La inmigración y Europa. El reto cristiano

Es una evidencia que uno de los problemas de Europa es la inmigración descontrolada que llega a Grecia e Italia y que, por su dimensión,…

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Es una evidencia que uno de los problemas de Europa es la inmigración descontrolada que llega a Grecia e Italia y que, por su dimensión, deja reducida a una anécdota cuantitativa el flujo hacia España. Las condiciones de vida de aquellas personas que arriesgan su vida y lo poco que poseen para emprender el viaje a la esperanza son terribles. Duermen en parques y plazas de las ciudades italianas y de Atenas, y una vez aquí emprenden penosos y peligrosos desplazamientos, sobre todo desde Grecia, para llegar a centro Europa, Alemania y también hacia Francia y el Reino Unido. La mayoría de los procedentes de Sahel y África central son jóvenes o relativamente jóvenes -hay de todo- Los refugiados de Siria y la mayoría huyen de la guerra y el terrorismo, y son flujos espoleados por dos graves errores europeos y de Estados Unidos: la destrucción del régimen de Gadafi y el apoyo a los sublevados contra el régimen de Al Assad en Siria, insuficiente para vencer pero que se basta para desangrar al país.

La respuesta europea es de un egoísmo brutal. Interno, hacia Grecia (una razón más para insuflar recursos bien organizados para el desarrollo) e Italia. También, claro está, humanitaria, incluso como reparación de los errores cometidos y que son parte de las causas que han originado el problema.

Los europeos ilustrados se rasgaban las vestiduras por cómo en la Edad Media se trataba a los apestados y leprosos. ¡Que espanto! Pero ahora tratamos a estos hijos de Dios como si fueran apestados, a pesar de que a diferencia de entonces no trasmiten ninguna enfermedad incurable. Es más, en realidad, podemos necesitarlos.

La razón para oponerse a su medida es que son “caros”, pero esto es así en la medida que existe el estado del bienestar, es decir en razón de que somos sociedades ricas, las más ricas del mundo. Y en razón de esta riqueza, no podemos acoger. Es un brutal contrasentido, una contradicción.

Pero el problema, sobre todo, lo es porque lo contemplamos como tal en lugar de considerarlo una solución. Una modesta -económicamente- y planificada acción bien organizada sobre estos inmigrantes, un pequeño Plan Marshall interno, cubriría dos fines: uno, el de la solidaridad humana, y por si esto no basta, el transformar esta población, sobre todo la de 40 años para abajo, en capital humano que Europa necesita desesperadamente. Vincular una política para el desarrollo con esta formación sería un factor de estímulo para la mediocre dinámica económica europea. Y aun otra ventaja: la negativa saca a la vista lo peor de nuestras sociedades, nos hacemos daño a nosotros mismos ante el espejo, damos razón a las dinámicas más egoístas y por ello desvinculadas. Los xenófobos actuales forman parte de la cultura de la desvinculación; son parte del problema, no la solución

Ante todo esto, los cristianos tenemos una exigencia, no una opción sino un deber. Es este:

“Entonces el rey dirá a los de su derecha: ‘¡Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde el comienzo del mundo! (35) Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; (36) estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme (37) Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? (38) ¿Cuándo te vimos forastero y te acogimos; o desnudo y te vestimos? (39) ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? (40) Y el rey les dirá: en verdad os digo que cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. (41) Entonces dirá también a los de su izquierda: ¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles! (42) Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de bebe; (43) era forastero y no me acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. (44) Entonces dirán también estos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? (45) Y él entonces les responderá: ¡En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis: Cada vez que dejasteis de hacerlo con uno de éstos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo! (Mt. 25, 36-45)”.

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