La insignificancia de África (I): un problema empresarial

Toda África subsahariana junta genera menos riqueza que España sola antes de la crisis. En la raíz del eterno problema del desarrollo africano se encuentran graves problemas que son anteriores a los políticos: los de tipo empresarial

Imagen de portada: mercado de la Comuna de Adjamé, en Abidjan (Costa de Marfil), una de las partes más activas pero también empobrecidas de esta ciudad. Fuente: Wikipedia. Imagen de portada: mercado de la Comuna de Adjamé, en Abidjan (Costa de Marfil), una de las partes más activas pero también empobrecidas de esta ciudad. Fuente: Wikipedia.

(CatDiàleg).- África es insignificante, al menos económicamente. Todos juntos, los países del África subsahariana sumaban en 2015 un Producto Interior Bruto de 1,57 billones de dólares. Justo antes del estallido de la crisis, en 2008, el PIB español alcanzó los 1,64 billones de dólares. Un solo país de segundo nivel en la economía internacional superó a los prácticamente cincuenta estados que conforman el África al sur del desierto del Sáhara.
Además, una parte muy importante del PIB subsahariano proviene de países concretos, como Nigeria, la primera economía africana (el país aporta por él solo 0,48 billones de dólares, el 30% del PIB de los países subsaharianos), Sudáfrica (0, 31 billones) o Angola (0,1 billones).
En el otro extremo, la República Democrática del Congo (o RDC, el antiguo Zaire), creó riqueza por valor de 0,04 billones de dólares. Y eso que este último país tenía en 2013 y según el Banco Mundial una población de más de 67 millones de personas. Lituania, con algo menos de tres millones de habitantes, tenía en 2013 un PIB similar al de la RDC. El PIB per cápita de los países subsaharianos es irrisorio comparado con países más desarrollados.
En definitiva, el África subsahariana es la región más pobre del mundo, tal y como se aprecia en la siguiente gráfica interactiva del Banco Mundial:

Hasta aquí, nada nuevo. Todo el mundo sabe acerca de las miserias de África. Sin embargo, hay un aspecto que aparece muy poco cuando se habla de desarrollo en el continente negro: las malas cifras macroeconómicas vienen acompañadas de unos datos microeconómicos -empresariales- tanto o más nefastos.
La edición 2016 del informe anual que publica el semanario francés Jeune Afrique sobre las 500 principales empresas africanas aporta datos sumamente interesantes. Para empezar, la gran mayoría de empresas de capital africano están también muy concentradas en países concretos. La mitad de los ingresos de las 500 proviene de empresas sudafricanas. Un 12,6% de las argelinas, un 8,6%, de las marroquíes y un 6,9% más de las egipcias. Ninguno de estos tres últimos países son subsaharianos.
Dato aún más revelador: a pesar de ser la primera economía africana, sólo un 3,8% de los ingresos de las 500 empresas corresponden a firmas nigerianas. Y es que el gigante económico de África tiene el motor de su economía en multinacionales provenientes del exterior del continente, y particularmente en empresas como Shell o Total dedicadas a la extracción de petróleo.
Además, las multinacionales que vienen de fuera (se dediquen o no la extracción de materias primas) salen mejor paradas que las empresas africanas, lo que permite imaginar que las empresas de propiedad africana están peor gestionadas que las extranjeras. Las principales 70 multinacionales de titularidad no africana que operan en África sólo vieron retroceder sus ingresos un 0,3% durante el 2015 (respecto al 2014), frente a las pérdidas del 7,1% en los ingresos que experimentaron las 500 empresas top de África.
Aún peor: las empresas de capital africano se concentran mayoritariamente en el sector primario. En el caso sumamente interesante de Angola, la gestora petrolífera Sonangol es la única empresa angoleña digno de mención por Jeune Afrique. Alrededor del 38% del volumen de negocio de las 500 corresponde a empresas energéticas, agroalimentarias y mineras. Un peso desproporcionado comparado con la importancia del sector primario en los países desarrollados, que no suele pasar del 3 al 5% del PIB.
Así pues, en primer lugar, la economía de África es muy pequeña. En segundo lugar, su riqueza se encuentra concentrada en un grupo de países que aportan el 70% del PIB total de la región (Nigeria, Sudáfrica, Angola, Sudán, Kenia y Etiopía), aunque concentran sólo el 40% de la población total. En tercer lugar, esta riqueza se encuentra a menudo en manos de empresas de capital no africano (caso de Nigeria) o en empresas de extracción y explotación de recursos naturales.
Si se tiene en cuenta que, en el sistema capitalista sobre el que se basa la economía mundial, la empresa es el actor central encargado de generar -y también, podemos aventurarnos a decir, de repartirse riqueza, el problema de desarrollo de África es en buena medida un problema empresarial. Los nefastos resultados macroeconómicos vistos al principio se explican en parte substancial por los problemas que tienen las compañías africanas.
El hecho de que muchas de las principales empresas de capital africano se dediquen a la extracción de materias primas -desde productos agrícolas como el cacao, hasta minerales como el oro o recursos energéticos como el petróleo- es comprensible, aunque preocupante . Este sector presenta una serie de problemas que hacen que sea muy poco adecuado para sacar a África de la pobreza.
En primer lugar, y como se dice a menudo, el sector de las exportaciones de materias primarias se encuentra demasiado expuesto a las fluctuaciones de la demanda. Las recientes pérdidas de las 500 empresas africanas analizadas por Jeune Afrique se deben en parte al descenso de la demanda proveniente de los países emergentes, empezando por China. En segundo lugar, se trata de un sector que consume recursos que a medio o largo plazo se agotarán, arrancando de raíz el motor económico. Arabia Saudí, el paradigma mundial de país que vive de renta gracias a sus recursos naturales, parece estar intentando reducir su dependencia del petróleo, a través del ambicioso plan Vision 2030. No hay ninguna estrategia similar en los países subsaharianos .
Y finalmente, el sector primario se suele caracterizar por el bajo nivel de preparación, y por lo tanto de capital humano, que exige a sus trabajadores. Esto es especialmente cierto en África, debido a los bajísimos costes laborales de sus mercados. Las empresas practican la contratación masiva de trabajadores no cualificados, y no les ofrecen ningún incentivo para progresar; a corto y medio plazo los directivos no tienen necesidad alguna de invertir en ellos. El resultado es el freno a la aparición de una clase de profesionales bien formados y capaces de innovar, una clase de la cual deben surgir los emprendedores africanos.
Por otra parte, cuando estos emprendedores aparecen, tienen que hacer frente a un entorno de negocios inhóspito: falta de garantías jurídicas, inestabilidad política (el 85% de los países africanos ha experimentado al menos un golpe de Estado en su corta historia desde la independencia) y ausencia de apoyo público. Allí donde ha habido un gobierno estable, como en Costa de Marfil entre 1960 y 1993, éste se ha acabado convirtiendo en una máquina de hacer dinero de la camarilla presidencial, que apartaba a cualquiera que considerase un competidor.
La clave de la prosperidad de África pasa por sus empresas y, más concretamente, por la urgente reorientación y renovación de éstas. Y, al mismo tiempo, estas empresas dependen en parte de lo que hagan los gobiernos africanos, que tienen la capacidad de dar o cortar alas a las ideas de los emprendedores.


Imagen de portada: mercado de la Comuna de Adjamé, en Abidjan (Costa de Marfil), una de las partes más activas pero también empobrecidas de esta ciudad. Fuente: Wikipedia

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