La luz que se apaga‘, por Rudyard Kipling

Con la prosa de Kipling ocurre, con perdón, como con el cerdo: se aprovecha toda. No hay un solo libro del narrador anglo-hindú que no merezca la pena…

Con la prosa de Kipling ocurre, con perdón, como con el cerdo: se aprovecha toda. No hay un solo libro del narrador anglo-hindú que no merezca la pena ser leído. Y es así porque Kipling pertenece a esa exigua estirpe de escritores de prosa natural, como Tolstoi, Galdós, Dickens o Vargas Llosa, en los que las historias dotadas de sentido, los personajes y las situaciones creíbles y humanas, la verosimilitud, en suma, de lo narrado, convierte sus obras en signo del goce que proporciona a las almas sensibles la buena literatura.
 
Es evidente que eso no ocurre con la mayoría de los autores actuales, lo que significa que la reedición de esta obra, su primera novela, es una magnífica noticia. Excelente labor, por cierto, la que están realizando al frente de la editorial El Cobre mis queridas y admiradas Marta y Míriam Tey. Un sello pequeño pero lleno de buen criterio, intuición literaria y gusto por los detalles. Toda una declaración de principios.
 
De Kipling se ha escrito muchísimo, en multitud de ocasiones con supina ignorancia, como ocurre con aquellos que fintaban con estilo y despreocupación la hipocresía subyacente en muchas de las convenciones sociales de su época, y las servidumbres a que aquellas abocaban a los hombres de aventura.
 
Hace pocos años, Seix-Barral publicó, con inusitado acierto, una monumental biografía de David Gilmour titulada La vida imperial de Rudyard Kipling, sin duda uno de los mejores títulos que ha alumbrado esa editorial en los últimos años.
 
Ya quedaba claro allí, y se adivina también en esta novela, el tipo de hombre que era Kipling. Alejado de correcciones políticas, estériles buenismos y demás zarandajas, el magnífico escritor se transforma aquí en defensor de una muy concreta concepción de la vida, especialmente la que vindica algo tan tautológico como los comportamientos masculinos para los varones y los femeninos para las mujeres.
 
Del primero de ellos da abundantes pruebas; el compañerismo regado de buen vino y humeantes puros, la pasión por la vida aventurera, por el riesgo físico, la disposición a exponer la vida propia en virtud de creencias irrenunciables, la valentía de unos hombres devotos del valor de su palabra y sus actos; una valentía tan alejada de la insolente agresividad y bajeza morales de la patulea juvenil que, constatar su actual preeminencia, provoca vergüenza y desánimo.
 
Esa grandeza de espíritu que él reclama no es óbice para la más lacerante denuncia de esa mentalidad pequeño-burguesa, hipocritona y mendaz, que exudaba la sociedad de su época y que hoy es lugar común. Ese individuo alimentado casi exclusivamente de pornografía sentimental televisiva, y que se amontona las tardes de fin de semana en los macro centros de las grandes ciudades a malgastar su alienada vida.
 
De eso habla Kipling y de muchas otras cosas, pues construye una historia fascinante, al modo de una metáfora, acerca de la ceguera. El título mismo da cuenta de esa luz declinante que baña el relato por entero. Cuenta las andanzas de un pintor joven y de prestigio, Dick Heldar, que queda ciego tiempo después de recibir una herida de guerra. Un sablazo mal curado le deja en precarias condiciones para su arte, pero no para retratar, lúcido y esperanzado, el mal que nos acecha.
 
Muchos son los temas abordados por el talento del escritor anglo-indio: la pureza del arte, el compromiso del artista con su obra y con el tiempo que le ha tocado vivir, la dignidad y la entereza moral, el amor. Todos ellos, por imperecederos, asuntos de candente actualidad, impresos a fuego en el atormentada alma humana, y que Kipling trata con severo candor y amoroso juicio. Díganme, cómo no leer a alguien así.
 
La luz que se apaga
Rudyard Kipling
Editorial El Cobre, 2006
266 páginas

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