La Iglesia pide que se reabra en El Salvador la investigación por el asesinato de Óscar Romero

La archidiócesis de San Salvador acaba de pedir oficialmente que se reabran en El Salvador las investigaciones por el asesinato del arzobispo Óscar Ro…

La archidiócesis de San Salvador acaba de pedir oficialmente que se reabran en El Salvador las investigaciones por el asesinato del arzobispo Óscar Romero, cometido el 24 de marzo de 1980. Dos días después de hacerse público que un tribunal civil de California (Estados Unidos) ha condenado por aquel crimen a Álvaro Rafael Sarabia, ex capitán de las fuerzas armadas del país centroamericano, la directora del Departamento Jurídico del Arzobispado de la capital, María Julia Hernández, aseguró el martes 7 de septiembre que sería necesario “reabrir el caso con el objetivo de impulsar nuevas pistas”. La dirigente diocesana, por otro lado, tiene previsto exigir al Parlamento salvadoreño que “revise aquellos artículos de la Ley de Amnistía de 1993 que impiden los procesos por crímenes de guerra o contra la humanidad”. La normativa aprobada hace 11 años salió adelante para beneficiar a militares, ex guerrilleros y civiles acusados de violar los derechos humanos durante la guerra civil que afectó al país entre los años 70 y 1992.

Según María Julia Hernández, la reciente sentencia del tribunal estadounidense demuestra que, en El Salvador, urge encontrar, en base a las leyes internacionales, encontrar a los responsables del homicidio a pesar de la existencia de normas que reconocen la amnistía. “El caso de Monseñor Romero es un ejemplo de impunidad y ha quedado definido como un crimen contra la humanidad”, explica. Sin embargo, y también este martes, el presidente salvadoreño, Elías Antonio Saca, afirmó que la reapertura del caso sería como “reabrir las heridas del pasado”. No parece que el mandatario vea con buenos ojos ni siquiera que la cuestión se aborde en la cámara legislativa del país.

Óscar Romero se había convertido, sobre todo a finales de los años 70 (el último período de su vida antes de ser asesinado), en la voz de los más débiles y oprimidos en el contexto del clima de terror y crímenes constantes que iba imponiéndose en el país durante esa época. El prelado denunciaba especialmente la violencia practicada, contra la población civil, por militares y también por los llamados “escuadrones de la muerte”. Más allá de la Ley de Amnistía, la justicia salvadoreña se ha mostrado claramente ineficaz a la hora de buscar a los verdaderos culpables de la muerte del arzobispo.

El titular de la diócesis de San Salvador murió el 24 de marzo de 1980 cuando un francotirador le disparó mientras celebraba Misa. Nacido en Ciudad Barrios (El Salvador) el 15 de agosto de 1917, Monseñor Romero siempre fue discreto y sencillo pero, al mismo tiempo, un gran comunicador. Antes de su dura etapa final en los años 70, ya había sufrido los horrores de la Segunda Guerra Mundial, primero durante sus estudios en Roma (donde fue ordenado sacerdote) hasta 1943 y luego en La Habana (Cuba), donde estuvo prisionero.

El carisma de Romero dio la vuelta al mundo en forma de reconocimientos universitarios, sociales y eclesiales, así como mediante una proposición a Premio Nobel de la Paz en 1979. En medio del sufrimiento de la Iglesia salvadoreña durante esa década de los 70, con frecuentes asesinatos a sacerdotes y laicos (entre ellos catequistas y representantes de movimientos), el arzobispo siempre se mantuvo fiel a la hora de defender la vida y la dignidad humana. Los que planearon y consiguieron acabar con su vida de forma violenta no sólo mataron a un ser humano, que ya es muy grave, sino que sobre todo atentaron contra el gran trípode de “paz, justicia y perdón” que ha proclamado tantas veces el Papa Juan Pablo II para afrontar el futuro de la humanidad.

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