La inocencia, cuestión educativa (III)

El primer rasgo que caracteriza a la inocencia es el realismo. El realismo (capacidad de conocer las cosas como son en su verdad) no es que sea solame…

El primer rasgo que caracteriza a la inocencia es el realismo. El realismo (capacidad de conocer las cosas como son en su verdad) no es que sea solamente una consecuencia de la inocencia, sino que es una de las dimensiones de la propia inocencia. Cabe decir que la persona inocente ve las cosas como son, mientras que la no inocente no tiene esa capacidad. El hombre o la mujer inocente al acercarse a ellas les deja ser lo que son, no las distorsiona ni las deforma sino que las recibe con gratitud y respeto; no las filtra de manera interesada, antes al contrario, las mantiene intactas. La primera dimensión de imponderable valor que debemos a la inocencia es que produce la mirada más transparente que puede darse ya que, por su propia naturaleza, ofrece un campo de visión de la realidad absolutamente limpio. Esto es así porque despeja y limpia todo aquello que interviene en la mirada, ya sean los órganos de la visión, ya sea aquello que se ofrece a la mirada. La inocencia, al impedir la existencia de elementos que desenfoquen o deformen la mirada, hace que no haya nada que estorbe a los ojos para mirar (entender) lo que la persona mira.

Digamos alguna cosa sobre el acto y sobre los modos de mirar.

El acto de mirar es la mirada. La mirada se realiza con el ojo, órgano sensorial y externo con el cual miramos y vemos. Para que la mirada se produzca se necesita un sujeto que mira y un objeto que es mirado. Esto hace que con el ojo se produzca un doble movimiento entre sujeto y objeto, un movimiento de vaivén entre el sujeto, que es el que mira, y el objeto, que es lo mirado. Quien mira es siempre un hombre o una mujer, una persona humana, un sujeto, es decir, alguien subjetivo que para mirar no tiene más herramientas que sus ojos, los cuales, al mirar, captan lo que hay de visible afuera y lo traen hacia adentro, lo in-corporan al sujeto. Lo mirado, al ser mirado, pasa a pertenecer al sujeto que mira, por vía de conocimiento.

Ahora bien, el ojo, siendo un órgano sensorial, es más que un mero órgano, porque no solo capta la exterioridad de lo que mira, como lo hace de manera artificial el objetivo de una cámara. El ojo no solo trae las imágenes exteriores, sino que al hacerlo, simultáneamente, está proyectando la interioridad del sujeto sobre lo mirado.

Al mirar, tomo lo objetivo del mundo exterior y lo traigo a mí y al mismo tiempo (no en un segundo momento, sino a la vez), proyecto mi mundo interior sobre lo mirado. Esta es la peculiaridad de la mirada humana, que en un solo acto concita los dos ámbitos en los que se desenvuelve la totalidad de la persona: el mundo interior y subjetivo del que mira con el mundo exterior y objetivo que se percibe al mirar.

Lo que el hombre ve es, pues, el resultado de la fusión de ambos polos (fusión, no mezcla ni yuxtaposición): el de la realidad objetiva que es mirada y el de la proyección subjetiva que se realiza al mirar. Mediante la mirada traigo las cosas a mí, y a la vez, aun sin pretenderlo, plasmo mi propio ser en las cosas. La mirada nos hace, de algún modo, constructores del mundo exterior objetivo. No porque construyamos las cosas en su ser, ¡cuidado con esto! (ese es el gran error del idealismo filosófico). En sí mismas, en su propio ser, las cosas son como Dios las ha hecho, o como las ha permitido estar en el mundo, pero queramos o no queramos, nos afectan, y al afectarnos, cobran significado subjetivo.

Uno de los enfoques más luminosos para entender al hombre es considerarlo como el ser que tiene vocación de realidad. Eso quiere decir, entre otras cosas, que quiera o no quiera, no puede huir de lo real a no ser que renuncie a vivir, porque vivir en este mundo consiste precisamente en eso, en manejarse y entenderse con lo real. Esta relación forzosa hombre-realidad hace que las cosas nos afecten y en la medida en que nos afectan, las cargamos de significado subjetivo de tal modo que siendo lo que son en sí mismas, solo podemos movernos entre ellas de acuerdo con lo que son para nosotros.

