La imposición de la Educación para la Ciudadanía y otras arbitrariedades

La profesora Lacalle considera “no sólo posible, sino muy necesario, que se enseñe en las escuelas un mínimo común ético”.  La respuesta está en la na…

La profesora Lacalle considera “no sólo posible, sino muy necesario, que se enseñe en las escuelas un mínimo común ético”.
 
La respuesta está en la naturaleza humana, capaz de distinguir entre el bien y el mal.
 
No es éste, sin embargo el espíritu que impregna la LOE (Ley Orgánica de Educación), sino “el relativismo, que considera que la tolerancia es incompatible con el convencimiento de que algo es verdadero. El perfecto ciudadano es entonces aquel que no tiene ninguna convicción ética”, puesto que, “para evitar el enfrentamiento, hay que dejar a un lado las ideas propias”.
Matar o salvar sería lo mismo dependiendo del punto de vista. Ser justo o tiránico dependería de los gustos. Nada sería malo en sí mismo. ¿No se percibe que esta mentalidad es suicida para la sociedad? ¿qué se lamina toda base de convivencia? ¿si no se respeta el derecho a vivir (véase abortos y eutanasia, además de los bebés-medicamentos y otras aberraciones para jugar al hombre-dios con la ingeniería genética) que contenido tiene la libertad? ¿acaso vale de algo ser libre si no se vive? Con razón advertía el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, que una democracia sin valores degenera en una tiranía abierta o encubierta.
El presente gobierno español ni siquiera acepta la objeción de conciencia de aquellas personas que por sus convicciones, religiosas, o simplemente de hombres rectos, y teniendo autoridad legal, no quieren colaborar con la pantomima de los pretendidos “matrimonios” homosexuales.
 
Cuando no se acepta la objeción de conciencia y se violenta la conciencia de hombres libres se está inaugurando un régimen totalitario.
 
Por si fuera poco, en la antes aludida LOE, se quiere imponer la asignatura llamada “Educación para la Ciudadanía” (un guiso aderezado con relativismo e ideología de género: “niño di si quieres ser homosexual y sobre todo no cometas el delito de decir que la homosexualidad te repugna”), no para los padres que quieran que la reciban sus hijos, sino -sin preguntarles a los interesados- obligatoria para todos. La religión católica para los que quieran, y reduciéndola y poniendo alternativas de diversión a los niños, poniendo palos en la rueda; en cambio esa flamante asignatura deformadora de las conciencias vírgenes, de modo impositivo: una religión laicista impuesta por coacción. Ese es también otro rasgo totalitario.
Dice el P. Martínez-Camino (portavoz de la Conferencia Episcopal):
“La oposición de los obispos a  esta Educación para la ciudadanía basada en el relativismo y en la ideología de género, e impuesta a los padres, con independencia de su elección, no se debe al mayor o menor impacto que pueda tener, sino a la injusticia intrínseca de la medida, que quebranta los derechos fundamentales de las personas y de la escuela”.

De todo lo expuesto se deduce que es legítimo e incluso un deber lo que auspicia la CONCAPA (Confederación de Padres de Alumnos) de oponerse con todos los medios legítimos “a nuestro alcance” a que “el Gobierno forme y evalúe la conciencia moral de nuestros hijos”, así como se reafirma en el recurso responsable a la objeción de conciencia.
Esta objeción de conciencia no es sólo para salvar a nuestros niños y jóvenes de una deformación grave de sus nacientes conciencias, sino también un balón de oxígeno para una genuina democracia, una defensa frente a atentados totalitarios.
 
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