La muerte puede llegar a ser bonita

Cada año en el mes de noviembre tenemos un recuerdo por los difuntos, para aquellas personas que nos han precedido en esta vida y ya nos han dejado

Cada año en el mes de noviembre tenemos un recuerdo por los difuntos, para aquellas personas que nos han precedido en esta vida y ya nos han dejado. Cada año las recordamos y -si somos creyentes- rezamos por ellas y para todas aquellas que no conocemos, pero que tienen necesidad de nuestras oraciones, para aquellas que pueden estar en el Purgatorio y esperan nuestras oraciones para ser liberadas.

Esta es la tarea que nos toca hacer a los cristianos y que la Iglesia nos recuerda cada mes de noviembre. Y hacer esto significa tener presente la muerte, este paso inexorable que todos tenemos que hacer un día u otro, más tarde o más temprano, de joven o de mayor. Es un paso que tenemos que hacer pero que no sabemos cuándo será. Un paso que nos asusta. Un paso hacia el infinito. Pero como decía Santa Teresa, hablando de la muerte de un conocido: desde a ocho días vino la nueva como era muerto, o comenzando a vivir para siempre, para mejor decir.

Hace unos días asistí al funeral de una madre-abuela que murió relativamente joven, después de luchar contra la enfermedad durante dos años día tras día, mes tras mes. No fue una muerte súbita sino que la vimos venir, poco a poco, nos dábamos cuenta de cómo se iba acercando cada día. Marido, hijos, nietos, hermanos y otros parientes fuimos viviendo como se apagaba esta vida todavía llena de ganas de vivir. Nuestro Señor la quería para Él y se la llevó.

Los días previos a la muerte, el mismo día del fallecimiento, al día siguiente en el tanatorio y el día del funeral se respiraba una serenidad que no se ve siempre en estas ocasiones. Fue un ejemplo para mucha gente. Pero lo que ahora yo quiero transmitir son las palabras que dijo su hija una vez terminada la ceremonia y que a todos los alli presentes nos dejó un buen sabor de boca, lleno de alegría, de felicidad, de paz…

Transcribo, sin más comentario, estas profundas palabras y os animo a que las meditéis. Yo las he leído y releído y cada vez que lo hago me quedo…

Nunca habría pensado que la muerte pudiera llegar a ser bonita. Es por eso que me pregunto: ¿son las cosas como que pensamos que son? Prestamos demasiada atención a la añoranza y la tristeza y quitamos protagonismo a la paz y la serenidad que deja alguien que amas cuando se va. Damos más importancia al “nunca más” que a la liberación absoluta que el otro está a punto de experimentar.

Hoy, os puedo hablar de la plenitud de haberla acompañado en todo su proceso desde el primer día. La tranquilidad de haberle dicho todo lo que le quería decir. El gozo de haberle susurrado al oído cosas que sólo ella y yo sabemos. La joya de haber estado con mi hermano y mi padre a su lado. Dándole la mano permanentemente mientras los tres intentábamos que su tránsito fuera apacible. …y qué paz siento ahora.

Y también os puedo hablar de la experiencia de la muerte desde la belleza. La belleza de un rostro que va perdiendo rigidez y se prepara para abandonarse a la inmensidad. De unos ojos que se cierran para dejarse llevar por Dios. De un pecho que respira cada vez más lentamente para lanzarse a la eternidad, de donde, por otra parte, nunca se ha ido.

Mi madre, murió bella. Porque nació bella. Como Santa Teresa, esculpida por Bernini. También ella habrá sido recompensada con el éxtasis. Así lo anunciaba su cuerpo en la cama de muerte. La mano le caía suavemente. Entreabierta, no tenía fuerzas para sostener una pequeña cruz que le pusimos en la palma. La cabeza la inclinaba ligeramente hacia atrás por el cojín que la sostenía. La boca, se medio abría tímidamente como una pequeña puerta por donde, al cabo de poco tiempo, saldría el último aliento de vida en el último viaje hacia el placer absoluto.

Mi madre me ha enseñado que la muerte también puede ser bonita. Qué contrasentido para muchos. La muerte, también puede ser bonita.

Al fin y al cabo, las cosas no son como pensamos que son. Sino que son justamente a la inversa. Porque morir no es morir, sino nacer.

Tanto pánico le tenemos a la muerte que no hablamos de ella por la superstición de atraerla. Y como ignoramos que las cosas son a la inversa de como pensamos que son, no podemos comprender que, en realidad, hablar de la muerte y prepararse para cuando nos llegue, es prepararse para vivir mejor. Con más intensidad. Con más fuerza. Con más consciencia. Con más plenitud. …y qué plenitud siento ahora.

La muerte de un ser querido nos hace crecer a todos. Y esto no es un motivo de tristeza sino de alegría. Hay que saberla entender la muerte, como una de las mejores instrucciones que nos da la vida para crecer. Para perderle el miedo. El miedo que yo misma sentía.

Madre, gracias a ti he nacido. Gracias a tu muerte, me he hecho mayor.

Tu hija Pia

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