Por este motivo, las cosas, sin dejar de ser ellas, al mismo tiempo, en cierto modo, son construcción nuestra. Nosotros no les damos su sentido, el cual nos es ajeno y nos viene dado, está ahí, impuesto por su propio ser, pero desde el momento en que son miradas pasan a ser nuestras por conocimiento, puesto que el hombre, por ser inteligente, es el único ser de este mundo capacitado para entrar en el interior del ser, descubrirlo, profundizar en él y comprenderlo desde dentro. (El animal también mira el mundo, pero solo desde fuera, su conocimiento y su relación con él acontecen únicamente en la superficie, la relación animal es pura exterioridad ya que no tiene la capacidad de entrar dentro de las cosas y hacerlas suyas).

Llegados a este punto podemos afirmar que la realidad captada por el hombre es la síntesis de esas dos dimensiones indisociables, subjetiva y objetiva, que no admiten divorcio ya que ambas constituyen el acto único de mirar y ambas producen lo que el hombre ve. Mirar y ver no son la misma cosa. Por más esfuerzos de objetividad que la persona quiera hacer, siempre verá las cosas con “sus” ojos particulares. A la hora de mirar y de ver, los ojos no son indiferentes. Están afectados por el conocimiento previo de lo que se mira, por las experiencias vividas, por posibles prejuicios, por la curiosidad, por las expectativas, por los temores, etc. Todo ello conforma la salud del ojo. Sea cual sea la realidad que el ojo ve, las imágenes que transmita vendrán determinadas por su salud.

Pues bien, cuando el ojo está sano, la mirada es inocente y en consecuencia, la realidad es buena. Aún lo podemos decir con mayor precisión si afirmamos que la realidad, que de suyo es buena, solo puede ser vista como tal por los ojos inocentes, o sea, sanos. San Pablo lo dirá de otra forma: “Todo es puro para los puros” (Tito 1, 15).

Vayamos ahora con los modos de mirar. En relación con la inocencia, hay que consignar dos modos básicos de mirar que encuentran su correlato en los dos grandes puntales con los que la humanidad ha construido su historia: Adán, y Jesucristo, el Nuevo Adán. Adán, el caído, y el Nuevo Adán, levantado en alto, representan esos dos modos de mirar, que en realidad son los dos únicos que existen. Sus miradas son miradas opuestas porque sus planteamientos fueron radicalmente opuestos. Adán quiso ser como Dios por apropiación, quiso arrebatar a Dios la condición divina, y Jesucristo, en cambio, siendo de condición divina, se despojó de ella, pasando por uno de tantos (véase Filipenses 2, 5 y siguientes).

Sabemos que tras el pecado original Adán y Eva cambiaron su modo de mirar. Lo sabemos porque “se les abrieron los ojos” (Génesis 3, 7) y reaccionaron defendiéndose recíprocamente, cada uno de la mirada del otro. No sabemos, porque no se nos dice, cómo se miraban antes de la caída, pero sí sabemos que no necesitaban ocultarse; la inocencia no suponía peligro. El dato de la reciprocidad es muy interesante porque no se ocultaron uno sí y otro no, sino que se ocultaron los dos. Ambos se protegieron de igual modo el uno del otro ya que cada uno, por la experiencia personal de su propia mirada, pudo entender cómo era mirado por el otro. Ambos experimentaron la mutación producida en su interior, los dos sabían lo que era haber vivido en estado de inocencia y los dos sabían lo que se cocía en su interior en esta nueva situación que les tocaba vivir. Ya no se miraban como se miraban antes y ellos lo sabían. Había aparecido un elemento antes inexistente, el peligro, y con él la paradoja más chocante y más rompedora: cada uno tuvo que defenderse en solitario del que había sido creado para ser uno con él. Su mirada pasó de ser inocente a ser posesiva, es decir, a ser mirada de rapiña. Aquí está la clave, en que en este nuevo modo de mirar la gran protagonista era la mirada de rapiña, mirada ambiciosa, ‘succionante’, voraz, egoísta. Entre los ojos que miraban y lo mirado se había interpuesto una turbidez codiciosa y absorbente. Ya no se miraban las cosas en su pureza, en su verdad, sino con mirada interesada; ya no estaban ahí como don en sí mismas, sino como botín susceptible de saqueo.

