La lucha contra la pobreza

Pensando en el Tercer Mundo, siempre he creído que la mejor manera de acabar con los conflictos es luchar contra la pobreza, porque la pobreza …

Pensando en el Tercer Mundo, siempre he creído que la mejor manera de acabar con los conflictos es luchar contra la pobreza, porque la pobreza misma es ya un conflicto generador de muchos otros.

La pobreza, en tanto que sinónimo de miseria, es un flagrante atentado contra la dignidad que merece todo ser humano. Quien no posee lo indispensable para vivir es comprensible que explote en reacciones de violencia, porque tiene todos los caminos bloqueados. Esto no significa, ni mucho menos, que la extinción de la miseria, que es un imperativo ético universal, ponga punto final a la violencia y a la crueldad. Existen otros factores y motivaciones que se extienden más allá de la pobreza como el fanatismo, la ignorancia, el etnocentrismo o los intereses creados.
Sin embargo, cuando en el Tercer Mundo se desencadena la violencia, la injusticia suele ser la causa: las desigualdades abismales entre ricos y pobres, la falta de oportunidades para poder salir de la miseria, los recursos escasos para poder alcanzar un nivel de vida digno: todo ello configura un cóctel explosivo.
La violencia, especialmente en los países pobres, no se detiene predicando la paz, sino con medidas socioeconómicas y políticas concretas que erradiquen la miseria y fomenten el desarrollo integral de las personas y los pueblos. La paz genuina siempre será el resultado de la lucha constante y tenaz contra la pobreza que esclaviza a las personas y humilla a los pueblos. La paz requiere como condición indispensable la justicia social.
Un mundo donde más mil millones de personas sufren hambre y con una cuarta parte de la población mundial sumida en la pobreza severa no puede ser, de ningún modo, estable. Su aparente estabilidad es pura fachada, porque existe un abismo demasiado grande como para mantenerla. Sólo se puede conseguir un mundo más seguro si hay más justicia y solidaridad. La alternativa a la barbarie, a la violencia, al terrorismo y a la guerra, hoy más que nunca, consiste en construir una sociedad respetuosa con los derechos humanos, es decir, más justa, más libre, más democrática, más pacífica y más solidaria.
La globalización puede ser un proceso que ayude a erradicar la pobreza. Más allá de sus aspectos negativos, cabe subrayar las dimensiones positivas inherentes a este proceso. Se genera más consciencia del destino común de la humanidad y más preocupación por los problemas globales, como la pobreza del Sur o la crisis ecológica del planeta Tierra; además se da más capacidad de comunicación y de intercambio de información; más conocimiento e intercambio cultural. El proceso de la globalización también abre la posibilidad a una justicia global y a movimientos ciudadanos globales. Todo ello puede ser útil para tomar conciencia del drama de la pobreza.
La conciencia de pertenecer a un mismo mundo, de formar parte de una misma humanidad, de poseer los mismos derechos es enteramente nueva en la historia de la civilización y puede abrir una perspectiva completamente diferente a la visión histórica caracterizada por la mirada parcial y clasista.
Si no actuamos solidariamente y con celeridad a favor del desarrollo de los pueblos empobrecidos, de donde provienen las grandes masas migratorias, vamos a ser víctimas de su miseria, que nos habremos limitado a observar con indiferencia. Contra la mundialización del egoísmo, se debe reivindicar la globalización de la solidaridad. No basta con criticar a los gobiernos. No basta con acusar con el dedo a los poderosos y a las clases más pudientes de la sociedad civil. La luchar por la globalización de la solidaridad afecta, a pequeña escala, a todo ciudadano, aunque no todos tenemos las mismas responsabilidades en la marcha del mundo.
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