios, según ellos, sería una idea originaria y originante. Originaria: estaría presente en todo entendimiento humano como la primera idea, como la imagen de Dios impresa en el alma de todo hombre. No sólo. Sería además la idea originante: es decir, daría origen a todo otro conocimiento.

Todo lo que sé lo conozco – según estos autores – sub specie divinitatis, a la luz de la idea de Dios impresa en mi alma. Es curioso ver, sin embargo, cómo estos filósofos, una vez que han dejado sentada esta afirmación de la evidencia de Dios como dato irrefutable, pasan luego a multiplicar las pruebas de la existencia de Dios. ¿No que era evidente? Es decir, afirman en la práctica que la idea de Dios, si se tiene que demostrar, no es evidente.

Dios, por lo tanto, no es evidente. Cuantos han afirmado que han visto a Dios –los místicos, por ejemplo–, no han visto realmente al mismo Dios. Han visto, a lo sumo, “la orla de su manto”, sus espaldas, como en el caso de Moisés cuando, escondido en el hueco de una roca, vio “pasar” a Dios. Es decir, quienes han visto a Dios han visto a lo sumo el influjo decisivo y único que éste ha tenido en algún momento de su vida. “A Dios nadie lo ha visto jamás” es la frase lapidaria de san Juan en su Evangelio.

El segundo dato que no se puede negar: la tendencia del hombre a afirmar la existencia de Dios. Existe en el hombre una inclinación muy “porfiada” sumamente difícil de extirpar, y que constantemente retorna: la tendencia a afirmar que Dios existe; pero no como existen las fábulas, las hadas madrinas, los elfos, etc. El hombre, incluso el niño, sabe perfectamente –aunque no siempre sepa explicarlo– cuál es la diferencia entre el “abominable hombre de las nieves” y Dios.

Ha habido a lo largo de la historia pensadores –por llamarlos de algún modo– que han negado la existencia de Dios. Si Dios no existe, la persistencia de la afirmación de Dios en el hombre se debe a causas variadas pero que nada tienen que ver con Dios, por cuanto que no existe. Dirán que la religión es fruto del miedo, es una sobre-estructura social que oprime la lucha de clases, es fruto de la represión-sublimación de los instintos sexuales, alienación de la miseria humana y proyección en un universo metafísico de las cualidades que corresponden al hombre mismo, manifestación histórica de arquetipos presentes en el inconsciente colectivo, etc.

Y sin embargo, como ya vimos, “Dios” es porfiado. Vuelve a aparecer. El hombre en esto es como la yegua vieja, basta soltar un poco las riendas que siempre vuelve al establo. Echamos a Dios por la puerta y éste vuelve a entrar por la ventana. Puedes dar al hombre todas las razones que quieras para alejarle de la creencia en Dios, que constantemente sentirá la nostalgia de la casa paterna.

¿Por qué retorna siempre esta nostalgia de Dios? Además de todas las causas parciales del surgir de la religión, hay una causa que considero la causa esencial. Ciertamente es una causa que será prontamente negada por aquellos que, habiendo reducido el hombre a una sola dimensión, la material, reducen también la religión a un mero fenómeno psico-biológico, social o cultural.

Pero no. El hombre no es sólo psique e historia. Es también psique e historia. El hombre es sobre todo un ser que respira a gusto en un ambiente espiritual. La religión brota de esta dimensión. El hombre es religioso, el hombre tiende a afirmar la existencia de la trascendencia porque es espiritual. En ausencia de esta consideración, la religión –y la consiguiente afirmación de Dios– caen en el absurdo, como cae en el absurdo el hombre mismo cuando se le reduce a una sola dimensión.

