La inocencia, cuestión educativa (y VI)

En esta sexta y última entrega dedicada a analizar la inocencia como asunto que debería interesar a la educación y ocupar a los e…

En esta sexta y última entrega dedicada a analizar la inocencia como asunto que debería interesar a la educación y ocupar a los educadores, creo que puede ser conveniente recapitular lo dicho hasta ahora para concluir después con la cuestión de la alegría y la educación en la gratitud.

Quienes hayan tenido a bien leer “La inocencia, cuestión educativa (I)” quizá recuerden que dedicamos cierta extensión a aclarar el concepto, explicando lo que la inocencia no es para centrarnos después en lo que sí es. Decíamos entonces, y resumimos hoy, que la inocencia no es ignorancia porque la persona inocente no vive de espaldas a lo que le rodea, al contrario, tiene los ojos bien abiertos y por eso el primer rasgo es el realismo, que llevado a la acción educativa se traduce en una educación de la mirada. Decíamos a continuación que tampoco es ingenuidad, entendiendo por tal la actitud de quien se sorprende de que las cosas sean como son y de que las causas produzcan sus correspondientes efectos. En tercer lugar se indicaba que la inocencia no es ninguna virtud sino el estado de vida que hace posible la práctica de las virtudes y, en consecuencia, la vida virtuosa. Terminábamos ese primer artículo explicando con cierto detenimiento que la inocencia consiste en un modo de estar en el mundo que lleva a la vez a mirar la realidad en su bondad. Lo decíamos exactamente con estas palabras: “La inocencia es un modo de existir, una manera de estar en el mundo, una actitud ante la vida que envuelve a la persona entera, un saber mirar las cosas en su verdad más limpia que no es otra que su bondad”.

Después, en “La inocencia, cuestión educativa (II) y (III)” nos detuvimos a explicar con amplitud que educar en la inocencia es enseñar a mirar. A pesar de ello, permíteme lector que en esta síntesis retome la idea y abunde nuevamente en ella.

La Pedagogía tiene ampliamente demostrado que las actitudes son educables. Las actitudes no son los actos, sino las disposiciones previas a los actos, las tomas de postura teórica ante cualquier aspecto de la realidad, algo así como el manantial ideológico de donde brotarán luego las acciones concretas. Digamos también que las actitudes se hacen presentes en el modo de mirar y lo condicionan.

Pues bien, si nos fijamos ahora en la mirada como acto humano y nos centramos en el niño, hay que decir que el niño ve pero no sabe mirar. El niño ve, pero sus ojos no son los objetivos de una cámara fotográfica, impersonales, asépticos y fríos. Tenemos, por tanto, que enseñarle a mirar. Educar a una persona exige enseñar a mirar y mirar bien; a sí misma y al mundo que le rodea. Esta es la cuestión clave de la educación en las actitudes: enseñar a mirar. El siguiente paso es responder a la pregunta ¿qué es mirar bien? Aquí las respuestas divergen porque dependen del concepto de bien del que arranquemos. Nosotros, personas de fe cristiana, para esta pregunta tenemos una respuesta altísima e insuperable. Mirar bien es mirar como Dios mira. Aquí está la llave para educar en las actitudes. Esta es la gran aportación que nos da nuestra fe en este punto que estamos comentando y que nunca podremos agradecer bastante. Mirar como Dios mira. No podemos imaginar objetivo más alto pero no podemos renunciar a él. Acercarnos al modo de mirar de Dios, aprender de Él, ensayar cuanto haga falta hasta hacer nuestra esa mirada suya, sabiendo que modelos no nos faltan. El primero es el de Jesucristo, el Señor, con cuyos modos de mirar devolvió a las cosas su inocencia radical, ontológica, y con ella su belleza original y sublime. Y, lo que es aún más importante, limpió los ojos de aquellos que aprendieron de él cómo había que mirar. Solo Él, el Cordero Inocente sabe mirar. ¡Qué bien lo entendió San Juan de la Cruz y con qué altura lírica supo expresarlo, mil quinientos años después, en esa obra no superada que es el Cántico Espiritual!:

“Mil gracias derramando

pasó por estos sotos con presura

y, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de su hermosura.”

A esto se podría objetar que Jesucristo era Dios y nosotros no, pues nosotros somos hombres. Cierto, pero la objeción no vale, porque también Él era hombre y en este asunto se igualó a nosotros ya que también Él necesitó aprender a mirar. Porque la mirada de la que hablamos es la mirada del hombre Jesús. Sí se podría aceptar como objeción el hecho de que en nosotros, criaturas heridas por el pecado, esa mirada no es posible. Efectivamente, sin el Espíritu Santo ese modo de mirar la realidad es imposible. La mirada de Jesús, el Dios-Hombre, era una mirada incontaminada y estaba íntegramente movida por el Espíritu Santo que habitaba en Él. Ahora bien, conviene recordar que ese mismo Espíritu se nos ha dado también a nosotros y estamos llamados a producir (re-producir) en nuestras vidas las mismas obras de Cristo “y aún mayores” (Jn 14, 12). Esto de que podamos hacer las mismas obras de Cristo “y aun mayores” no se nos podría haber ocurrido a ninguno porque es cosa que no cabe en cabeza humana por bien equipada que esté, pero justamente ahí está lo chocante y lo llamativo, en que se le ocurrió a Él, no a nosotros; eso ha salido de sus labios, no de los nuestros. Dios, nuestro Dios, es así y no ha llamado nunca a nadie para que le enmiende su voluntad santísima y soberana, al contrario nos ha llamado a todos a cumplirla.

