La importancia de la presencia de la Iglesia en tragedias como la del naufragio del Costa Concordia

Tras el naufragio del crucero Costa Concordia en aguas del mar Tirreno, junto a la isla italiana de Giglio, todo apunta a que el comandante del buque,…

Tras el naufragio del crucero Costa Concordia en aguas del mar Tirreno, junto a la isla italiana de Giglio, todo apunta a que el comandante del buque, Francesco Schettino, fingió seguir a bordo cuando en realidad ya había abandonado la nave siniestrada y apenas había comenzado la evacuación de pasajeros.

Así se desprende de las conversaciones que mantuvo con la Capitanía de Puertos de la Guardia Costera, a los que informó de que ya habían sido evacuadas unas 4.000 personas cuando tan solo habían dejado el crucero apenas unas 40.

“Ahora vuelvo al puente (de mando)”, aseguró Schettino, antes de explicar que se había ido a popa, la parte trasera del barco, para “saber qué estaba pasando”. El capitán del Costa Concordia añadió: “yo estoy coordinando”, antes de reconocer que no estaba a bordo del crucero.

La otra cara de la moneda se muestra en las figuras del capellán a bordo, el padre Raffaele Malena, y del párroco de San Lorenzo y San Mamiliano, en la isla de Giglio, Lorenzo Pasquotti. El primero, al permanecer en el crucero atendiendo y confortando a la tripulación y los pasajeros; el segundo, en representación de las parroquias de la isla, que se volcaron con las víctimas del buque embarrancado.

“El capellán, donde es llamado tiene que correr”

El padre Malena vivió en primera persona el naufragio. En una llamada telefónica a la central del Apostolado del Mar, el sacerdote avisó de lo que estaba sucediendo y, cuando le preguntaron si quería que lo fueran a recoger, se negó a ello.

Ahora es importante que me quede cerca de la tripulación y los pasajeros para confortarlos en este momento de gran confusión”, contestó.

Según informa la agencia Zenit, el sacerdote conocía a muchos de los más de mil tripulantes e indicó que el problema del desembarco fue principalmente el pánico, añadiendo que el personal de a bordo se comportó bien.

El capellán donde es llamado tiene que correr. Les di coraje, había tantos niños…, a una niña la tomé en mis brazos, dije que la mandaran antes con la mamá y la hicieron evacuar antes”, explicó en una entrevista a Radio Vaticano.

También tuvo una mención especial para el párroco del Giglio: “había otro sacerdote a quien le doy las gracias, el párroco del Giglio, don Lorenzo Pasquotti, que inmediatamente abrió la iglesia”, y recordó que en esta isla de 1.200 personas en verano y 700 en invierno “todas querían dar una mano: abrieron los hoteles, nos dieron de comer, nos dieron mantas y todo lo que tenían nos lo daban” y concluyó indicando que “a los habitantes de la isla del Giglio deberíamos hacerles un monumento”.

“Nuestra misión, salvar náufragos”

Por su parte, don Lorenzo, párroco de San Lorenzo y San Mamiliano, de 61 años, la noche del accidente se refugiaba en su casa del intenso frío cuando, al asomarse a las ventanas y ver al gigante de 17 pisos embarrancado y desplomándose sobre la bocana del puerto, salió a la calle al mismo tiempo que lo hicieron el resto de vecinos.

Es como si lo estuvieran esperando, “como si nuestra misión en la vida no fuese otra que la de salvar náufragos; hasta la señora más vieja de Giglio –que habitualmente tiene dificultad para caminar- se presentó con comida caliente y mantas”, recuerda todavía sorprendido.

Don Lorenzo abrió inmediatamente de par en par las puertas del templo y encendió todas las luces, para que sirvieran de guía a las víctimas del naufragio que iban llegando a tierra firme. Cientos de personas se fueron apretujando entre los bancos de la iglesia.

“No tardaron en aparecer los primeros náufragos. Venían empapados, con los rostros desencajados, los chiquillos tiritando”, subraya. El padre Pasquotti se dirigió entonces a la sacristía para utilizar incluso el manto de la Virgen y los ropajes de la misa y las túnicas de la procesión, que sirvieron para ahuyentar los primeros miedos y fríos.

También el párroco de la iglesia de San Pedro Apóstol, don Vittorio Dossi, explicó la situación que vivieron y tuvieron que afrontar en la pequeña isla en una entrevista telefónica a la periodista de Radio Vaticana Antonella Palermo.

“Esa noche estaban fatal: había quien buscaba a su hijo y quien buscaba a la esposa. Había confusión y una agitación increíble. Las personas eran de todas las nacionalidades: alemanes, ingleses, japoneses, coreanos”.

“Les hemos ofrecido todo lo que teníamos, mantas y colchones. Ahora, tras los momentos iniciales de conmoción, han ido a descansar y yo me he dedicado a buscar a uno de los desaparecidos. Había una madre que había perdido a su hijo en el puerto”, dijo.

“Quisiera, de nuevo, agradecer el esfuerzo de los habitantes de esta isla, que se ha implicado inmediatamente para afrontar esta emergencia. Una vez más he visto que esta isla está compuesta por personas comprometidas con el bien de la humanidad”, concluyó.

De esta manera, una vez más se demuestra la importancia de la presencia y la acción de la Iglesia sobre el terreno cuando se producen tragedias como la que en este caso ha afectado a los pasajeros y la tripulación del crucero Costa Concordia.

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