La necesaria recuperación de las virtudes (y II)

Las virtudes cardinales, humanas, se arraigan en las virtudes teologales, dice el Catecismo (CIC), permiten la participación en la naturaleza divina. Todos sabemos cuáles son:

La fe, un don, por consiguiente, algo que nos es dado y que nuestro deber es formar, mostrar, enseñar y trasmitir. Nadie puede vanagloriarse desde la fe, precisamente porque no es un mérito disfrutarla, sino un regalo. Quien teniéndola no la propaga, entierra el tesoro que Dios le ha dado en lugar de ponerlo a trabajar. Se nos pedirán cuentas por esta razón, si hemos intentando que se multiplique o la hemos mantenido encerrada.

La esperanza se corresponde con el anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros. Purifica nuestras acciones para ordenarlas hacia la consecución de la vida eterna en la plenitud de Dios. Nos protege del desfallecimiento, nos preserva del egoísmo y nos conduce a la caridad. La esperanza cuyo signo son las Bienaventuranzas, y que expresamos con el Padrenuestro. Su disponibilidad nos empuja a perseverar hasta el final, incluso con todo en contra. Es la gran arma para afrontar victoriosamente el miedo a la muerte.

La caridad es la virtud que atraviesa la historia humana y nos une con la vida eterna.  Es la que siempre existirá aquí y en la otra vida, cuando la fe y la esperanza ya no sean necesarias, nos dice San Pablo.  Es la virtud por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.  Este es el mandato y el orden lógico, aunque se viva en la tentación de subvertirlo: pensar que amamos a los hombres, somos caritativitos con ellos y así, con eso solo, ya cumplimos con Dios, es una vía que acostumbra a terminar no en la caridad, sino en la adulación del propio ego y la soberbia ante los demás. A escala colectiva el comunismo tenía mucho de esto, como algunas de sus formulaciones “blandas”, post modernas.  Claro, que también hay otra forma de no ser virtuoso, proclamar el amor a Dios y olvidar o dejarlo reducido a la mínima expresión a nuestros semejantes. La caridad hacia Dios se manifiesta en la proclamación de su Gloria y hacia los hombres mediante la caridad concreta hacia los necesitados que conocemos y el compromiso colectivo, también político, que empuja hacia la justicia social, a la solidaridad y al destino universal de los bienes.

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