La inocencia, cuestión Educativa (I)

Uno de los temas capitales en educación, probablemente el de mayor calado humano, reside en la cuestión de la inocencia. A pesar de ello…

Uno de los temas capitales en educación, probablemente el de mayor calado humano, reside en la cuestión de la inocencia. A pesar de ello padece de una ausencia y de un silencio que son los exponentes más claros de la penuria en que se encuentra instalada esta cuestión. No creo equivocarme si digo que la inocencia sufre un doloroso desinterés generalizado. Poco debe preocupar un asunto cuando no se habla de él y de la inocencia no se habla ni en el mundo educativo ni casi fuera de él. Yo al menos no me lo he encontrado en la literatura pedagógica que he manejado. En mi larga trayectoria en estos menesteres no he visto nunca que las escuelas la hayan tenido entre sus objetivos o prioridades, ni aparece en los documentos programáticos, ni en la legislación, ni hay referencias a ella en los manuales de teoría de la educación… Nada, silencio absoluto. Más aún, me atrevo a sospechar que si alguna vez se habla de ella se hace con desdén, sometiéndola a ridiculización y a mofa.

No sé si exagero o me quedo corto, pero sea como fuere me gustaría mucho que ni tú, querido lector que te detienes en estas líneas, ni yo, que he asumido esta tarea de dirigirme a ti, fuéramos cómplices de este silencio. Por eso vamos a hablar de la inocencia y lo vamos a hacer situándola en el lugar que le corresponde, que es, ni más ni menos, en la cumbre de las aspiraciones de la vida personal, entendida esta como totalidad. No hay mejor síntesis para la vida de cualquiera que cuando se puede decir que la persona se ha despedido de este mundo en estado de inocencia. Vale la pena, pues, que reflexionemos sobre la inocencia porque tal vez podamos descubrir la inmensa riqueza que encierra y nos animemos a romper el silencio y hacer algo en su favor.

Comenzaremos como conviene comenzar siempre cualquier cuestión, preguntándonos qué es. Cuando hablamos de la inocencia, ¿de qué hablamos?, ¿qué es la inocencia? Como en mi opinión hay gran confusión respecto a este concepto, antes de entrar a ver lo que sí es, vamos a dar, de manera rápida y breve, tres apuntes sobre lo que no es. Con ello no se pretende otra cosa que limpiar el campo conceptual, deshaciendo malentendidos, si los hubiera, a fin de evitar confusiones.

En primer lugar, la inocencia no es lo mismo que la ignorancia. Quien ignora está a ciegas sobre aquello que ignora pero no así quien es inocente. La ignorancia es una tara, la inocencia no; a la ignorancia hay que combatirla mediante la instrucción y el conocimiento, a la inocencia no hay que combatirla sino cuidarla para que no se pierda, y si acaso se pierde, tratar de recuperarla.

En segundo lugar, hay que decir que la inocencia tampoco coincide con la ingenuidad, mejor aún, con la boba ingenuidad. Llamo boba ingenuidad a la falta de capacidad para relacionar las causas con sus efectos. Cuando eso ocurre, la persona que padece este tipo de ingenuidad, se sorprende de que la realidad sea como es y se produzcan las consecuencias que se producen. Pues bien, tampoco esa situación corresponde a la persona inocente, la cual no se sorprende porque las cosas sean como son ni porque los efectos obedezcan a sus causas.

En tercer lugar, y último, conviene hacer una precisión que me parece bien importante: La inocencia no es una virtud aunque pudiera parecerlo. Las virtudes, según enseña Santo Tomás, son hábitos operativos para hacer el bien. Son hábitos, costumbres adquiridas por repetición, orientadas hacia el bien que se sitúan en el ámbito del obrar humano, del hacer. Todas ellas se definen por sus objetos, es decir por aquello a lo que tienden, en cambio la inocencia no tiene ningún objeto concreto al que dirigirse, porque lo hace hacia el bien en general. Así, por ejemplo, la prudencia lleva al hombre a tomar decisiones correctas, la templanza a moderarse en el disfrute de bienes sensibles, la diligencia a obrar con prontitud, etc. Como resulta que el bien es tan amplio como el propio ser y la vida humana se despliega en un enorme abanico de posibilidades de acción, las vías de acceso al bien que nos es dado practicar son también muchas. De este modo se nos ofrecen múltiples opciones para obrar bien dentro de en un enorme repertorio de ámbitos. Pues bien, para cada uno de esos ámbitos hay una virtud, pero la inocencia no constituye ninguno de esos ámbitos. Las virtudes se practican, la inocencia no. Las virtudes pertenecen al hacer, la inocencia al ser (y al estar); la inocencia se tiene o no se tiene pero no es una dimensión operativa del hombre, no es cosa que se haga. Sí es fuente de donde brota un determinado modo de actuar y actuar bien, pero en sí misma no es un hacer.

