La idea rusa, de P. Chaadaev, V. Soloviev y N. Berdiaev

Lentamente, pero sin pausa, nos van llegando las fuentes vivas de la tradición espiritual rusa. Que se trata de fuentes vivas lo atestigua el l…

Lentamente, pero sin pausa, nos van llegando las fuentes vivas de la tradición espiritual rusa. Que se trata de fuentes vivas lo atestigua el libro que comentamos. Se presenta -podríamos decir– un tríptico cuyo lugar central viene a ocuparlo Soloviev. De alguna forma, la ‘Primera carta filosófica a una dama’, de Chaadaev, y ‘La cuestión de Oriente y Occidente en el pensamiento religioso de Vladimir Soloviev’, de Berdiaev, sirven, respectivamente, a modo de prólogo y epílogo, a La idea rusa, de Vladimir Soloviev. La antología formada por estos textos va acompañada por espléndidos estudios de los editores.

¿Cuál es el destino de Rusia? Tal es la cuestión capital que recorre el libro. Sólo situando el problema en el ámbito religioso, teológico, espiritual se sustrae la cuestión de los estrechos límites del nacionalismo. No se trata de un problema meramente ni principalmente político, sino religioso: en la cuestión acerca del destino de Rusia está implícita la pregunta por el destino de toda la humanidad. Esta cuestión a su vez anuda a lo esencial: Dios y la inmortalidad.
El pensamiento ruso resulta incomprensible al margen de la espiritualidad ortodoxa. Bases fundamentales de este pensamiento: la primacía de lo espiritual; la idea de Moscú como Tercera Roma (cayeron Roma y Constantinopla; no habrá una cuarta Roma); el maximalismo. Propio de la filosofía rusa será la búsqueda -hasta la extenuación- de la conexión entre la vida exterior de los rusos y el camino espiritual de la nación, pues siempre lo visible remite a lo invisible. Se abre así la vía a un cierto sentimiento místico (característico de la teología ortodoxa rusa: el dogma es inseparable de la vivencia espiritual del mismo, más allá de la estricta formulación doctrinal). No es de extrañar cierta prevención y rechazo de lo que, genéricamente, podemos llamar racionalismo occidental. Las raíces de todo ello se remontan a la teología bizantina: Simeón el Nuevo Teólogo y Gregorio Palamas. El metropolita Pitirim lo resume con estas palabras: “La belleza manifestada con sabiduría es el fundamento del orden moral universal” (página 28, nota).
Inseparable de la religiosidad rusa es también la vivencia escatológica de la historia: una cierta tendencia a interpretar la historia de Rusia como una lucha entre la fe y el Anticristo. Interpretación no exenta de un cierto mesianismo semejante al del pueblo judío. Chaadaev dará el primer aldabonazo a la conciencia rusa: “Hemos vivido y vivimos para dar una gran lección a descendientes lejanos que podrán entenderla” (página 123). ¿De qué lección retrata? El pueblo ruso debe sacrificarse por la redención y la unión de la humanidad, pues la religión cristiana no es mero sistema moral, sino fuerza, y fuerza omnipotente que debe impeler al pueblo ruso a la acción visible.
Soloviev, como dijimos, constituye el gozne del libro que comentamos. Berdiaev hablará del “enigma Soloviev”, remarcando la profunda atracción que éste sintió por el catolicismo (recodemos la mención explícita que Juan Pablo II hará de Soloviev en la encíclica Fides et Ratio). ¿Cuál es el sentido de la existencia de Rusia en la historia universal? Tal es para Soloviev la central: “¿Qué nueva palabra va a decir este nuevo pueblo a la humanidad; qué desea hacer en la historia del mundo? (…) la idea de la nación no es lo que ella misma piensa sobre sí en el tiempo, sino lo que Dios piensa de ella en la eternidad” (página 141). Y lo que es válido para toda nación, es válido para toda persona. Se rompe así la errónea identificación de Iglesia y Estado, propia del nacionalismo ruso. Según Soloviev, el Evangelio aprueba la existencia de las naciones y los derechos de la nacionalidad, pero repudia el nacionalismo. El sentido de la nación no se está en sí misma, sino en la humanidad
Tal es la ‘idea rusa’: la vocación, la Idea eterna a los ojos de Dios. Si esta vocación se cumple, es ley de vida; de no cumplirse, será ley de muerte. Y la vocación eterna de Rusia es colaborar en el advenimiento de la Iglesia Universal, mientras que el nacionalismo convierte a la Iglesia en una función más del organismo estatal, en “pasivo instrumento de la política egoísta y odiosa” (página 156): “Para llegar a ser cristiana, (Rusia) tiene que renunciar ala nueva idolatría (…) la epidémica insensatez del nacionalismo que empuja a los pueblos a la adoración de su propia imagen en vez de al altísimo y eterno Dios” (página 168). Piénsese aquí también en el rechazo de toda antropolatría, tan característica de la modernidad (en Gran Ser de Comte o la Humanidad de Feuerbach).
O la política del poder, el egoísmo y la violencia (amor sui, libido dominandi…) o la política del deber moral de justicia hacia el prójimo, hacia todos los pueblos y naciones. Arrepentimiento, justicia y rechazo del egoísmo nacional: tal es el camino que permitirá la revolución de la ‘idea rusa’. La misión del pueblo ruso sólo puede esclarecerse a la luz del verdadero cristianismo.
Podríamos pensar en una nueva forma de joaquinismo. Sin embargo, de lo que aquí se trata no es de una supresión del pasado. Ni se trata tampoco de una contraposición gnóstica entre la Edad del Padre y la Edad del Hijo. A donde apunta Soloviev es a la unidad e integridad de toda la humanidad en la fe cristiana. De trasfondo, el ejemplarismo trinitario: La Trinidad Santa es comunión; así, la humanidad. “Reconstruir en la tierra esta fiel imagen de la divina Trinidad: en esto consiste la idea rusa” (página 182).
Según Berdiaev, el temor al mal encarnado domina el pensamiento maduro de Soloviev, quien “presiente una extraña grieta, un trágico precipicio en la historia de la humanidad” (página 189). Recuérdese el Relato del Anticristo, la obra de mayor profundidad, según Berdiaev. Sólo la Rusia cristiana, unida con la Europa cristiana puede rechazar el ‘panmongolismo’, la amenaza de la disolución de la persona en el impersonal Todo cósmico o social: “El elemento oriental-mongólico de la impersonalidad ha penetrado también en la civilización bajo la forma de un americanismo de nivelación” (página 219). Sólo la Iglesia puede hacer frente al “impersonalismo” (impersonalismo oriental, impersonalismo occidental anticristiano).
El mal que nos afecta -antropolatría, que paradójicamente exige el precio de la negación de la persona y de su intimidad subsistente– sólo Dios puede curarlo. La disposición de Rusia al sacrificio de sí misma para la salvación de la humanidad: tal es la ‘idea rusa’, la vocación eterna de Rusia.
Según Berdiaev, la misión de Rusia es mostrar al mundo el misterio de la libertad e, inseparablemente, de la comunión: “La Idea Rusa no es otra cosa que el descubrimiento de que el hombre no está solo, de que su futuro no es esclavode la muerte, de que forma parte única e irreemplazable de una comunidad” (añadamos: una comunidad querida y amada por Dios).
P. Chaadaev, V. Soloviev y N. Berdiaev
La Idea Rusa
Editorial Nuevo Inicio
Granada, 2009
300 páginas
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