La Iglesia, esa gran desconocida

Nos parece saberlo todo de ella porque la tenemos siempre ahí, cuando nos hace falta, como una referencia inexcusable, como una instancia que n…

Nos parece saberlo todo de ella porque la tenemos siempre ahí, cuando nos hace falta, como una referencia inexcusable, como una instancia que nunca falla. Sin embargo, en el fondo, es una gran desconocida. La Iglesia, en un país tan tradicionalmente católico como España, en un país donde su presencia institucional, cultural y mediática es continua, es una gran desconocida, incluyendo en este ancho desconocimiento, no sólo a los que se sitúan fuera, sino a sus mismos hijos.

¿Qué conoce la gente de la Iglesia? Sobre todo dos aspectos: por un lado las manifestaciones masivas de la religiosidad popular, como las procesiones de Semana Santa o las devociones de gran arraigo social, como el Rocío. Por otro lado, la parte más institucional, los obispos, las conferencias episcopales, el papa. Esta es la Iglesia que se asoma siempre a los medios opinando, la que pone la cara «oficial» de la institución. No obstante, ni una ni otra son «toda» la Iglesia.

¿Han oído hablar los católicos malagueños (por centrarme en la diócesis a la que pertenezco, aunque el ejemplo puede ser extensible a cualquier otro) de la residencia del Buen Samaritano, donde se atiende a los ancianos más desfavorecidos y que tienen un mayor grado de dificultad? ¿Conocen la residencia de Colichet, para enfermos de sida que están en una fase avanzada? ¿Les suena el Hogar Pozos dulces donde se recoge y atiende a personas sin techo y con bajísimo nivel económico? ¿Tienen noticia de la misión de Caicara del Orinoco en Venezuela? Todos estos ejemplos, sin salir de Málaga. Muchos cristianos, de los que asisten semanalmente a misa, seguramente desconocen aspectos de sus parroquias, como la labor con los enfermos o el trabajo con los jóvenes. Muchos, muchísimos españoles tienen de la Iglesia una imagen compuesta, a partes iguales, por clichés de una información manipulada y por tópicos anticlericales que huelen a rancio. Pocos, tanto dentro como fuera, conocen esta Iglesia que realiza una ingente labor asistencial, social, educativa y espiritual; y lo hace con la aportación (de su trabajo y tiempo, de su dinero) callada y anónima de miles de personas.

Todos ellos contribuyen a construir esta enorme y desconocida Máquina de Hacer el Bien, cuyos modestos engranajes somos nosotros, cada uno de los bautizados, y cuya energía, no contaminante y eternamente renovable, es el Espíritu

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