La Iglesia en la historia de España: políticas por la paz y por la ley

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Observamos la presencia constante de políticos e intelectuales que acusan y descalifican a la Iglesia por “meterse en política”. Pontifican sobre la maldad de la Iglesia y de los cristianos por haber –supuestamente- colaborado con dictaduras, de ser causantes de enfrentamientos y de guerras civiles. Nos dicen acusando y condenando: que si las Cruzadas, que si la Inquisición, que si las guerras de religión, o que si el franquismo…

Se llega incluso a acusar y a condenar a la Iglesia Católica por provocar -por sus supuestas actitudes retrógradas- respuestas tanto desde otras religiones -la yihad islámica- como desde el sector civil. Y en esto basan sus razones para desplegar sus políticas anticristianas en favor de la construcción de un Estado Laico.

Ante estas acusaciones muchos cristianos y católicos suelen agachar la cabeza, posiblemente llevados por una falta de formación (de lo cual ya se encarga el sistema educativo) y por el machacón mensaje transmitido por los medios de comunicación de masas.

Ante todo este escenario creo que debemos ser valientes y decir que estas acusaciones son mentira y que la Iglesia siempre ha mirado por la defensa del ser humano, de su dignidad, de su libertad, de su racionalidad y de su moralidad; porque así lo ha creado Dios.

Aquí tenemos esbozados los principios que hoy constituyen la base de toda sociedad libre y democrática: Trascendencia, moral, libertad, razón, responsabilidad. Y desde los primeros pasos del Cristianismo la Iglesia siempre ha mirado de fomentar un caminar político, económico y social de la Cristiandad conforme a estos postulados.

De hecho el hombre cristiano siempre se ha preguntado si se puede establecer un orden político que responda a estos principios y, si con ellos, se puede interpretar la historia de la humanidad: porque la historia y el modo de organización política y económica, social y cultural deben estar a favor del ser humano con el objetivo del servicio a Dios.

Pensando la Historia, buscando una sociedad justa

Si pensamos en estos términos vemos que la Historia de la Humanidad pasa de ser circular y repetitiva a ser una línea -con altibajos- de búsqueda y caminar constante hacia un modo de organización que responda a tales principios. Este fue el discurso de los pensadores cristianos de los siglos II al IV y es la actitud de la Iglesia desde hace 2000 años.

Con esta intención San Agustín encargó a Orosio un compendio de Historia Universal hasta el año 417 d.C. Fue la Historiae adversus paganos.

A través de las páginas de la Historiae se van recogiendo a los grandes polígrafos clásicos greco-romanos y cristianos apoyando la dialéctica entre el Bien y el Mal, entre la Gracia y el Pecado con la esperanza puesta en la salvación ofrecida por Jesucristo como motores de la Historia de la Humanidad.

Esta idea fue la que configuró el De Civitate Dei de San Agustín. Desde esta perspectiva toda crisis es causada por la desviación del ser humano hacia el reino de Satanás. Esta desviación tenía su reflejo en las guerras europeas del siglo IV-V, por ejemplo.

La Iglesia que construyó Europa

Ante la descomposición del mundo romano-cristiano la Iglesia floreció como esencia medular de estabilidad, de progreso, de justicia, de paz y rehabilitación de la Cristiandad. Ahí tenemos a los grandes santos creadores de la reconstrucción de Europa: Benito, Gregorio, Isidoro de Sevilla, Bonifacio y tantos otros.

En el caso de España, la Iglesia supo aunar a todos -hispanorromanos y godos- en un proyecto común de reconstrucción estatal protonacional. Para ello organizó el III Concilio de Toledo (589) que resolvió en favor de Recaredo frente a la sublevación de su hermano Hermenegildo (católico y sublevado contra su padre Leovigildo y contra su hermano Recaredo, arrianos ambos).

Recaredo y los obispos, miniatura del Códice Viginiano

La condena de la Iglesia Católica al católico Hermenegildo tiene una gran trascendencia. Es condena de un intento de “golpe de Estado” que podía acabar destruyéndolo todo.

