La inocencia, cuestión educativa (IV)

El segundo rasgo característico de la inocencia es el desconocimiento del mal moral. Conviene recordar algo que ya se afirmó en la prime…

El segundo rasgo característico de la inocencia es el desconocimiento del mal moral. Conviene recordar algo que ya se afirmó en la primera entrega y en lo que habrá que insistir varias veces; a saber: que la inocencia no es ignorancia. Porque podría pensarse que la persona inocente ha de ser aquella que no puede vivir sino encapsulada en una especie de burbuja aséptica, libre de toda contaminación. No es así. Al hombre o a la mujer inocente no se les exige mantenerse alejados y sin contacto con la sociedad en la que les toca vivir; si así fuera, la inocencia quedaría reservada solamente a los llamados a la clausura o a la vida eremítica. La persona inocente, como la que no lo es, no tiene más remedio que vivir en este mundo porque mundos no hay más que uno, el único que conocemos, que es el mismo para todos. El mundo es la casa común de todos los hombres y, nos guste más o menos, no tenemos otra.

Al decir que es propio de la inocencia el desconocimiento del mal, lo que se está significando no es que la persona inocente no sepa que el mal existe, ni que no le afecte (precisamente al inocente le afecta más dolorosamente que al culpable), sino que conociendo su existencia y sufriendo sus efectos, no participa de él, no lo hace suyo, no tiene experiencia de él.

Para entender lo que se quiere decir, tal vez convenga decir una palabra acerca de lo que significa “conocer”. Conocer algo no es tener noticia de ese algo. Conocer es un modo de poseer, el más excelso, y conocer es también el resultado de una experiencia. Ahora vamos a explicarlo, pero antes dejemos sentado que la inocencia y el mal moral son incompatibles sin que entre ambos quepa otra posibilidad que la exclusión, donde se encuentre el uno no cabe el otro, no hay manera de que puedan convivir ni ayuntarse. Inocencia y mal moral se oponen y se excluyen como se oponen y excluyen la luz y la oscuridad, la limpieza y la suciedad o la gracia y el pecado.

Conocer es un modo de poseer

Existen al menos tres modos de posesión: por propiedad, por participación y por conocimiento. La posesión por propiedad es la que se da cuando alguien dice esto es mío; mi reloj, mi libro, mi casa, etc. Este tipo de posesión se agota con la propiedad; lo que es mío es solamente mío y puedo ejercer sobre ello un dominio despótico. Puedo usarlo, venderlo, desecharlo, etc.

Hay un segundo tipo de posesión que es la posesión por participación. También aquí puedo emplear la palabra ‘mío’. Es el tipo de posesión a la que me refiero cuando digo mi pueblo, mi familia o mi colegio. Ciertamente es correcto decir que mi pueblo es mío o mi familia es mía, pero ni es solo mío ni el posesivo ‘mío’ significa exactamente lo mismo que en el caso de la propiedad. Mi pueblo es mío del mismo modo que lo es de todos mis paisanos y mi familia es mía de la misma manera que es de todos mis parientes, y desde luego en estos casos no tiene el sentido de propiedad sobre la que puedo ejercer un dominio despótico. Nótese que esta segunda manera de poseer es superior a la mera propiedad porque genera sentimientos solidarios y de unidad con todos aquellos que están en mi misma situación. En esta clase de posesión cabe usar el posesivo ‘mío’ pero le cuadra más el de ‘nuestro’.

Existe aún una tercera clase de posesión que es la posesión por conocimiento. Cuando conozco algo, hago mío lo conocido aunque no sea mío por propiedad ni por participación. (Para simplificar cuanto pueda la explicación, excluiré el segundo tipo, la posesión por participación y compararé solamente la posesión por propiedad con la posesión por conocimiento). Si conozco el teorema de Thales, por ejemplo, el teorema de Thales pasa a ser mío. No será mío en propiedad exclusiva, no podré disponer de él como puedo disponer de mis bienes privados, pero es mío. Se trata de un modo de posesión más perfecto que la propiedad, ya que la propiedad cualquier bien privado se agota en su dueño mientras que la posesión por conocimiento permite que sea una posesión ilimitada; en el caso del teorema, este no se agota porque sean muchos los que lo hayan hecho suyo.

Conocer es el resultado de la inteligencia, la voluntad y la experiencia

En un segundo momento conviene ver que en la posesión por conocimiento se concitan las tres dimensiones fundamentales de la psicología humana: la inteligencia, la voluntad y la experiencia de lo conocido, mientras que en la posesión por propiedad no necesariamente. La inteligencia se hace imprescindible para comprender lo que se me presenta como objeto de conocimiento, la voluntad para asumirlo, amarlo y hacerlo mío y la experiencia para que entre a formar parte del bagaje biográfico personal, del conjunto de lo vivido. En la posesión por propiedad, el poseedor puede entender acerca de lo que posee o ser un perfecto ignorante, puede amarlo o repudiarlo, y puede haber entrado en contacto con lo poseído o no, en cambio, poseer por conocimiento, implica inteligencia, amor y experiencia con lo que se conoce.

