La maldición de la hiperinflación legislativa

Hace ya años Joaquín Trigo, economista serio, documentado y realista, advertía de los nocivos efectos de una hiperinflación legislativa que ahogaba a cualquier atisbo de sensatez y nos condenaba a vivir en la potencial ilegalidad, pues nadie puede estar al día de todas las incesantes normas que van apareciendo y nos pueden afectar. Ahora leo un diagnóstico similar en el interesante libro de Jorge Bustos, La Granja Humana, en el que al hilo de diferentes fábulas se suceden reflexiones sobre la actualidad y también sobre aquello que no cambia en el actuar humano con el paso de los siglos. Escribe Bustos:”Los medios nos informan a diario de aprobaciones anunciadas, de amenazas de derogación, de enmiendas infinitesimales y de normas de imposible cumplimiento, y exigen nuevas leyes para atajar cada emergencia, sea una epidemia tropical, un crimen machista o las escapadas de un senador enamorado con cargo al erario público. Sólo entre 1995 y 2014, en España se ha reformado el código penal… ¡26 veces! La fe de los españoles en la ley es más bien retórica. Nunca nos cansamos de pedir nuevas regulaciones, marcos, ordenamientos y jurisprudencia novedosa en la pueril convicción de que promulgar es resolver”. Acierta Bustos al señalar uno de los aspectos que más envenenan nuestra vida cotidiana. En efecto, todo lo fundamos en la eficacia de una nueva ley, una más, pero casi nunca pensamos en la importancia, vital, de las costumbres o de que un pueblo sea virtuoso (no hay ley que enderece a un pueblo corrompido, aunque una mala ley sí puede ser factor poderoso de corrupción de un pueblo virtuoso). Y ya saben aquello de que la inflación de leyes es uno de los instrumentos con los que el poder despótico de nuestros días se impone.

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