Estamos ante una actitud clara, profunda, tajante y pública de la Iglesia en defensa de la reconstrucción política de la Cristiandad partiendo de las antiguas provincias imperiales convertidas, ahora, en Estados protonacionales. La Iglesia se situaba por encima de los conflictos políticos, sociales e incluso religiosos (en su propio seno) para defender la unidad de la comunidad política y la preservación del Estado, de la Monarquía de España y del empuje reunificador de la Cristiandad. Es lo que modernamente llamamos “sentido de Estado”.

Con este acto de condena la Iglesia Católica decía públicamente que no era lícito que un hijo se sublevara contra su padre, como tampoco era lícito que un noble se sublevase contra su rey o que un siervo se alzase contra su señor.

La Iglesia estaba diciendo y recordando a todos que los conflictos debían solucionarse en el marco del Imperio de Ley y en los tribunales, asambleas y concilios.

La Ley está por encima de todos y todos deben regirse según las leyes. Ley natural basada en la moral cristiana que se debe expresar en la ley escrita y promulgada por el Estado. Porque la Ley o es moral o no es Ley (por mucho que así la llame un gobierno).

Con esta actitud la Iglesia da estabilidad y seguridad jurídica a las relaciones sociales en todos los ámbitos (políticos, económicos, sociales, culturales, en los pactos y contratos).

La unidad en el siglo XIII

Qué decir de Ximénez de Rada: fue el arzobispo primado que reunió el Concilium -la asamblea general del Regnum Hispaniae– en Toledo (1211) para decir a todos los reges hispaniae que tenían una misión de Restauratio y Recuperatio de la Hispania Cristiana bajo el signo de la solidaridad y la unidad, y no de la división.

El propio Papa se situó a la cabeza de este movimiento mediante llamamiento general de Cruzada. Bajo esta guía los ejércitos de los reges y nobles Hispaniae se enfrentaron a los muslimes en la batalla de las Navas de Tolosa.

Gracias a esta unidad impulsada por la cabeza de la Iglesia el poder islámico se hundió en todo Occidente. Éste es el significado profundo de las Cruzadas.

Cisneros: la transición pacífica al s.XVI

Situación crucial también pasó España y Europa al fallecimiento de Fernando el Católico, que desencadenó un proceso de descomposición que hubiese destruido la labor de los Reyes Católicos. Pues bien, ahí estuvo la Iglesia para evitarlo.

Surge aquí la figura del Cardenal Cisneros intentando realizar una transición pacífica: de los Trastámara a los Habsburgo, con Carlos V.

Y ¿cuál era la pretensión de Carlos? Pretendió Carlos reconstruir la unidad de la Europa cristiano-romana: la Cristiandad. No en vano Carlos elegiría la ciudad de imperial Aquisgrán para coronarse emperador, sucesor de Carlomagno, continuador del Imperio Romano-Cristiano; detentando los símbolos de la espada de Carlomagno, el anillo imperial, el cetro y el mundo. Y allí estaba la Iglesia apoyando el camino hacia la reunión de la Cristiandad.

Buscando la paz entre Austrias y Borbones

Similar actitud tuvo la Iglesia en otro momento trascendental de nuestra historia. En 1700 Carlos II -último Austria- fallecía sin sucesión dejando un reino de España en crisis militar, política, económica, social, cultural.

Ante una España amenazada por el reparto territorial establecido por Luis XVI y Leopoldo de Austria, y ante la rapiña comercial de británicos y holandeses, de nuevo la Iglesia apareció como la Institución a la que toda la sociedad se agarró pidiendo protección, seguridad, paz, reconstrucción y salvación.

Un retrato del cardenal Portocarrero,
que intentó mediar entre Austrias y Borbones

En esta situación surgió el primado de la Iglesia, Cardenal Portocarrero, organizando la sucesión pacífica de Austrias a Borbones. Sucesión que, bajo la guía de la Iglesia, fue aceptada incluso por los sectores catalanes más austracistas. Estos incluso juraron a Felipe V en las Cortes de Cataluña de 1702, sin objeción alguna.

