La Iglesia debe hablar fuerte y claro a Europa

Iglesia

Des de los primeros siglos de la cristiandad, la Iglesia ha estado estrechamente unida a la suerte europea para lo bueno y para lo malo, de manera que nuestra cultura resulta inextricable de la cristiana, como desarrollo de la misma o como antítesis, que solo existe porque previamente se da la tesis cristiana.  Cuando se olvida esta evidencia, la propia Iglesia acaba pasándolo mal. Cuando se nacionaliza o simplemente pierde de vista la unidad de Europa, paga su error, y la secularización no está al margen de estos errores. Sin la I Guerra Mundial seguramente todo habría sido muy distinto. Esto explica la atención del papado coetáneo por la suerte de Europa, que alcanza una formalización decisiva con la Exhortación Pontificia Ecclessia in Europa del 2003.

Ahora, la Unión Europea, la versión más unida de las diferentes realidades desde la Cristiandad, atraviesa una grave crisis de amenazas externas e internas, de pérdida de peso en el mundo, tanto que significa un cambio de paradigma, y lo hace de la mano de la incertidumbre, la incapacidad de retornar la atracción al proyecto europeo, y la desunión. Europa, lo advirtió reiteradamente Juan Pablo II, vive una crisis moral que se traduce en su falta de cohesión y ausencia de horizonte de sentido. Esta dinámica puede ser muy destructiva, también porque una parte -solo parte- de Europa, ha tomado la perspectiva de género y LGBTI como canon de lo políticamente correcto, así como la liquidación del hecho cristiano de la esfera pública. Esta pretensión choca con otras visiones, sobre todo en los países del Este, sin que se vea ningún afán mediador por parte de nadie. El incompresible enfrentamiento con Rusia es resultado de una extraña mezcla de operaciones de la CIA, temor histórico de algunos países al gigante ruso -que hoy tiene poco de tal condición- y la cosmogonía liberal. Todo esto ha convertido un socio en adversario. En otro orden de cosas, la evolución de Turquía empeora el escenario, al tiempo que esta busca la alianza con Moscú, su enemigo histórico. ¿Dónde están los socios fiables de la UE?  ¿En los Estados Unidos, que en los buenos tiempos de Obama se dedicaba a espiar sistemáticamente a los gobiernos (empezando por su gran aliado, Alemania) y a las empresas competidoras? ¿En la Gran Bretaña del Brexit? ¿Dónde? La única tranquilidad relativa está en manos de Marruecos y Argelia. No es mucho.

En este difícil histórico momento de Europa, la Iglesia debe hablar con una única voz clara y fuerte, para señalar caminos, mover corazones y mentes, utilizar sus medios para contribuir a encauzar alguna respuesta que el mundo secular debe encontrar, y que ella puede contribuir decisivamente a orientar. La base de partida Ecclesia in Europa, y otros textos pontificios, los trabajos de la COMECE, solo esperan una aplicación actualizada. Esta es una necesidad y una urgencia, como lo es un documento de la máxima autoridad que trate sistemáticamente desde la perspectiva cristiana la ideología de la perspectiva de género y LGBTI.  Y es que la visión eclesial de Europa no puede quedar circunscrita al problema de los refugiados, no porque no sea importante, vital, sino simplemente porque los otros problemas también lo son y sobre ellos actúa además algo muy peligroso:  una mayor confusión que alcanza el caos en algunos aspectos.

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