La lengua: una identidad escondida

Nos podemos identificar con aquello que hablamos y escribimos, con aquello que escuchamos y leemos, a pesar de que las palabras no puedan jamás…

Nos podemos identificar con aquello que hablamos y escribimos, con aquello que escuchamos y leemos, a pesar de que las palabras no puedan jamás llegar a explicarnos plenamente. El ser humano y su complejidad no caben en aquello que somos capaces de decir o escribir, pero aquello que expresamos nos dice qué somos y dónde pertenecemos. Nuestras palabras son el reflejo de cuanto llevamos dentro, la fachada de nuestra recóndita personalidad.

Las lenguas, de la misma manera que las palabras no son solo motes, distan mucho de ser unos simples códigos de comunicación que establece una sociedad para favorecer el entendimiento de sus miembros. Igual que el lenguaje es para el hombre la voz exterior del propio ser, las lenguas son la voz de las culturas; el envoltorio de una manera de vivir, de una historia, unas tradiciones y el recuerdo de todos aquellos que intentaron comprenderse a sí mismos y al mundo que les rodeaba mediante un lenguaje determinado. Cada lengua es un intento de comprensión del mundo que traza un camino en la senda de la búsqueda de la humanidad del hombre por el mismo hombre. He aquí su complejísima riqueza.

Decían los románticos que las lenguas son el vínculo primigenio entre el hombre y su identidad, la raíz por la que florece el sentimiento de pertenencia a la comunidad humana que se explica a través de esta lengua en todos sus hablantes. “Aquellos que hablan la misma lengua están unidos por una multitud de lazos invisibles de la naturaleza misma, mucho más remotos que cualquier arte humano”, rezaba Fichte en su escrito dirigido a la nación alemana, “son por naturaleza un todo inseparable”, sentenció. Son lazos inquebrantables e inherentes en cada uno de nosotros, pues aquello que nos une con la comunidad de hablantes de nuestra lengua materna no nace sino con la persona misma.

Cada lengua, por el solo hecho de existir, tiene un valor incalculable, pero este valor es al mismo tiempo intangible, y ¡qué fácil resulta menospreciar aquello que ni vemos ni tocamos!, ¡qué difícil es explicar al mundo de hoy que las mayores riquezas que el ser humano posee no son de oro ni de brillantes! Muchas lenguas sufren hoy en día al verse minorizadas, arrinconadas y apartadas de la mirada del hombre, sentenciadas por los descendientes de sus últimos hablantes, sus propios herederos. Cada año mueren lenguas en nuestro mundo y con ellas una manera particular de explicar el mundo y el hombre. Son nuestra riqueza cultural más frágil, pues están tan arraigadas a las personas que caemos en la ingenua posición de creer que tan solo pertenecen a aquellos que las hablan. No podríamos andar más equivocados.

Nos identificamos con nuestra lengua materna, aquella en la que aprendemos a ver el mundo e intentamos explicarlo desde nuestra más tierna infancia, pero toda lengua puede enseñarnos algo del mundo que hasta el momento en que la conocemos ignorábamos. La palabra griega “logos” significa a la vez “palabra” y “razón o inteligencia”, y la razón de cada ser humano habla una lengua en concreto.

Parece que hoy en día las lenguas quedan reducidas a ser simples medios de comunicación, una bonita decoración en nuestro curriculum vitae (que por cierto es una expresión latina que significa algo así como camino o carrera de la vida). Los padres gastan cuantiosas fortunas para que sus hijos aprendan idiomas, pero las lenguas no pueden quedar reducidas a ser un código que sirve para comprender a sus hablantes. Lengua y cultura existen recíprocamente y se identifican la una con la otra. ¡Cuánto perdemos aprendiéndolas sin indagar más allá de su gramática y su léxico!

Vivimos en la era de la patrimonialización, de una búsqueda de la conservación del pasado como signo de nuestra propia modernidad. Recurrimos a nuestros vestigios más antiguos como civilización para darnos una identidad, pero descuidamos que en realidad, nuestra identidad más primaria no se halla fuera de nosotros mismos.

Volvamos al romanticismo, un periodo que tendemos a considerar como un movimiento anclado en el pasado. Un grupo mayoritariamente compuesto por hombres, pero también por algunas mujeres, quienes dedicaron su vida a explorar y liberar el lado más oculto pero también el más sincero del ser humano. Buscaron comprenderse por ellos mismos, exaltaron sus pasiones, no rehuyeron de sus sentimientos sino que los cultivaron y nos dejaron a raíz de éstos sus obras, probablemente las más sinceras que jamás se hayan escrito. Junto con este subjetivismo, la característica principal de los románticos fue la exaltación del individuo como ser único, de aquí la importancia que se dio al sentimiento y al yo interno de las personas.

¿Qué tiene esto que ver con el lenguaje y la cultura?, se estará preguntando el lector. Pues bien, la exaltación del individuo y el descubrimiento del “yo” de los románticos se basó en la búsqueda de la identificación del individuo en aquello que lo rodeaba. De manera que tanto el paisaje, las tradiciones, las leyendas y la historia fueron los elementos clave para hallar la propia identidad.

La identidad se construye, por tanto, con elementos externos a la propia persona. La lengua es un elemento tanto interno como externo del ser humano. Es externo en tanto que no pertenece a nadie, sino que es una herencia cultural del pasado, pero es sobretodo interno ya que no puede existir por sí mismo ni fuera del hombre. Las lenguas existen y están vivas en sus hablantes, en aquellos que a su vez, viven a través suyo. La lengua es para el hombre lo que la propia melodía a un piano.

Nuestra lengua es nuestra manera de ser nosotros mismos en el mundo, nuestra perspectiva y nuestra percepción al externalizarse, pero también la manera en que el mundo es para uno mismo. Lengua materna y alma humana hablan la misma lengua, y no pueden comprenderse si no es la una por la otra.

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One comment

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    >jamsg: prefiero reitmirme a los expertos. Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro tfanel sin final, porque jame1s se llega a la satisfaccif3n plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la me1s grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraf1o, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. ( ) Ased pues, yo en esos dedas no sabeda que para ser escritor habeda que escribir, y ademe1s habeda que escribir como mednimo muy bien. Enrique Vila-Matas

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