Para no alargarme en exceso, me referiré solo a la experiencia. Alguien puede ser el propietario de bienes que nunca ha visto o disfrutado, mientras que el conocer exige la relación directa y, por tanto, la experiencia vivida entre la persona que conoce y lo conocido. Conocer Australia, por ejemplo, no es saber que Australia existe, no es saber localizarla y reconocerla en un mapa, ni hablar con alguien que viva allí, ni comprar productos australianos. Para conocer Australia hay que ir al país, recorrer sus lugares más emblemáticos, patearlo si se puede, hablar con sus gentes, etc., es decir, tener alguna experiencia de vida en Australia. Digamos para terminar esta explicación que este conocer es justamente el que se corresponde con la noción bíblica de conocer.

Si volvemos ahora a la cuestión de la inocencia, que es la que nos ocupa, y su relación con la educación, hemos de preguntarnos si es conveniente que el niño “conozca” (tenga experiencia de) del mal y hasta qué punto. Hoy está extendida la idea de que hay que conocerlo todo y probarlo todo. No es verdad. Dígalo quien lo dijere, no es verdad. Nadie en su sano juicio aplica ese criterio al cianuro ni a la amanita phalloides. Sí es verdad que la experiencia, como recurso educativo, goza de indudables bondades, pero el principio no es absoluto.

Hagamos un poco de historia. Diversas corrientes pedagógicas a finales del siglo XIX y durante el XX, de orígenes diferentes (María Montessori en Italia, John Dewey en EE.UU., Ovidio Decroly en Bélgica, el P. Manjón en España, etc.) han fundamentado sus respectivos modelos pedagógicos en el valor educativo de la experiencia. Sus propuestas teóricas y los logros prácticos indiscutibles hicieron que el principio de actividad se tornara incontestable; que los aprendizajes basados en la experiencia fueran acogidos con general aceptación, dando lugar así a lo que se conoció como ‘escuela nueva’ o escuela activa. Se impuso, e impuesto está, un modo dinámico de entender la enseñanza frente al academicismo y la pasividad que habían sido tradicionales hasta entonces. Su valor está más que demostrado; ahora bien, en el campo que nos ocupa, que es el moral, el principio de actividad tiene sus límites. En este campo el principio de actividad no es un absoluto. No es verdad que sea bueno experimentarlo todo. El mal no tiene por qué ser asumido ni experimentado. Aquí encuentra su razón de ser el principio genérico de moralidad humana que consiste en hacer el bien y evitar el mal. Y aquí encuentra su sitio la educación en las virtudes morales. Dicho de otro modo, no es bueno conocer el mal en el sentido profundo de “conocer” que se acaba de comentar. No hay nada que justifique “conocer” el mal moral. Respecto de la inocencia, el niño tiene que saber que el mal existe pero no tiene que conocerlo; al contrario, es preferible que no lo conozca (recordemos una vez más que inocencia no es sinónimo de ignorancia). Si conocer no fuera una forma de poseer, no habría mayor problema, pero los hechos son tozudos y no podemos desligar el conocer algo de hacerlo propio por parte de quien lo conoce; no se puede desligar a la persona de sus actos porque entre el ser y la obra hay una relación de continuidad.

Digamos las cosas como son: Hacer conocer el mal es abrir los ojos al mal, con el riesgo de inducir a él, sabiendo además que el salario de la inducción al mal es el escándalo. El conocimiento del mal no tiene necesariamente que llevar al escándalo pero sí que debe contemplarse como posibilidad real muy fundada. A este propósito, se hace preciso recordar que el escándalo mereció las palabras más duras salidas de la boca de Jesucristo, el Señor. Personalmente soy muy poco proclive a ver las cosas en negro, pero tengo que decir -y lo digo con mucho dolor- que en el panorama actual, observo en los adultos una falta de celo generalizado en el cuidado por mantener la inocencia de los niños. Esto no es abogar por la ignorancia, aunque también hay que decir que hay cosas sobre las que, tenga uno la edad que tenga, es mejor no tener ninguna información, ni mucha ni poca, porque tal información no aporta nada bueno y sí mucho malo. Pongo dos ejemplos, los dos extremos, aunque el segundo, desgraciadamente, está mucho más al alcance de cualquiera que el primero. No hay ninguna necesidad de ser informado sobre cómo se desarrolla un rito satánico o una aberración de contenido pornográfico. Sí es verdad que el niño, o el joven, a su debido tiempo (no antes ni después), tiene que saber de qué tiene que defenderse y qué cosas es muy probable que se encuentre en la vida pero su educación debe basarse en tener experiencias de bondad, de verdad, de belleza y de alegría; es decir de vida virtuosa, cuanta más mejor, evitando, hasta donde se pueda, por una parte dar rienda a la curiosidad malsana, y por otra, a la participación en hechos reprobables.

El antídoto es un programa de educación moral basado en la educación en las virtudes fundamentales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A estas cuatro tradicionales, llamadas cardinales, tan básicas, tan antiguas y tan actuales, y a la vez tan necesarias para el hombre como puedan serlo la respiración o el alimento a nivel físico, hay que añadir otras dos por las que el insigne pedagogo Víctor García Hoz tenía gran estima: el orden y la alegría.

Toca terminar, pero no quiero dejar de mencionar un gran olvidado en esta cuestión: el sentido del pudor y su educación. Está contenido en la virtud de la templanza pero tal vez convenga dedicarle detenida atención en su día.

Que Dios te bendiga. Mil gracias por tu atención.

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