Tal fue el éxito esta Transición que el muy austracista Feliu de la Peña comentaría, en sus Anales de Cataluña, que en las Constituciones de Cataluña “consiguió la provincia [Cataluña] cuanto había deseado, moderado sólo el desinsacular”, y expresó el contento y alegría que todos los catalanes mostraban hacia Felipe V: contento y alegrías de la nobleza, de los comerciantes, de los gremios y de las capas populares ante el nuevo rey Felipe V, al que ya por entonces comenzaban a llamar, el Animoso (1702).

Acabada esta transición, encaminado este proceso, pacificado y seguro el reino; la Iglesia se retiró dejando la iniciativa a los civiles (1703). Es a partir de aquí cuando el proceso político comenzó a torcerse hasta enloquecer y extraviarse -por múltiples factores- degenerando en la guerra civil (1705). Este caso lo expongo ampliamente en mi libro De austrias a borbones .

La Iglesia al llegar la República española

Y qué decir del colapso de la monarquía de Alfonso XIII. El 14 de abril de 1931 los españoles se despertaron en un Estado con una nueva forma política: la República. Una república que hacía temer a muchos ciudadanos que se desataría el odio y el radicalismo anticristiano, haciendo imposible la convivencia. Y ¿qué hizo la Iglesia?

El 18 de abril de 1934 los arzobispos de Barcelona y Tarragona, Manuel Irureta y Vidal y Barraquer, fueron al palacio de la Generalidad y se entrevistaron con Francesc Macià. Le expresaron que el interés de la Iglesia era ayudar a la concordia y a la paz entre los españoles.

Los dos arzobispos hicieron un llamamiento a todos los católicos para que ante los numerosos actos de violencia, profanaciones, saqueos, incendios y asesinatos que se estaban cometiendo se mantuviesen -pese a todo- serenos y confiasen en Jesucristo, en la Iglesia y en el nuevo régimen republicano. La actitud de las demás diócesis de España, con sus obispos al frente, fue similar.

Podría citar muchos otros momentos de la historia pero sirvan estos casos reseñados para reafirmar que la Iglesia Católica nunca ha abandonado esta labor, surgiendo como fuente de estabilidad, de justicia, de unión y reunión de todos cada vez que las estructuras civiles han fracasado, se han hundido o extraviado por el camino del odio.

Pero no quiero acabar este artículo sin hacer mención a un aspecto más: nuestra última transición y nuestras libertades y democracia actuales.

La Iglesia en la Transición y la democracia

Las libertades, la democracia y el bienestar que hoy gozamos en España se deben en gran medida a la labor de la Iglesia: a su labor social y económica y educativa, y también política. Sí, también política. Y no debemos avergonzarnos en reconocerlo públicamente.

Por lo menos, desde la década de 1960 la Iglesia llevaba a cabo una labor política trascendental para poder realizar una transición hacia la democracia con estabilidad, concordia y paz; defendiendo -por encima de todo- la persona y su dignidad.

El Papa Pablo VI instó al Consistorio de Cardenales para que favorecieran el camino de reformas democráticas (jun.1969) en base a las enseñanzas del Concilio Vaticano II: compromiso de todo cristiano y de todo católico con el pasado, con el presente y con el futuro de la nación en pos de un ordenamiento social, económico, político y cultural que tenga como eje el respeto integro de la persona. La persona entendida como Ser eminentemente espiritual que tiene derecho a su total Integridad Moral, esto es, integridad de todo su Ser físico, intelectual y espiritual.

Y esto solo se puede dar en un sistema político de libertad individual, de democracia, de justicia social y de reconciliación nacida del perdón de todos, hacia todos y para todos, única forma de fundamentar la auténtica paz.

De ahí que en noviembre de 1975 el Cardenal Tarancón pronunciase su famosa homilía ante el rey y la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, insistiendo en que la integridad moral de la persona es un derecho anterior a cualquier tipo de ordenación política, jurídica, económica, social o cultural.

En 1982 tuvo lugar el primer viaje apostólico de Juan Pablo II a España. En su discurso de 2 de noviembre el Papa reafirmó todos estos principios: que caminásemos por la senda constitucional que nos da una forma social, económica, política y cultural individual y colectiva concreta impidiendo -al menos jurídicamente- el desagüe de la Trascendencia del Ser Humano y su conversión en Hombre-Masa. Y todo ello en el marco de la reafirmación de nuestro ser cristiano.

