La noche del oráculo, de Paul Auster

 Ingeniería y estética: éstos son los dos sustantivos con los que podríamos describir esta novela. Aunque, está claro que no es una narración sustanti…

 

Ingeniería y estética: éstos son los dos sustantivos con los que podríamos describir esta novela. Aunque, está claro que no es una narración sustantiva, sino una novela de espejos, de apariencias, una novela dentro de otra novela, dentro, a su vez, de otra novela. Es un artefacto preparado para demostrar que el mundo es falso, una copia cuyo original nunca existió, es una fuga de significado, en la que el hombre lo único que puede hacer es intentar agarrarse inútilmente a algo de lo que sucede, aunque sólo sea por conseguir la escurridiza felicidad del instante.

 

Sin embargo, se agradece la sinceridad de los personajes y del escritor. Todos desean más – se ve, se percibe- pero este mundo sólo les da un menos. Los hombres perfectos, buenos, misericordiosos, no existen (Auster lo llama “El equipo azul”). Todos están manchados por el mal, todos han cometido algún crimen contra la humanidad. Nadie está a la altura del amor que desea. Remembranzas del escenario dantesco de un Dachau liberado, recortes de prensa ilustrando atrocidades de madres con sus propios hijos, infidelidades conyugales, insatisfacciones existenciales que obligan a huidas de la propia vida, padres incapaces de amar a sus hijos, hijos que intentan dañarse a sí mismos y a los demás a modo de venganza… Las fatalidades y los crímenes se suceden creando un escenario en el que el autor parece que nos esté diciendo, como le hace decir a uno de sus personajes: esta novela es “el sitio exacto de la tierra donde la vida humana ha perdido su significación.”

 

Para Auster no hay salida. No sirve de nada tomar conciencia de la situación y ponerse a trabajar. Ed, el único personaje de la novela que se considera conscientemente testigo de este holocausto al que ha llegado la humanidad, intenta crear la “Oficina de la Preservación Histórica”, que, según él dice, “ es la casa de la memoria, pero también el templo del presente. Juntando esas dos cosas en un solo sitio, me demuestro a mí mismo que la humanidad no se ha acabado.” Es una demostración engañosa, meramente subjetiva y sentimental, que no convence ni a él mismo, ni a los demás, que le vemos morir dejando su obra inacabada.

 

Uno, leyendo este libro bien escrito y trabajado – ¿cómo negarlo? – recuerda “La senda del tiempo”, una canción de los españolísimos y reivindicativos Celtas Cortos, que decía: “A veces llega un momento en que te haces viejo de repente, sin arrugas en la frente pero con ganas de morir…” La solución que nos da la misma canción a ese problema existencial dice así: “siento que algo echo en falta, no sé si será el amor.” Auster ensaya la misma solución: la única solución a los problemas es el amor, que salva la distancia creada por los males que los unos van infringiendo a los otros. Sin embargo, el amor de sus personajes no salva la distancia porque se produzca un perdón consciente, sino que lo hace entregándose al olvido y al ensueño. Y eso le quita potencia y realismo a la historia, haciendo que venza un amor blandengue y lacrimógeno que nos deja con las ganas.

 

Leíamos hace poco un libro de Luigi Giussani titulado ““Tú” (o de la amistad)”, que empezaba diciendo: “La apariencia efímera urge a una relación con el Infinito”. El vértigo que produce esta afirmación es la llave que abre la insatisfactoria falsedad de esta historia increíble. Porque la belleza sin verdad es la rampa que nos arrastra al peor de los nihilismos. Sólo es signo el signo cuando apunta a un significado, y para lo máximo que da la creatividad humana es para crear signos, o signos de signos, o signos de signos de signos… Por eso esta novela no está mal como ejemplo de obra inacabada.

La noche del oráculo

Paul Auster

Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Anagrama

264 págs.

16 €

 

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