La muerte del espíritu europeo

Europa ha iniciado un proceso de autodestrucción. En el fondo no es extraño que así sea, ya que la sociedad de la desvinculaci&oa…

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Europa ha iniciado un proceso de autodestrucción. En el fondo no es extraño que así sea, ya que la sociedad de la desvinculación, que es su característica más definida, tiene precisamente en su dinámica estos procesos de destrucción de todo aquello que significan vínculos entre los pueblos, entre las personas. Las reiteradas llamadas de Juan Pablo II a las raíces cristianas de Europa se demuestran ahora acertadas porque contenían en sí mismas no solo una llamada religiosa sino también una llamada a la propia naturaleza de la realidad europea. Sin raíces, la planta muere o bien, si es que tiene esta capacidad, se convierte en un rizoma en el que cada porción se busca la vida por su cuenta.

En el momento presente, desgraciadamente, Alemania rompe con su trayectoria iniciada después de la II Guerra Mundial. Su peso económico, conseguido entre otras cosas a través de una unificación que fue facilitada sin reservas por todos los aliados europeos, se manifiesta ahora incapaz de ver y escuchar lo que le plantean los otros. Se retrotrae a una imagen, que no a una realidad intrínseca, de aquella Alemania soberbia que no sabe escuchar y solo sabe entender de su propio dictado.

El espíritu de la unidad europea se basaba en dos planos complementarios: en la reconciliación y la solidaridad mutua, es decir en la capacidad de escuchar y entender al otro y darle la mano, y en iniciativas concretas que permitían mejorar las condiciones de vida. A través de esta doble perspectiva, Europa se convirtió en el gran éxito de la humanidad. Pero, las raíces que lo impulsaban desaparecieron y el factor primordial, el idealismo, la solidaridad, las ganas de hacer con el otro, se han esfumado y solo afloran la simple contabilidad de los proyectos concretos, leídos además bajo la lente del propio y estricto beneficio de Estado.

Los actuales planes de ‘salvación’, como los que están destruyendo a Grecia y a Portugal y mantienen en el filo de la navaja a España, están pensados sobre todo en beneficio de quienes prestaron dinero a aquellos estados insolventes, de los grandes bancos y en particular de la banca alemana. Hay que decir con rotundidad que esto no sirve, que el proyecto debe ser otro, que ha de prometer una vida mejor y no peor, y que ha de poner los elementos para que esto sea posible. Europa necesita una versión propia y adaptada a las circunstancias de un Plan Marshall, como el que permitió precisamente la reconstrucción de la hoy poderosa Alemania, entonces destruida, que una el fomento de la economía con la reforma de la Administración y de lo que haga falta, pero en este orden, en lugar de la simple política de hachazos que está condenando a tanto griegos a la miseria.

Esta cultura de la desvinculación, esta falta de raíces, esta infidelidad a los padres fundadores de Europa son la causa del problema, que queda instrumentalizado con la ausencia de partidos preeuropeos reales. No puede haber una política europea porque no hay partidos de tal alcance. La existencia de un partido socialista y un partido popular que lleva el añadido europeo es una simple ficción. Sus reuniones sirven prácticamente de muy poco y son incapaces de llegar a acuerdos en materias importantes. La última reunión del PP lo ha puesto de relieve una vez más. Y esto es así porque no hay ninguna amalgama de doctrina compartida, simplemente restos de un pasado que ya no existe, restos de una socialdemocracia, restos de una democracia cristiana que prácticamente casi ha desaparecido de Europa con pequeñas excepciones. Necesitamos verdaderos partidos europeos que tengan como fin servir al conjunto de Europa con criterios de eficacia, justicia y solidaridad y todo lo que esto significa.

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