La máquina de billetes se traga una Visa y RENFE no lo soluciona

Estación Central de Barcelona-Sants (una de las más importantes del sur de Europa). Jueves 24 de febrero, 21.45 horas. Me sitúo delante de una máquina…

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Estación Central de Barcelona-Sants (una de las más importantes del sur de Europa). Jueves 24 de febrero, 21.45 horas. Me sitúo delante de una máquina expendedora de billetes para sacar mi tarjeta multiviaje (se me había acabado la anterior) y volver a casa como cada día, aunque esta vez tras una jornada de trabajo que, por diversas circunstancias, había sido algo más intensa de lo habitual desde primera hora de la mañana. Decido pagar con Visa, pero al meter la tarjeta, ésta se queda encallada y luego se mete del todo. La operación queda bloqueada y no puedo realizar mi compra. Faltaban pocos minutos para que saliese el penúltimo tren de la línea C1 (la de Mataró y el Maresme, por cierto, la primera vía ferroviaria que se construyó en España). Aviso al personal de seguridad y uno de los agentes me acompaña hasta la oficina de Atención al Cliente. Pero ahí empiezan las pegas.

Dos señoritas, o señoras, me dicen que el personal encargado de las emergencias o incidencias de estas máquinas ya se había ido y que, por tanto, no podía solucionarse el problema hasta el día siguiente a partir de las 6 de la mañana. Me dan un papelucho arrancado de cualquier manera y me piden que ponga mi nombre completo y un número de teléfono de contacto, con la promesa de que me avisarán a las 6 de la mañana para confirmarme que se ha recuperado la tarjeta. Apunto mi nombre y entrego el papel. De todas formas, insisto en mi petición de que, por favor, intenten solucionar el problema de forma inmediata. Incluso les pregunto, ya algo más indignado pero serenamente: ¿Cómo es posible que una estación central de tráfico europeo, situada en una de las ciudades más pobladas de Europa, no tenga los mecanismos necesarios para solucionar este tipo de urgencias las 24 horas del día?

Pero nada. Me responden afirmando que es cosa del personal de RENFE y que no pueden hacer nada. Ante otra pregunta mía sobre la seguridad de que esa tarjeta no la podrá coger nadie durante la noche, me dicen que “seguramente no pasará nada”. Es decir, no me dan plenas garantías. ¿Qué podía hacer yo? ¿Cancelarla llamando a mi banco? Ante la promesa de que el personal de seguridad estará pendiente de la máquina, decido volver a casa (eso sí, ya en el último tren) y no cancelar la Visa.

Por la mañana, me levanto a las 6 para ir a trabajar antes de la hora habitual, con el objetivo de volver a pasar por la Estación de Sants y reclamar la tarjeta. Mi esperanza era realizar el trayecto ferroviario ya con una confirmación telefónica de que el problema ya estaba resuelto. Pero nada de nada. Llego a las 8 a la estación central y me dirijo al Servicio de Atención al Cliente, lógicamente con un grado más de indignación. Expreso una protesta enérgica, aunque siempre cívica, y me sale un encargado de muy malas maneras diciendo que nadie le había dicho nada, que el problema no era culpa suya y que él se llamaba “Pepito” (me ahorro decir el nombre). Al parecer, no se sentía muy vinculado a la empresa que le paga, que no es otra que RENFE. Incluso me llega a comentar que no era cosa de la empresa ferroviaria, sino de mi banco, cuando el día anterior me habían dicho que, en esa máquina, ya se habían producido varias incidencias similares últimamente. Al final, abre la máquina y me saca la tarjeta.

Tema solucionado, pero con horas de incertidumbre y entre una sensación total de desprotección que yo sentí como ciudadano. Por cierto, enseguida comprobé en mi banco que nadie la había utilizado y, además, verifiqué que no era cosa de la entidad financiera, sino de la máquina de billetes. ¡Pero qué susto! ¿No os parece? ¿Es normal un hecho como éste? Yo creo que no. Más bien diría que es una nueva muestra de que, en España, los servicios públicos presentan carencias graves. Parece que RENFE considera que estas emergencias no pueden producirse a partir de cierta hora y, por tanto, prefiere dejar desprotegidos a los ciudadanos entre las 21.00 y las 6.00 horas. Y encima, ni trabajan coordinadamente ni cuidan las formas.

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