La mentira y la realidad

Los cínicos están convencidos de que la frontera entre la juventud y la madurez se cruza en el momento en que se descubre que la vida no…

Los cínicos están convencidos de que la frontera entre la juventud y la madurez se cruza en el momento en que se descubre que la vida no es larga, sino corta; que la bella muchas veces es una bestia; que a la fea nunca la llaman a las entrevistas de trabajo; que el amor no es como en las películas; que la ley es una maraña que beneficia a los espabilados; que el trabajo es en su inmensa mayoría monótono y aburrido; que el sueldo no depende del esfuerzo sino de quien es tu amigo.

Y así podríamos seguir. En resumen, que eres adulto una vez que te convences que para “triunfar” necesitas mentir. Al pobre desgraciado que llega a tu oficina, le dices que ese trabajo asqueroso es “un reto”. Te acostumbras a dorar la píldora. Y así se puede llegar a pensar, que las cosas que marcan el destino de una persona están determinadas por un azar ciego y absurdo, por “la suerte”. Por ejemplo, ¿por qué algunos tienen una inteligencia privilegiada que hace que estudiando poco tenga unas notas brillantes y otra que trabajando el doble no pase de aspirante a subempleos ridículos? ¿Qué gen del ADN determina que los ojos de una mujer estén un poco más a la derecha que los de otra y den al rostro una simetría y belleza que harán que esa chica sea demasiado mona, es decir, que su destino sea el de florero perfecto para decorar la oficina? O al contrario, que ese chico o chica sea fea como la noche y acabe en un trabajito sin progresión. O también, que ese chico o chica tenga una apariencia física “correcta”, es decir, con un aspecto físico determinado por la cultura social del momento, perfecto para encajar en la sociedad y ascender en la escala social sin muchos problemas.
Por eso, cuando todo se cae, como ahora con la crisis, viene bien revisar la bola de cristal, los valores con los que hemos tamizado la realidad estos últimos veinte años. La apariencia alimentada por deudas gigantescas, antes o después cae, y el suelo se abre bajo los pies. Es lo que tiene la ley de la gravedad. Y eso es lo que ha pasado. La realidad es tozuda. La chica fea, resulta que era buena persona y trabaja bien. El guaperas, resulta que es gilipollas. El azar no mata a la realidad. Es como un viento que mueve la hojarasca más o menos, pero la realidad es tozuda, tiene raíces. La vida, puede que sea corta, sobre todo para los que tiranizan a los demás. La bestia, acaba entre bestias, devorada por otras fauces. La bella, depende de cómo administre esa flor de pocos días. Al final, la bola de cristal de los valores verdaderos, sólo muestra el camino para aquellos que los buscan con honradez. Los que engañan, acaban siempre atrapados por su fantasía. Los verdaderos valores son como un ojo interior, que se ensucia fácilmente con el orgullo. El orgulloso construye una burbuja para él mismo, que intenta ser refractiva de la realidad. Pero al final, todo cae. Como ahora. Por eso, ahora, el orgullo, no está de moda. Don fanfarrón, murió con la crisis. Toca remangarse y hacer examen. Y eso es sanísimo. Es tiempo de siembra, hay mucha gente desencantada. Nunca hubo un momento mejor.
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