Vamos ahora con lo que sí es. La inocencia es un estado, un modo de encontrarse en la vida. Desde un punto de vista moral o judicial decimos que una persona es inocente cuando está libre de culpa. Esa afirmación es correcta, pero para lo que ahora nos interesa, que es el enfoque educativo, se nos queda demasiado pobre. En lo que yo quiero poner el foco de nuestra atención es en la idea -preciosa- de que la inocencia es un modo de existir, una manera de estar en el mundo, una actitud ante la vida que envuelve a la persona entera, un saber mirar las cosas en su verdad más limpia que no es otra que su bondad. Este es el modo de ver las cosas que podemos observar en los niños, si bien la inocencia infantil se encuentra, como todo lo infantil, en ciernes, en estado de inmadurez. La inocencia infantil conserva rasgos que no deberíamos perder, pero es una inocencia inmadura y en ese sentido es una inocencia imperfecta.

Digamos al paso una palabra sobre el modo de mirar la realidad. Hay un viejo problema filosófico que consiste en saber cómo acertar en el conocimiento de las cosas. Todo lo que hay a nuestro alrededor, incluidos nosotros mismos, somos caracterizables, tenemos unos rasgos que nos definen, es decir somos de una determinada manera. Ahora bien, para conocer cómo son las cosas, para captar todos esos rasgos, nos encontramos con tres problemas muy serios, los tres derivados de la capacidad de conocer que el hombre tiene. El primero se refiere a los órganos de conocimiento. Aquí hay que decir que el hombre no tiene otras herramientas naturales que los sentidos y la inteligencia. Cualquiera de nosotros sabe, por ejemplo, cómo son los colores que ve, pero no sabe, ni puede saber, si eso que él ve se corresponde con la realidad de lo mirado, ni sabe tampoco cómo es la percepción de esos mismos colores que experimenta la persona que se encuentra a su lado.

El segundo problema se refiere a la capacidad de percepción. La capacidad de conocimiento humano es muy limitada por varios motivos, entre otros porque el hombre conoce por aspectos, no conoce nunca la totalidad porque la totalidad del objeto no se nos hace presente nunca. Valga un ejemplo. Mientras estoy escribiendo en mi ordenador lo que percibo con los sentidos es la pantalla, el teclado y poco más, ni tengo presente la base que hay junto a la mesa, ni la parte trasera de la pantalla ni el interior del ordenador.

El tercero tiene que ver con la totalidad de la persona. Cuando yo conozco algo no lo hago solo con los sentidos ni solo con la inteligencia (aunque cualquiera de estas vías predomine sobre la otra) sino con la totalidad de mi persona. Cuando me acerco a algo, lo hago con unas motivaciones concretas, con unas expectativas, unos intereses, unos deseos, con toda la carga biográfica de mis experiencias, etc.

Si ahora caemos en la cuenta de que cuando conocemos lo hacemos uniendo estas tres limitaciones: a) las derivadas de los órganos de conocimiento, b) la capacidad de entender las cosas, que es siempre por aspectos y c) la totalidad de mi yo psicológico, la pregunta está servida: ¿Entonces, cómo son las cosas, cómo es la realidad? Si de lo que se trata es de conocimientos científicos y/o técnicos, las ciencias disponen de sus propios métodos, en general fiables; ahora bien, si lo que hay que hacer es dar respuesta a los grandes interrogantes humanos, entonces la cosa se complica mucho. ¿Qué es el sentido de la vida? ¿Qué decisión es la más adecuada? ¿Qué postura tomar ante acontecimientos concretos? ¿Qué hacer frente a los grandes desafíos que nos presenta la vida: el dolor, la injusticia, la muerte…? ¿Cómo es la realidad, cómo son las cosas?

La mejor respuesta es de corte agustiniano: “Las cosas son como Dios las ve”. Ante tal contestación, la siguiente pregunta también está servida: ¿Y podemos saber cómo ve Dios las cosas? A este interrogante hay que contestar que sí podemos saberlo pero no por vía natural. Nuestra naturaleza no tiene ninguna posibilidad de informarnos cómo ve Dios las cosas. Hay que acudir a otra fuente que no es natural sino sobrenatural, que es la gracia de Dios. Con la gracia de Dios sí podemos saber cómo ve Dios las cosas, advirtiendo de inmediato que a pesar de ello estamos expuestos a error y que aun contando con la gracia hay que andar con mil cautelas porque la gracia no actúa nunca al margen de la persona ni de la naturaleza. La gracia no falla nunca pero la gracia no actúa independientemente de la persona y con la gracia podemos mezclar -y lo hacemos muy frecuentemente- cualquiera de esos ingredientes antes citados o varios de ellos (gustos, motivaciones, deseos, etc.).

Podría parecerte, lector amigo, que me he desviado de mi propósito inicial, que era escribir sobre la inocencia. Podría parecerlo, pero no es así. Lo dicho es del todo necesario para entender la inocencia pero no debo alargar más esta entrega. Comprometida queda la siguiente en la que, si Dios quiere, podremos ver la relación entre lo que se ha dicho y el estado de inocencia.

Que Dios te bendiga. Mil gracias por tu atención.

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