La afirmación de Dios no surge de las dimensiones inferiores del hombre, como una especie de invasión del mundo subconsciente, subhumano en la esfera de la conciencia. No. La religión –y la consiguiente afirmación de Dios– surge de la dimensión más noble del hombre: su inteligencia y su voluntad. Ciertamente no sólo de su inteligencia y de su voluntad, porque el hombre no es sólo eso. El hombre es también sentimiento, pasión, dinamismo psíquico, costumbres atávicas, etc. Sin embargo, el sentimiento, la pasión, el dinamismo psíquico son incapaces de formar la convicción de la existencia y de la acción de Dios. El hombre tiende a afirmar la existencia de Dios porque considera que esta afirmación va en acuerdo con su entendimiento y con su tendencia al bien. En definitiva, porque la “hipótesis Dios” es razonable. Y si es razonable es “afirmable” de hecho.

A la pregunta ¿por qué afirmas la existencia de Dios si no es evidente? el hombre “normal” responde: porque no tengo motivos suficientes para no afirmarlo y sí muchos para afirmarlo (la sensación de no estar solo, el valor objetivo de la moral, la retribución de los buenos y el castigo de los malos, la inteligibilidad del universo, el valor del principio de finalidad…, y porque mi madre, que es buena y no me puede engañar, me dijo que sí existía… etc.).

Por lo tanto, dos datos incontestables: Dios no es evidente y el hombre afirma aquello que no es evidente. ¿Por qué?

El cuento del ateo y el rabino

Existe el cuento del ateo y el rabino. Dado que el ateo se encuentra en minoría, es él quien tiene que tomarse la molestia de demostrar por qué afirma aquello que casi nadie afirma, es decir que Dios no puede existir. Pues bien, después de haber afinado todos sus argumentos, el ateo subió al monte donde meditaba el rabino. Entró en su cueva sin tocar a la puerta –muy probablemente porque no había puerta– y esperó la reacción del anciano rabino. Éste ni se inmutó, continuó leyendo la Sagrada Escritura durante un rato. Al final, el rabino, sin siquiera levantar la cabeza exclamó: “quizás es verdad”.

Aquí acaba el cuento. Y aquí acabó la vehemencia dialéctica del ateo. Éste no pudo nada contra ese “quizás”. Quizás sí, quizás no. Quizás existe Dios, quizás no existe. La falta de evidencia hiere tanto al ateo como al creyente. Ninguno de los dos tiene la evidencia como para afirmar con absoluta certeza su posición. “Dios” no es evidente porque, o no existe (lo que no existe no se puede ver), o porque me he hecho incapaz de verlo. Y si soy incapaz de verlo, tendría, por honestidad, que dar la razón a Wittgenstein: de aquello que no se puede hablar es mejor callar.

Bien podríamos llegar a un compromiso entre el ateo y el creyente: tablas, ni tú ni yo somos vencedores, no hay vencidos, mejor cada uno que se reserve su juicio y no ataque al otro. Esto sería lo más fácil. Y, sin embargo, hay algo en mí que no me deja tranquilo. No obstante todo, no puedo callar. Algo me impele y sé que este “algo” no se reduce a un puro mecanismo psicológico. ¿Qué hay en mí? ¿Qué hay en la realidad que me circunda que me empuja a la afirmación de lo que no puedo ver, de lo que no es evidente, de aquello de lo que no puedo hablar?

La ciencia y la creencia en Dios

El análisis de la conducta humana, del hombre normal, nos lleva necesariamente a una conclusión: para el hombre no es absurdo creer en la existencia de Dios. El niño acepta de buen grado entrar en contacto con este ser misterioso e invisible que llamamos “el Buen Dios” o “Tata Dios” (fijémonos que en nuestra cultura americana llamamos Tata, no a un ser malvado y opresivo, sino al “abuelito”, que es un icono de la bondad y generosidad).

Es verdad que el acercamiento a Dios varía de cultura a cultura. No es lo mismo la visión que tiene de Dios un cristiano o un musulmán, un hinduista o un melanesiano. Una cosa es cierta: el ambiente no es determinante en el surgir, en la conciencia, de la existencia de Dios –como tampoco son determinantes los fenómenos psico-biológicos–, estos fenómenos determinarán, en todo caso, los rasgos que caracterizarán su visión de Dios.