En “La inocencia, cuestión educativa (IV)” explicamos otro de los rasgos fundamentales de la inocencia, el desconocimiento del mal, haciendo hincapié en el significado profundo del verbo conocer: participar de lo conocido, experimentarlo, poseerlo y hacerlo propio. La inocencia y el mal moral son irreconciliables por principio y por eso se excluyen mutuamente sin ninguna posibilidad de compatibilización. Decíamos entonces, y resumimos ahora, que “no es verdad que sea bueno experimentarlo todo. El mal no tiene por qué ser asumido ni experimentado”. La inocencia hay que preservarla hasta donde se pueda, tratando de evitar el pernicioso daño que supone el escándalo. No se educa a nadie haciéndole gustar del mal, de la mentira o de la fealdad, sino al revés, haciéndole vivir “experiencias de bondad, de verdad, de belleza y de alegría; es decir de vida virtuosa, cuanta más mejor”. No somos Dios ni podemos jugar a ser dioses. Solo Él es el dueño “del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gen 2, 17). Ese árbol y su ciencia no se lo entregó al hombre, al contrario, se lo reservó para Sí; por eso solo a Él le corresponde decidir hasta dónde puede conocer (participar y experimentar) el mal cada persona; a nosotros lo que nos corresponde es tratar de impedirlo, para no incurrir en escándalo.

Desde ahí pasamos a “La inocencia, cuestión educativa (V)”, en donde hicimos una reflexión sobre la aceptación del sufrimiento y la educación en la renuncia. Como tal vez pudiera entenderse la renuncia como una postura contraria al ejercicio de los derechos personales, dedicamos la práctica totalidad del artículo a explicar varios puntos que pasamos a resumir diciendo que hay que enseñar al niño a que conozca sus derechos, con una cuádruple finalidad: En primer lugar, para que pueda ejercerlos cuando corresponda; en segundo lugar, para que pueda defenderlos en caso de vulneración; en tercer lugar, para que pueda renunciar a ellos cuando así lo exija la caridad cristiana; y en cuarto lugar para que pueda reclamarlos para los más débiles, aquellos que por no poder defenderse por sí mismos, nunca podrán disfrutar de tales derechos. Todo ello, decíamos, nos aleja de una postura muy generalizada en la actualidad que consiste en reclamar y defender nuestros derechos con uñas y dientes, sin renunciar jamás a ellos. Por supuesto que hay que educar al niño para que defienda sus derechos, pero ese modo de proceder no es el único. ¿En qué ley hay que basarse para decirle a alguien que él nunca debe renunciar a un derecho? Recordábamos que en el Evangelio el mandato “defiende tus derechos” no aparece y por otra parte tampoco se desprende al contemplar la vida de Cristo. Decíamos también que esa actitud de exigencia no es evangélica porque abre la puerta al egoísmo y lo fomenta. Completemos ahora la misma idea con una máxima latina de Cicerón: summum ius, summa iniuria (sumo derecho, suma injusticia). Por eso también hay que educarle para que llegado su momento pueda renunciar a ellos con altura de miras y con generosidad, en pro de un bien mayor.

Siguiendo este recorrido, llegamos, como conclusión necesaria al último rasgo de la inocencia, la gratitud. Si al educar enseñamos a mirar la realidad de la manera más limpia posible, tratando de descubrir su bondad y su belleza; si excluimos el mal hasta donde podamos, sin componendas con él ni concesiones; si habituamos al ascetismo que caracteriza a quien opta por renunciar a lo que le pertenece en favor de bienes más elevados; si al tiempo tomamos una postura decidida por la justicia impregnándola de amor cristiano… entonces podremos entender la vida humana en clave de don. La clave, en términos musicales, es el signo que puesto al principio de un pentagrama da nombre a cada sonido. Quien pone su vida en clave de don puede reconocer la providencia de Dios en todos los avatares que le vayan sucediendo y asegura la gratitud como respuesta global a la vida. Todo, sea lo que sea, sirve para elevar el corazón agradecido. A Dios Padre siempre y en todo lugar, y a los hombres en muchísimas ocasiones. Mas no se piense en este modo de plantearse la vida y la educación como una carrera esforzada y amarga, resignada ante un mundo que no la entiende. Nada de eso, al revés. Ya contamos con que el mundo (el mundo en el sentido de mundano) será hostil a Dios siempre, porque si no, no sería mundo. El mundo siempre ha ofrecido, y seguirá ofreciendo, resistencia a lo que ni quiere ni es capaz de admitir, pero el cristiano verá recompensado este estilo de vida con la paz y la alegría, esa que el mundo no puede dar. Es más, recibirá esta recompensa no solo en el cielo en un grado que no podemos ni soñar, sino aquí, mientras vive en esta tierra.

Este es justamente el último rasgo que quería significar como propio de la inocencia, la alegría, que tiene más la condición de salario recibido que de logro debido a nuestras fuerzas. Por mi parte me atrevo a verlo reflejado en estas palabras-guía del evangelio:

“Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).

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