En todos sus viajes a España Juan Pablo II insistió en el mismo mensaje: que perseverásemos en la senda constitucional y en la defensa de nuestro país como una tarea moral que a todos implica, envuelve y compromete. Y debo hacer notar que “detrás” de Juan Pablo II estaba el cardenal Ratzinger, hoy nuestro querido Benedicto XVI.

Retos de hoy: un laicismo radical

Ante la embestida laicista radical en la que hoy estamos inmersos se hace necesario, más que nunca, salir a la vida pública y repetir claramente que estos principios medulares siguen siendo la sustancia en la que debe basarse cualquier constricción política, económica, social, cultural porque son principios morales superiores, a saber: que todos los seres humanos tenemos unos derechos inalienables iguales, derecho a la Vida (incluido el no-nacido), a la Verdad, a la Libertad, a la Democracia, a la Justicia, a la Integridad Moral (física, intelectual, espiritual) y a la búsqueda de la Felicidad dentro de las leyes de la moral natural y religiosa y de la Democracia. Y la defensa de estos principios está por encima de cualquier otra consideración (por lo tanto por encima de lo que el Estado totalizador nos quiere imponer, enseñar y alienar).

El llamado problema de España (Picavea, Mallada, Unamuno, Azorín, Galdós, Baroja, Maeztu, Ortega) nos dicen los políticos actuales que consiste en una cuestión de definición política por la cual incluso se asesina y se masacra. De nuevo “la política” endiosada y convertida en una pseudoreligión, en una falsa religión. No nos dejemos engañar.

La encrucijada ante la que estamos no consiste en un problema de definición de una o de unas entidades políticas y de su forma de organizarse política, jurídica, económica, social y culturalmente sino que se trata de La Cuestión Moral, porque afecta a todos los fundamentos del ser humano y de su convivencia y a la paz y al bienestar de toda la comunidad.

Es La Cuestión Moral porque tras las fronteras del marco constitucional el Estado totalizador se muestra sin caretas, como ideología y organización que alienan a la Persona en todo su Ser Moral y es eminentemente contrario a la doctrina cristiana.

El Estado-César, convertido en dios y religión

En el siglo II Justino, en su búsqueda de la Verdad, dio el salto de la filosofía y teología greco-romana al Cristianismo y creó escuela en Roma. Su “Diálogo con Trifón” fue ejemplo de camino de conversión e itinerario espiritual ofrecido al mundo greco-latino racionalista, encabezado por Estado-César convertido en dios y religión.

En su vía catequética para difundir el Mensaje Cristiano Justino señalaba: “importa a los cristianos no desentenderse, sino animarse, a pesar de la muerte que amenaza a quienes enseñan o tan siquiera confiesan el nombre de Cristo; por todas partes y por todos los medios hay que enseñar y recibir la Palabra”.

¡Qué modernas suenan estas palabras!, tan similares a la llamada de Juan Pablo II al compromiso de todos los cristianos: “hay que dar testimonio de la Verdad, aún al precio de ser perseguido […] mantened y defended un orden de verdades y valores” (Juan Pablo II, “Levantáos, vamos” p.164-165).

El 20 marzo 2007, en la audiencia general de los miércoles, Benedicto XVI dijo sobre Justino: “con la religión pagana los cristianos rechazaron acérrimamente todo compromiso”, mientras que “la figura y la obra de Justino marcan la decidida opción de la Iglesia […] por la filosofía, por la razón” y la Fe, como soportes que llevan necesariamente al compromiso.

“Justino, y con él otros apologistas, firmaron la toma de posición clara de la fe cristiana contra los falsos dioses […] era la opción por la verdad del ser contra el mito […] desorientación diabólica en el camino de la verdad”.

Antonio Ramón Peña Izquierdo es historiador y autor dellibro De Austrias a Borbones:
http://editorialakron.es/cms/index.php?page=dea-austrias-a-borbones

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