No pasa lo mismo con la afirmación del ateísmo. El ateísmo es extraño a la conciencia humana en su estado de “normalidad”. Es más bien fruto de una elaboración conceptual. Esto es un hecho. El niño, y el hombre “normal”, suelen creer en Dios sin cuestionarse seriamente el porqué de una convicción tan paradójica como la existencia de Dios. Si preguntamos al hombre “de a pie” por qué cree en Dios, no sabrá bien cómo responder. Por el contrario, nadie es ateo “por casualidad” sino por diversos motivos –conceptuales, morales, políticos– que no pretendo enumerar aquí. El ateo siempre tendrá motivos para ser ateo.

Lo “normal”, por lo tanto, es que el hombre sea religioso. Y esta “normalidad” es independiente del grado de cultura, de la aptitud emotiva, de la edad. Encontramos hombres religiosos tanto entre los campesinos como en las facultades de ciencias. Es verdad que entre los científicos a veces se da un índice mayor de ateos. En la Asociación científica americana el porcentaje de ateos es más o menos de un 90%, es decir, el porcentaje inverso de ateos en la población americana (90% de creyentes). Para algunos este índice de adhesión muestra que si hay una profesión que no despierta sentimientos religiosos, ésta es la de la ciencia.

A esto se puede responder de dos formas. La primera es analizar el porcentaje que se nos propone. Es verdad que el 90% de los científicos americanos se declaran ateos. Pero si se analizan las áreas científicas por separado se descubrirá que los científicos que más tienden a creer en Dios son los astrónomos y los matemáticos, mientras que los que menos aceptan la “hipótesis” Dios son los biólogos. Es decir, en todo caso no son los científicos los ateos, sino sólo un grupo de ellos: los biólogos (se puede consultar a este propósito Scientists and Religion in America, de Edward J. Larson – Larry Witham, artículo que apareció en la revista Scientific American, Septiembre de 1999, pp. 78-83). Y esto debido a los presupuestos ideológicos darwinianos –que no son estrictamente hablando científicos– del estudio de la biología más que a las conclusiones mismas de la ciencia.

Otra respuesta se refiere al hecho mismo que existan científicos creyentes. Aquí la excepción no confirma, sino destruye la regla. En línea teórica me bastaría un científico de primer nivel, reconocido mundialmente por su saber, que fuese creyente, para mostrar cómo la ciencia no está necesariamente en contraste con la creencia en Dios, porque si así fuera este científico no podría ser de primer nivel, su creencia en Dios sería un obstáculo insalvable para su investigación científica. El hecho es que no hay uno, sino muchos científicos que afirman la existencia de Dios precisamente –y esto es notable– a causa de sus estudios científicos. Por el estudio de los fenómenos cósmicos llegan a la convicción de una inteligencia anterior que ha dado forma “more geometrico” al universo.

¿Es razonable que Dios exista?

Existe, por lo tanto, esta vieja convicción existencial en el hombre: Dios existe y actúa en la vida de los hombres. Dios se deja ver, aunque sea ocultándose a través de los fenómenos de la vida del cosmos y se hace presente en el íntimo de la conciencia humana.

La pregunta no es por tanto si Dios existe. Al parecer, no obstante su no evidencia, Dios existe en el consenso de todos los hombres, o de la mayor parte de ellos. La pregunta es otra: tengo la convicción existencial de que Dios existe, porque lo siento, porque me han hablado tantos de él, porque lo “mamé” de los pechos de mi madre, ¿puedo afirmar la existencia de Dios también con la razón? Con otras palabras, ¿es razonable que Dios exista? ¿Puedo pasar de la “vivencia”, del envoltorio experiencial, emotivo, sentimental que rodea a la “hipótesis” Dios para convencerme de que esta idea no es irracional; más aún, que estoy obligado intelectualmente a afirmar que Dios existe?

Aquí está el problema fundamental de lo que llamamos “teología racional”. Dios no es evidente, es necesario demostrar su existencia. Pero la finalidad de esta demostración no es, en primer lugar, suscitar la fe en Dios. Quienes siguen el recorrido de la teología racional no ponen entre paréntesis su creencia en Dios para ver si pueden llegar a él por vía puramente racional.

