La Iglesia y la economía

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La economía es un medio, el Gran Medio por excelencia. Nada puede hacerse sin ella, pero nada auténticamente valioso puede hacerse "sólo" con ella. Adorar el dinero como un fin en sí mismo es una idolatría; desdeñarlo en una ingenuidad.

La Iglesia, como todas las instituciones, necesita de la economía para cumplir sus funciones; para ella el dinero es importante, como para cualquier grupo humano que quiera tener una proyección general. Ni más ni menos.

Me gustaría hacer algunas precisiones en torno a la relación de la Iglesia con la economía, ya que parece que, sobre este tema, habitan en nuestras cabezas muchos tópicos.

Primera precisión. En términos puramente humanos, de eficacia, hay que reconocer que la Iglesia sabe "rentabilizar" sus recursos; sabe hacer "más" con "menos". Todo el mundo conoce la buena administración de las órdenes religiosas sobre aquellas instituciones que tienen a su cargo. Se exprime hasta el último céntimo, se aprovechan al máximo los recursos, sobre todo los recursos humanos. Este buen funcionamiento se basa en la conjunción del centralismo (poder centralizado y, en última instancia, decisorio) con la autonomía de cada parte en aquello que le concierne. La Iglesia, desde el punto de vista funcional, es una enorme máquina bien organizada, donde cada pieza (institución educativa, centro asistencial, parroquia) tiene la suficiente autonomía para cumplir su cometido y la suficiente ligazón con el conjunto para que el amplio margen de autonomía no se convierta en un caos.

Un segundo aspecto. Este manejo de recursos no se hace sólo con criterios de eficacia -lo que ya es bastante- sino con criterios de rigor moral. La inmensa mayoría de las personas que manejan los recursos de la Iglesia lo hacen honradamente. En un país como España, donde la palabra "corrupción" se ha oído en tantas ocasiones, nunca la Iglesia se ha visto envuelta en ningún caso real de esta naturaleza. A esta actitud de honradez hay que añadir la transparencia. Pocas instituciones tienen sus cuentas más claras y públicas. Cada parroquia, cada diócesis, cada institución hace públicas sus cuentas periódicamente.

Y tercero. La Iglesia gasta más en proyectos externos (ayudas de todo tipo a las personas que lo necesitan) que en mantener su propia maquinaria. Los llamados "gastos de funcionamiento", que siempre se disparan en los organismo estatales, en ella son menores que "los gastos de inversión". En una palabra, gasta más en los demás que en sí misma. Su mayor criterio económico no es tener para guardar, sino dar para tener.

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