¿La Naturaleza, camino luminoso hacia Dios o ídolo esclavizador?

Viendo las maravillas de la Naturaleza el alma se eleva y canta las grandezas de Dios, su inefable belleza y sabiduría que se refleja en las cr…

Viendo las maravillas de la Naturaleza el alma se eleva y canta las grandezas de Dios, su inefable belleza y sabiduría que se refleja en las criaturas: Así muchos santos vieron en la Naturaleza un camino hacia el Creador, un espejo que conducía al amor de su alma (por citar sólo dos, San Francisco de Asís y Santa Teresita del Niño Jesús en algunos escritos poéticos cantan las bellezas del Universo en las que ven la huella de Dios).

Pero ¿puede convertirse la Naturaleza de camino de luz en un triste y gigantesco cementerio?

Veamos qué nos contesta una mística sencilla pero auténtica que canta en sus poesías las bellezas de la Creación. Citamos una estrofa de un poema de la ya aludida Santa Teresita del Niño Jesús: (a partir de una traducción castellana del original francés):

“Un día, mi Señor, como la Magdalena,

quise verte de cerca y me llegué hasta ti

se abismó mi mirada por la inmensa llanura

a cuyo Dueño y Rey yo iba buscando.

Al ver la flor y el pájaro,

El estrellado cielo y la onda pura,

Exclamé arrebatada:

‘Bella naturaleza, si en ti no veo a Dios

no serás para mí más que un sepulcro inmenso’”.

(Santa Teresita del Niño Jesús, “Al Sagrado Corazón de Jesús”)

Viene a decir la santa que sin calor vital, sin un corazón que responda a nuestro corazón, todo el Universo se torna un inmenso vacío. También en el cantar de los Cantares, el alma busca como en un desierto a Dios, sin que le consuele de su ausencia ninguna criatura. Es común en los místicos rastrear en la Naturaleza la huella del Amado, lo que es compatible con una ausencia temporal de su Señor. Así estos místicos no confunden a Dios con la Naturaleza. En ella, como en su obra, pueden hallarse huellas del Divino Artista, pero en sí misma nada es.

Otro tipo de mística cae en cambio en confusión e identifica Dios con Naturaleza. Esta postura tiene implicaciones muy graves, que algunos que se aproximan a ella de un modo poético posiblemente no captan o no están en su intención, ya que si el hombre forma parte de la propia Naturaleza y ésta es dios, entonces el mismo hombre, o mujer, es dios: Ello lleva consigo que todo lo que sucede es acción divina, y los más espantosos crímenes de los hombres son acciones divinas, el pecado no existe y todo se puede justificar. Ello llevaría a una noción de un dios cruel e inhumano, pues sería autor de los más espantosos delitos [que propiamente hay que achacar al mal uso de una libertad de un hombre limitado y moralmente caído]). Sería una idolatría que puede conducir a resultados funestos.

Por otra parte, la concepción de una ‘Naturaleza-dios’ no resiste la evidencia científica, ya que actualmente los físicos están acordes en poner un inicio al Universo, el ‘Big-Bang’ o gran explosión. ¿Y antes de que existiera la Naturaleza qué existía? Forzosamente tiene que haber existido siempre algún ser, ya que de lo que es nada, nada puede surgir. Ese ser eterno, que no sería la Naturaleza, sería el Dios eterno, de donde procedería una Naturaleza que no siempre ha existido.

Además, la aproximación panteísta [todo es dios, la naturaleza es dios] que invitaría a una identificación con la naturaleza, a una comunión con ella, resultaría muy ambigua: En efecto ¿habría que imitar a aquellos animales que se sacrifican por sus crías o a aquéllos que incluso devoran a sus hijos? ¿Habría que utilizar la fuerza bruta como hacen muchos animales o ser pacíficos como otros? Es evidente que sólo la razón iluminada por la fe puede discernir y seleccionar los buenos ejemplos del reino animal que elevarían al hombre.

Un naturalismo a ultranza nos llevaría a sacralizar los instintos y los impulsos espontáneos o ‘naturales’: Así, si experimento odio por una persona, si me someto a este sentimiento espontáneo y no voluntario, puedo acabar matando a esa persona con el agravante de creer que no he hecho sino seguir un impulso natural. Se puede caer en una noción inhumana de un supuesto ‘superhombre’ que dominaría de hecho como un superanimal [no olvidemos que la concepción nazi estaba teñida de panteísmo (véase cap. 12 de la Mit brennender Sorge de Pío XI, 14 marzo de 1927)].

Otra cosa nos enseña la fe cristiana que nos conduce a dominar nuestros impulsos elevándonos hasta amar al enemigo y hacer el bien a quien nos hace mal, llevándonos así a regiones sublimes en que realmente el hombre se diviniza. Para imitar los mejores ejemplos naturales, el hombre, la mujer, tiene que luchar con sus impulsos e instintos (nuestra naturaleza no es perfecta, sino una naturaleza imperfecta, caída, que hemos de tratar de superar y perfeccionar): éste es el verdadero camino de divinización tal como nos enseñó Jesús, “cargad con mi yugo, que su carga es suave y su peso ligero”.

En el libro de Job leemos que él no mandó su beso al astro lunar, no lo adoró, “lo que habría sido un grave pecado”. Del mismo modo adorar a la Naturaleza sería una grave idolatría que produciría un poso interior de vacío y falta de paz y en casos extremos de desesperación.

Por el contrario, ver en la Naturaleza una huella de Dios, un libro sin palabras que nos habla de la grandeza, belleza y sabiduría del Señor, es conforme a la tradición genuina de los místicos, y como dice el salmo:

“Los cielos dan cuenta de la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos.(…) Silenciosamente, sin palabras, sin que ninguno escuche su voz, por todo el universo se extiende su pregón”. (Sal 19, 2-5)

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