La incoherencia de Francia

Los periodistas franceses Georges Malbrunot y Christian Chesnot han sido liberados después de 124 días de secuestro en Irak. El hecho provocó, desde e…

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Los periodistas franceses Georges Malbrunot y Christian Chesnot han sido liberados después de 124 días de secuestro en Irak. El hecho provocó, desde el momento en que se produjo a finales de agosto, una gran movilización impulsada por el Gobierno francés, primero con una gira del ministro de Asuntos Exteriores, Michel Barnier, a Oriente Medio y luego con una serie de movimientos diplomáticos y cívicos (a veces poco transparentes en lo que se refiere a la acción política) en forma de súplicas o intentos que no han acabado de dar el deseado fruto hasta este mismo martes 21 de diciembre. Sin duda, es motivo de alegría para el mundo esta noticia de la liberación, aunque no se puede decir precisamente que el Gobierno francés haya llevado una gestión modélica de la crisis provocada por la captura.

De entrada, ya sorprendió en todo el mundo que un grupo terrorista iraquí secuestrase a dos franceses cuando Francia rechazó claramente la guerra de Irak. Pero aquí llegamos a la incoherencia de Francia, siempre desde el principio, claro e indiscutible, de que nunca puede justificarse un secuestro. No está de más recordar que los raptores exigieron, para liberar a los dos periodistas, un argumento distinto al de aquella invasión del año 2003. Lo que sucede es que el macabro argumento fue la ley que prohíbe a los alumnos de centros públicos franceses llevar símbolos religiosos. Concretamente los secuestradores exigían una retirada de esa norma, aprobada por la Asamblea Nacional Francesa en febrero de 2003 y en vigor desde el pasado 2 de septiembre (justo cuando se acababa de producir el secuestro). Luego los hechos han evolucionado y, al parecer, la única exigencia de los terroristas para la liberación ha sido económica.

No entraremos en lo que ha pasado en estos 124 días, sobre todo porque lo más importante es que estas dos personas hayan salvado su vida. Pero éste sí que es un buen momento para recordar que Francia, por su laicismo excluyente, actúa muchas veces de manera incoherente tanto en el plano nacional como en el internacional. La ley de símbolos religiosos, aunque nunca puede justificar un secuestro, es un chantaje, aunque sea lógicamente a un nivel muy distinto si lo comparamos con cualquier amenaza para la vida humana. Y es un chantaje, entre otras razones, porque restringe la libertad de expresar la creencia que se tiene.

No es lógico que el Gobierno francés de Jacques Chirac se oponga a la guerra de Irak mientras prohíbe a sus ciudadanos cristianos, musulmanes, judíos y de otras creencias llevar cualquier signo religioso en su etapa escolar. Tampoco es lógico que, por haberse opuesto en su momento a la invasión liderada por Estados Unidos, exhiba una política que se limita casi a pedir la retirada de las tropas norteamericanas, y eso cuando no se opone a renegociar la deuda externa de Irak. Pero ésta es otra cuestión. Lo que sí que está claro es que, en Francia, falla la base: el laicismo que intenta convertir una sociedad plural en laica y que, por tanto, pretende prohibir cualquier manifestación de las creencias religiosas. 

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