Frente a esta manera de mirar está la de Jesucristo, el cual, precisamente por su despojamiento, porque no actuó con avidez (ni siquiera retuvo para sí el hecho de ser igual a Dios) pudo devolver a las cosas su esplendor original, restaurarlas en su verdad y, en definitiva, hacerlas nuevas. Cristo inició una nueva era, un tiempo nuevo marcado con el sello de la restauración de todas las cosas que aún no está concluido y a la vez una nueva era para el hombre al cual, si quiere aceptarlo, se le capacita para recobrar la salud de su ojo (y no solo para recobrarla, sino para dotar a los propios ojos de la misma mirada de Cristo) y de este modo poder mirar las cosas en su más pura realidad, como lo que son, don de Dios; es decir, para poder mirarlas desde la inocencia.

Si ahora trasladamos estas reflexiones al campo que nos ocupa, que es el de la educación, podemos entender sin dificultad que la inocencia aparece como el estado idóneo para el conocimiento, como la mejor de las condiciones posibles para el acceso a la verdad en todos los ámbitos en que esta puede ser descubierta y/o conquistada. Esto es justamente lo que hace que muchas de las reflexiones que los niños hacen desde su inocencia estén cargadas de un candor y una sensatez que no pocas veces desconcierta a los adultos, especialmente cuando el adulto, con el devenir de la vida, se ha instalado en la complicación y en la falta de sencillez.

Cultivar la inocencia es enseñar a mirar. Y no solo mirar, sino mirar dos veces. ¡Mirar y mirar!, que insistía Ortega y Gasset. Mirar reposadamente, mirar parándose a mirar. Esta es la fuente del respeto, (del latín re-spectus: re-mirar, mirar otra vez). Así, y de ningún otro modo, puede surgir el respeto natural, que es el respeto verdaderamente valioso, al cual, sin temor a desbarrar, podríamos apellidar ontológico porque brota del mismo ser de las cosas y del mismo ser que mira las cosas. No es tanto el respeto impuesto por la norma moral, que es muy valioso y muy aprovechable y al que hay que acudir necesariamente en la infancia y cada vez que la situación lo exija, pero que es un respeto de peso inferior, de menos quilates.

Quizá, lector, pueda surgirte la duda sobre si educar en la inocencia no será desarmar al niño o al joven frente a las embestidas dañosas que con toda seguridad va a encontrar en su vida. La respuesta es un no absoluto, sin paliativos ni excepciones. Es al contrario, la inocencia será el cimiento más estable sobre el que forjar la vida, el arma más poderosa para encontrar la verdad, que será cabalmente lo único que le permita encaminarse y vivir en la auténtica libertad, la que como hijos de Dios Padre nos corresponde, la única que puede afianzar a la persona en su proyecto personal de vida. Una libertad que no es “libertad de” sino “libertad para” y, que, por otra parte, no es una libertad cualquiera, sino eximia, “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8, 21). Nada puede liberar como la verdad, y “la” verdad no se encuentra, no se ve, no se puede ver, con ojos turbios. Con ojos turbios lo que vemos es la verdad distorsionada por el interés o el egoísmo, una verdad trufada, “mi” verdad, “tu” verdad, pero esa, recordando a Antonio Machado, no sirve:

¿Tu verdad? No, la Verdad.

Y ven conmigo a buscarla.

La tuya, guárdatela.

Que Dios te bendiga. Mil gracias por tu atención.

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