Santo Tomás, por citar al más representativo, no se convirtió en un ateo que llega a la fe y al conocimiento de Dios a través de las cinco vías. Él es un creyente que busca analizar desde el punto de vista de la razón las “razones” de su creencia en Dios. Aquí radica uno de los grandes errores de la reflexión sobre Dios. Muchos, Pascal entre ellos, rechazaron las pruebas de la existencia de Dios por su incapacidad para convencer a cualquier ateo de que Dios existe y de que él se reveló en Jesucristo. Obvio, porque esperaban de las “cinco vías de santo Tomás” lo que éstas no pretendían ofrecer. La conversión va más allá de un mero juego conceptual. Está implicada toda la vida. Está implicada, sobre todo, la gracia divina.

Aristóteles nos dijo que un pequeño error en el inicio llegaba a ser grande, incolmable, al final. Si se mira con atención, hay una diferencia notable entre decir que el punto de partida es ver si Dios existe y considerar, por el contrario, como punto de partida la posibilidad de demostrar racionalmente la existencia de Dios. Claro, los neopositivistas dirán que “Dios existe” es una proposición carente de sentido por cuanto que no es empíricamente verificable. Efectivamente, “Dios” no es empíricamente verificable, pero se puede llegar a Dios a través de aquello que sí es empíricamente verificable.

Aquí está el nudo de la argumentación tomista. Aquí está toda la fuerza argumentativa de las cinco vías tomistas, en la posibilidad –que nadie puede negar razonablemente– de que haya verdades evidentes y otras menos evidentes y que las primeras (las verdades evidentes) me sirvan de gancho para llegar a las segundas (las verdades no evidentes).

Pongamos un ejemplo muy sencillo: no es evidente que quien lee este escrito es mortal. No es evidente porque, si lee este escrito, está tan vivo como el que lo escribió, al menos durante el tiempo que empleó para escribirlo. No es evidente que sea mortal. Es evidente más bien lo contrario: quien lee este artículo está vivo y por la situación presente, actual, no se ve con evidencia que esté destinado a la muerte.

Sin embargo, yo puedo afirmar con verdad que quien lee este escrito –Francisco, por poner un nombre– es mortal porque, dado que es evidente que Francisco es un hombre, Francisco es un individuo que pertenece a la naturaleza humana, y el hecho de que haya tantos muertos en el cementerio indica evidentemente que quien pertenece a la naturaleza humana es mortal; por lo tanto, puedo decir con certeza que Francisco es mortal. Y decir lo contrario sería ir contra la evidencia, no la evidencia inmediata sino contra la evidencia mediata. Es decir, he pasado de una verdad evidente a otra no evidente y este paso es de tal modo argumentado que no puedo dudar del valor de verdad de la proposición no evidente.

¿Es posible llegar a la existencia de Dios de este modo? Parece sencillo: ¿es posible pasar a lo no evidente a partir algo que sea evidente y que me sirva de término de unión entre lo evidente y lo no evidente? Pero, ¿cuál sería ese término de unión en el caso de la demostración de la existencia de Dios?

De lo evidente a lo no evidente

Imaginémonos que caminamos por un bosque. De pronto encontramos un árbol con una rama cascada, colgando del tronco del árbol. ¿Qué pensamientos suscita en nosotros este fenómeno? Si la rama está rota y colgando del tronco, lo primero que me pregunto es ¿qué pasó aquí? Generalmente las ramas de los árboles no crecen de este modo. Si veo por el contrario un árbol con todas sus ramas íntegras, no me hago más preguntas. Que un árbol tenga sus ramas rectas es lo normal. Pero si encuentro una rama desgarrada y colgando, lo normal es que me pregunte qué pasó.

Ahora bien, ¿puedo saber, a partir de la rama cortada, quién rompió la rama? ¿puedo saber si fue un animal o un hombre o el peso de la nieve o el viento? ¿puedo saber el motivo por el cual un hombre –si es que fue un hombre– rompió la rama? ¿puedo saber si lo hizo por pura maldad o porque quería dar una señal a otra persona con la que había convenido? ¿puedo saber el color de los ojos de esta persona, su edad, su estatura, su porte moral o espiritual? La respuesta a estas preguntas es obvia: no. No puedo saber todo esto porque existe una desproporción real entre el efecto (la rama cortada) y la causa (hombre, animal o fenómeno natural).

