La necesidad de una nueva concepción económica: la economía sostenible social de mercado

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Deseo insistir otra vez en ello. Es necesario que los católicos nos preocupemos de trabajar para concebir una nueva economía que sirva mucho mejor al ser humano que los paradigmas vigentes en la actualidad. Entre el alter mundismo situado en los márgenes y que carece de un modelo para constituir realmente una alternativa, y la gran inercia neoliberal que enriquece a unos pocos y empobrece a la mayoría, existe una alternativa basada en la reforma profunda de lo que actualmente tenemos. Una reforma que mantenga las ventajas del mercado como mejor orientador de la mayoría -no todas- producciones y servicios, la necesidad de la propiedad privada, bien con carácter individual, societario, autogestionario, en cualquier caso alejada del poder del Estado.

En el marco de estas dos exigencias básicas debe situarse el criterio fundamental de que la economía debe estar al servicio de las personas; es decir, debe servir al bien común. Por consiguiente, ha de construir las condiciones que hacen posible el desarrollo personal de todos y cada uno de los individuos que componen la sociedad. También ha de ser sostenible en un doble sentido: tanto en relación con el ciclo económico, evitando altibajos tan brutales como los que ahora vivimos, o los que se vivieron en un pasado; como en relación con la naturaleza, frenando e invirtiendo la tendencia actual, generada por la crisis, marcada por el cambio climático y la destrucción de la biodiversidad. Una crisis que surge del grave desequilibrio que ocasiona sobre nuestro entorno físico las exigencias crecientes en energía y las aportaciones en forma de contaminación y residuos de todo tipo fruto de nuestro metabolismo económico. Es necesaria una reflexión que nos conduzca a la respuesta obvia a una pregunta que debe ser formulada al menos por razones retóricas. ¿La economía es independiente del ser humano o ha de estar a su servicio? ¿Al servicio de todos o de algunos?

Segundo elemento de reflexión: ¿a qué nos conduce la afirmación incuestionable de que la economía es una antropología? En tercer lugar, preguntarnos sobre cuáles son los valores y las virtudes implícitas en el modelo económico que es necesario impulsar, que tiene, como ya he apuntado, el mercado y la propiedad privada como uno de sus ejes, pero también el de la solidaridad y el del uso social de la propiedad como otros definidores de su naturaleza.

Finalmente, hemos de preguntarnos cómo desarrollar en la sociedad el sistema de valores y virtudes que hayamos determinado como necesarios para el buen funcionamiento económico. El presupuesto histórico de que el egoísmo es el mejor motor no deja de ser, ya hace tiempo que es así, una fantasía desmentida por la realidad.

Desde una perspectiva cristiana, tenemos mucho que aportar a este debate y a la construcción del nuevo modelo. Muchos de los interrogantes nosotros podemos darlos por despejados, pero a condición de que seamos capaces de presentarlos en términos racionales y demostrativos de que nuestras conclusiones son las mejores. Todo esto es un reto y por consiguiente, como todos ellos, es también una oportunidad.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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