La Madre Iglesia y nosotros sus hijos

Es cierto que la fe es un don que Dios nos ha dado por medio de su gracia, así como la capacidad de razonar, la voluntad para decidir y la libe…

Es cierto que la fe es un don que Dios nos ha dado por medio de su gracia, así como la capacidad de razonar, la voluntad para decidir y la libertad para seguirle sin ningún tipo de coacciones. Nos ama tanto, desde la eternidad, que nos quiere desprendidos de todo tipo de imposiciones, únicamente seducidos por el modelo de vida que nos muestra palmariamente el Santo Evangelio. Por eso Jesucristo estableció su Iglesia con unos vínculos característicos y unos atributos específicos, sin los cuales, la salvación del hombre sería muy complicada, en el entendido de que fuera de la Iglesia no hay posible salvación para quienes delibera y culposamente quieran hallarse en esta situación.

La impronta de Cristo se distingue claramente dentro de su Iglesia, pues es una, santa, católica, apostólica y romana. Ella salió de sus manos, del único Dios verdadero, con prolongación universal para hacer discípulos en todas las naciones, descendiente de los primeros doce a los que el Señor llamo por su nombre uno a uno, y asentada sobre Pedro, la roca incuestionable y firme que sirve de guía a la grey. Y dentro de esta Iglesia nos encontramos nosotros, hombres y mujeres corrientes llamados a la santidad, que haciendo uso de nuestra racionalidad y con una instrucción conveniente en torno a la fe se espera de cada uno individualmente merecer el cielo, ya que podemos afirmar categoricamente que el Señor fundó la Iglesia como una manifestación de Sí a la humanidad, dándole la potestad de enseñar, de santificar y de gobernar espiritualmente en su nombre.


En el arca de Noé, en la barca de Pedro, en fin, en la Iglesia Católica, podemos distinguir tres notas que la caracterizan dotándola de naturaleza propia: la autoridad, la infalibilidad y la indefectibilidad. Cuando a aquella se le atribuye la competencia de ejercer su gobierno espiritual, para hablar en nombre de Cristo sobre materias de fe doctrinal o acción moral, así como para la administración de los sacramentos que fueron instituidos por el mismo Jesús durante su vida pública, estamos hablando de autoridad de la Iglesia. “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” –Mt 28,20- dijo el Señor. Esta promesa de Cristo corrobora que la Iglesia, en la persona del Santo Padre o de los obispos unidos a éste, cuando proclama que una conducta o materia ha sido revelada por Dios y debe ser aceptada y seguida, no pueda haber error, pues Cristo no estaría con su Iglesia si ésta indujera caídas que obstaculizaran la salvación del género humano. Con todo, la seguridad de estar libres de error en la proclamación de las verdades reveladas es lo que se denomina la infalibilidad. Asimismo, y según narra el Evangelio –Mt.16, 18- cuando Jesús dijo: “…sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella…” está atribuyendo a la Iglesia la nota inherente de la indefectibilidad, pues nació con vocación de permanecer hasta el fin de los tiempos, imperecedera y que continuará su existencia mientras haya almas que salvar. Los católicos somos pecadores que luchan por mejorar particularmente en virtudes y en general en su vida espiritual, pero la santa Madre Iglesia, como tal, está completamente exenta de mancha alguna, pues es evidente que la esposa de Cristo no puede tener defecto alguno.


Pero a pesar de que la Iglesia esté concebida para la perpetuidad, nosotros, sus hijos, no debemos caer en una falsa seguridad nutrida por nuestro aburguesamiento espiritual. La barca de Pedro está sometida constantemente a los vaivenes de los oleajes más impetuosos e insospechados, como así lo demuestra el devenir de la historia, siendo actualmente un factor desintegrador de la conciencia humana el relativismo compulsivo. Si todos los católicos nos quedamos impasibles frente a los hostigamientos que soporta la Iglesia y su jerarquía, si no reaccionamos ante los acontecimientos más ruines que nos afrentan por practicar nuestras creencias y convicciones, si no despertamos del letargo en el que nos sumerge la tibieza en relación a nuestra fe, si no somos consecuentes con las exigencias de nuestra vocación cristiana, la Iglesia que Jesús fundó corre el grave peligro de volver a la clandestinidad, donde nuestras almas serán de nuevo presa del martirio relativista, de la angustia ateísta y de la tortura de la incredulidad, como ya sucedió en la luctuosa época del Imperio Romano.


Llegados a este punto, y en medio de este mundo tan distinto y tan igual al de tiempos pasados y aún por llegar, debemos preguntarnos: ¿qué comparto de mi fe con el prójimo?, ¿cuántas conversiones he provocado?, ¿cómo es mi proselitismo?, ¿rezo para pedir el don de la fe a mis amistades?, ¿cuánto tiempo dedico a leer cada día el Santo Evangelio?, ¿hago algún rato de oración todos los días y con qué intensidad?, ¿me preocupo de velar por las intenciones del Papa?, ¿procuro imitar a Cristo en el trabajo, en la familia, en el trato con mis vecinos?, ¿me preocupa mi formación espiritual? Son tantas las preguntas que nos podríamos formular que sería una lista interminable de cuestiones que quizá nos llegarían hasta incluso a alarmar. Es importante que nos hagamos una íntima prospección, un buen examen particular de aquello que va y de lo que no va, porque somos firmemente persuadidos de que cuando Dios Padre nos llame al final de nuestra existencia, vendrá a recoger los frutos que aguarda de nosotros. Y para todos los que hemos tenido la dicha de conocer las verdades que proclama la Iglesia Universal y saber que quien persevere hasta el final tiene el triunfo asegurado, también nos debe preocupar que crezca a cada instante en nuestras almas la santidad, estrechando nuestra filiación divina y siempre de la mano de María, la madre de Dios, pues bajo la orla de su manto tenemos una protección segura para llevar a buen puerto la práctica de nuestra fe. El Espíritu Santo vive en la Iglesia de Cristo. No le hagamos esperar. Tanto nosotros como quienes están a nuestro lado le tenemos que facilitar que irrumpa en nuestros corazones y nos otorgue la paz.

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