¿No ocurre lo mismo con Dios? Lo evidente para nosotros es el mundo natural, sensible, material, pero ¿no existe una desproporción tal entre el Creador y la creatura que hace ilegítimo este paso? La creación es material, Dios –si existe– es espiritual. Entre el mundo material y el ámbito espiritual hay una diferencia cualitativa, no solamente cuantitativa. ¿Sería lícito pasar del mundo material, sensible, a una realidad espiritual, inmaterial? Al parecer no.

Volvamos al ejemplo de la rama rota que cuelga del árbol. El hecho de que se dé este fenómeno no me dice gran qué de su causa. Pero me dice una cosa: debe existir una causa. No sé lo que pasó con esta rama, tal vez nunca lo sabré. Pero sé al menos que “algo pasó”. Y esto lo sé con certeza. El árbol no pudo herirse a sí mismo, ni hasta ahora se puede hablar de árboles que naturalmente hacen brotar ramas rotas. No se considera aquí las circunstancias del hecho (si el desgarrón es grande o pequeño, si está hecho en la parte gruesa o delgada del árbol, etc.). Lo que se considera aquí es el hecho mismo de estar roto. Es decir, la existencia misma del efecto me lleva a su causa. Claro, se podría rebatir también diciendo que la rama se quebró a causa de un defecto mismo del árbol y por lo tanto no por causa de algo externo. Es verdad, y el ejemplo que he utilizado no es perfecto. Sin embargo, también aquí tenemos que decir que hubo una causa. Ésta fue la deficiencia misma del árbol y la fuerza de gravedad. Es decir, hubo una causa.

Con Dios pasa lo mismo. Partimos de lo que es evidente, es decir, de la realidad natural. La primera consideración, la más general que nos sugiere es que de hecho existe. Hay algo en vez de la nada. Este algo es variado, multiforme, colorido, pero también contingente, precario, cambiante, inestable… y por lo mismo, descubro que yo mismo y lo que me rodea pudo haber sido diversamente de como es actualmente. Si mis padres no se hubieran encontrado, yo no hubiera existido; y esto vale para todas las realidades naturales. Todo nos dice que todo pudo haber sido diversamente de como es. Es decir, no existe necesariamente, es contingente. No encuentra en sí mismo la razón de ser de su existencia actual.

Ahora bien, la pura contingencia es irracional. Es como decir que la rama se rompió a sí misma sin ninguna causa. Nada la rompió. Pero si nada la rompió, entonces tendría que estar derecha como las demás. Insisto. La imposibilidad de deducir las características de esta causa no afecta en lo más mínimo a la necesidad de que exista una causa. Referido a la existencia del mundo, de la realidad contingente, se da la misma afirmación: no sé cómo es esta causa, pero sé al menos dos cosas, en primer lugar que existe una causa, y en segundo lugar que tiene el poder, la capacidad, de influir sobre aquello que causa, es decir sobre el efecto. Al ver la rama rota afirmo con necesidad que primero hay una causa de esa rotura y segundo esa causa tiene la fuerza suficiente como para romper la rama.

Así ocurre con el universo contingente en su conjunto. La existencia misma del mundo exige una causa, y esta causa debe tener tanta fuerza, tanta capacidad, al menos para estar en el origen del existir mismo del mundo.

De este modo podemos responder satisfactoriamente al problema fundamental: ¿es posible pasar de lo evidente a lo no evidente en la argumentación sobre la existencia de Dios? Sí, es posible. Lo evidente es el ser mismo de las cosas y su insuficiencia, su incapacidad para autojustificarse. Ese ser contingente evidente exige la afirmación de una causa proporcionada no evidente, es decir, una causa capaz de crear, de dar el ser que las creaturas no pueden darse a sí mismos. A esta causa primera omnes Deum apellant, todos llaman Dios.

Marcelo Bravo Pereira, profesor de filosofía de la religión

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