La Iglesia y la geopolítica

Iglesia

La visita del presidente Trump al Papa es abordada como un hecho dentro de la normalidad. Todos los grandes líderes políticos visitan, antes o después el Vaticano con la única e importante excepción de China. Pero eso, que nos parece casi una regla, era del todo infrecuente no hace demasiados años. En el caso concreto de Estados Unidos, hasta el mandato de Reagan en la época de Juan Pablo II, seguramente el papa que dotó de más impulso internacional a la institución eclesial, era un hecho impensable. Ni tan siquiera Kennedy, el único presidente católico que ha tenido Estados Unidos, podía haberse permitido una visita de este tipo, porque ni la política interior lo habría tolerado ni la dimensión geopolítica de la Iglesia lo convertía en necesario. Y lo mismo se puede decir de otras grandes potencias distantes de ella por una u otras razones.  Es el caso de la Gran Bretaña Imperial o de la “Todo pasa, la Iglesia queda, y crece su peso y su liderazgo global”. Por eso su visión geopolítica no puede ser la de un gobernante, como no lo son sus objetivos que enlazan lo más material e inmediato, ayudas sociales, paz, respeto a los derechos humanos, con la metafísica de lo sobrenatural. Pero esta última dimensión, la que le confiere su singularidad en el viaje humano, ha generado muchos más aspectos. Así es el intelectual orgánico más grande, y también el único en términos institucionales, de organizaciones, no de cultura, con dos mil años de experiencia. Cuando un papa asciende al solio recibe esta formidable carga y debe adaptase a ella. Y en este mismo sentido es un sujeto político de primer orden y el más globalizado de todos, y no solo virtualmente, sino de manera presencial.

La Iglesia ha alcanzado su máximo desarrollo geopolítico en épocas recientes, en el último cuarto del siglo pasado, por la combinación sobre todo de dos factores, su crecimiento en todo el mundo (la última asignatura pendiente es China) y el liderazgo moral del Papado. No ha respondido a ningún plan preconcebido, solo ha sido consecuencia del servicio a sus propios fines: la propagación de la Buena Nueva, el acompañamiento de la humanidad en el cumplimiento de la ley natural.

Cuando la Iglesia era hegemónica en Europa, cuando la Cristiandad, que ha marcado profundamente nuestra historia, era al mismo tiempo una perfecta desconocida en el mundo. La Iglesia creció sola y recorrió el mundo a caballo de grandes Imperios, Romano y Bizantino, el de los Habsburgo después, de la expansión occidental más tarde, para incardinarse como algo propio y en cierta medida nueva, en las diversas regiones, de manera que hoy tenemos un papa latinoamericano, y el próximo quizás sea africano o asiático.

Desde el punto de vista humano es una realidad sorprendente y hasta cierto punto inexplicable cómo ha conseguido superar los embates negativos de la historia. La persecución judía y romana al inicio, la crisis arriana, la eterna tentación gnóstica, las invasiones islámicas, que dejó una costosa factura territorial, la división protestante, la revolución anticatólica, empezando por la francesa en 1789 y que alcanzan su apogeo en el siglo XX, la descristianización europea y el asalto de la desvinculación y la perspectiva de género y LGBTI.  Todo esto podía haber derruido, marginado, dejado reducida a la nada la Institución eclesial. No ha sido así. Por eso hoy es el sujeto político más imperante a escala mundial, el único desarmado. Si no existiera, la humanidad debería inventarla. Es la Iglesia Católica. Y en todo caso recemos siempre por ella.

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