La miseria del mal o el mal de la miseria

“Los 130.000 no son parados, sino que son personas que se han apuntado al paro” José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del…

“Los 130.000 no son parados, sino que son personas que se han apuntado al paro”
José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno Español
06/02/2008 en Punto Radio

Se nos fue el mes de abril. Un abril que con él se llevó al escritor, ensayista, físico y pintor argentino, Ernesto Sábato. Algo menos de dos meses le faltaron para llegar a ser centenario. Cada vez que una mente excepcional calla para siempre, es frecuente sentir la necesidad de volver sobre la huella que nos ha dejado en su obra. Es como si necesitásemos reencontrarnos con aquellos pasajes que brillan bajo la luz de su genio. Buceando en los escritos de Sábato, me dí de bruces con una frase que diríase que bien podría haberla escrito pensando en nosotros los españoles y en la situación por la que estamos atravesando. La cita rezaba así: “Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano”.

Es una frase que me empujó a reflexionar una vez más sobre el tema más grave y doloroso que tenemos planteado. El del paro.

Según los últimos datos hechos públicos por la Encuesta de Población Activa del pasado mes de abril, en España son ya 4.910.000 las personas que cada mañana reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Estamos a punto de traspasar la sombría cifra de los cinco millones de parados. Ante esta trágica posibilidad, es inconcebible que el ministro español de trabajo diga que: “No tiene ninguna importancia, en mi opinión, si se llega o no se llega a los cinco millones…”. A cualquiera, pero especialmente a los parados, esa lacerante afirmación puede parecerles, además de una insensible crueldad, una indeseable inmoralidad. Claro que en descargo de las palabras de este ministro socialista cabe decir que lleva veintisiete años viviendo directa o indirectamente del presupuesto, del dinero que sale de nuestros bolsillos, del fruto de nuestro esfuerzo y sacrificio y por tanto no sabe lo que es que un día le llamen al despacho y sienta que su dignidad se quiebra como se quiebra un cristal; que se queda sin sangre en las venas al recibir la noticia de que está despedido, que al día siguiente no tiene que volver a la empresa, que han desaparecido sus obligaciones laborales.

Creo que es de agradecer al ministro español socialista que haya dicho: “No tiene ninguna importancia, en mi opinión, si se llega o no se llega a los cinco millones…”. Sin duda esta afirmación demuestra la sensibilidad del PSOE sobre el drama del paro obrero que su jefe de filas, el señor Rodríguez Zapatero, ha gestionado con el resultado de casi cinco millones de parados. Claro que en su descargo cabe decir que este ministro de trabajo socialista, que cuando no ha cobrado del gobierno de turno, lo ha hecho de la UGT, lo que equivale a decir lo mismo, nunca ha experimentado, como le ocurre a cualquiera que inesperadamente ha perdido su trabajo, el pánico de llegar a su casa y tener que decirle a su mujer y a sus hijos que se ha roto el futuro.

El hombre que insensata y temerariamente ha hecho pedazos la existencia de millones de familias; que ha hecho que pierdan su pequeño patrimonio; que ha borrado de su horizonte todos sus proyectos e ilusiones; que ha truncado el futuro de sus hijos; que por el miserable rédito de ganar unas elecciones ha jugado perversamente con nuestras esperanzas y nuestras vidas ocultando, mintiendo, engañando y negando la existencia de una crisis económica que ahora ha tenido que reconocer, este hombre se irá. Pero las cicatrices de las heridas causadas por su sectaria política ideológica, volviendo la espalda a la cruda realidad y a los legítimos intereses de la mayoría del pueblo español, las cicatrices de esa política digo, condicionarán nuestro futuro y marcarán nuestro ánimo durante lustros.

Cuatro millones novecientos diez mil parados, no son una simple cifra, no son una mera estadística, no son un ente abstracto e indeterminado. Con obscena tranquilidad nos hemos acostumbrado a escuchar hablar de este gravísimo problema en términos matemáticos. Pues bien, 4.910.000 parados, no son 4.910.000 sacos de patatas. Son más de diez millones de dramas humanos, a los que cada día se les hace un nudo en la garganta ante la degradación que supone el convertirse en un rechazado laboral; la humillación moral que constituye verse obligado periódicamente a formar cola para pasar revista en la oficina del paro; la claudicación que supone implorar inútilmente un trabajo de nivel muy inferior para aquel para el que se está preparado; la angustia de ver como transcurre el tiempo infructuosamente sin encontrar una mano tendida que les ayude a levantarse; la ansiedad de ver como se agotan las reservas y el miedo a perder el fruto del esfuerzo de toda una vida; la tensión de comprobar como se pone en peligro la subsistencia de la familia; la tristeza de vivir día a día la descomposición de la harmonía y la paz del hogar.

¿Es moralmente despreciable que quien nos ha acarreado tanta ruina, tanta desolación, tanto hundimiento moral y económico, se dé por satisfecho y por toda explicación ante esta lacerante lacra se limite a afirmar que la "mejor" tasa de paro de la Historia se produjo en 2007?

¿Ya está? ¿Con eso se soluciona la gravísima situación de millones de hogares y familias destruidas?

Unas circunstancias como las que atraviesa nuestra vieja y troceada piel de toro, cuya tasa de parados dobla la media de la Unión Europea, es un cáncer cuyas metástasis han invadido las áreas vitales de ese organismo al que llamamos España. La gravedad de lo que está ocurriendo en nuestro país, ante la pasividad generalizada de todos nosotros, es propia de una sociedad insensiblemente adormecida que ha perdido sus raíces, fundamentos y valores sobre los que se asentaba. En estos momentos la sociedad española precisa de alguien que le inyecte una formidable dosis de fe, ilusión, firmeza y confianza para recobrar la vitalidad perdida, porque el futuro de las nuevas generaciones depende del presente en el que vivan.

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