La Nueva Evangelización, los jóvenes y el padre Morales

El Sínodo para la Nueva Evangelización y el Año de la Fe quieren, con urgencia y esperanza, dar respuesta a los retos de nuestra …

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El Sínodo para la Nueva Evangelización y el Año de la Fe quieren, con urgencia y esperanza, dar respuesta a los retos de nuestra sociedad, sumida, dice Benedicto XVI, en un “eclipse de Dios” y, por tanto, desorientada. La Nueva Evangelización consiste en “el coraje” de anunciar el Evangelio hoy, en una sociedad de raíces cristianas pero secularizada, relativista, utilitarista, es decir, antievangélica, pero que, sin embargo, no logra apagar la sed radical del hombre, creado por Dios para Él.

Se trata de reavivar ese coraje de los primeros cristianos, los primeros misioneros, porque la Iglesia o es misionera o no es. Pero como no se puede transmitir aquello en lo que no se cree y no se vive, es necesaria una autoevangelización, que comienza por conocer nosotros mismos los contenidos de nuestra fe, expuestos en el Catecismo de la Iglesia Católica y, sobre todo, se trata de vivirlos. “Nueva Evangelización” es “nuevo ardor” (Juan Pablo II, 1983. Puebla) para vivir y anunciar a Cristo.

Son los jóvenes las principales víctimas de esta oscuridad pero a la vez son su “aurora” (Benedicto XVI), su remedio, si acogen y viven la fe. Sólo necesitan buenos maestros, es decir, testigos. Benedicto XVI coincide con Juan Pablo II, Pablo VI y el Vaticano II en la importancia de la evangelización de y por los jóvenes, así como en proponer a la Virgen como Estrella de esta Nueva Evangelización. Pues bien, en este contexto de sintonía con la Iglesia hemos de situar al padre Morales y el movimiento juvenil por él fundado, la Milicia de Santa María.

El padre Morales se dedicó, en la 2ª mitad del siglo XX, a formar jóvenes laicos para que viviesen coherentemente su bautismo mediante una vida interior profunda de unión con Dios y María y en la práctica de sólidas virtudes de forma que “de la abundancia de su corazón hablase su boca”, es decir, que fuesen apóstoles de sus compañeros, jóvenes evangelizadores de otros jóvenes. Se dedicó, uno a uno, a formarlos poniendo en práctica, fidelísimamente, las exhortaciones conciliares y de los papas. Utilizando sobre todo el medio de los Ejercicios Espirituales y luego la paciente dirección espiritual, iluminaba en ellos grandes ideales y forjaba su voluntad; les formaba en una seria vida interior, de oración y sacramentos; de seria responsabilidad en el cumplimiento del deber profesional y social y en el apostolado, lanzándolos audazmente a ser apóstoles de sus compañeros.

Era algo novedoso en España y no dejó de suscitar críticas por parte de sectores clericalistas, no aparejados a los cambios que la sociedad y la llamada de los papas, entonces, exigían. Surgirá, así, el Hogar del Empleado, que después abandonaría para dedicarse a los institutos seculares que surgieron de él, Cruzados y Cruzadas de Santa María, así como a una asociación de matrimonios, Hogares de Santa María y a un grupo juvenil de laicos, Milicia de Santa María, también con dos ramas, masculina y femenina.

Se cumple en el mes de octubre el 18 aniversario de su partida a la eternidad, en el mes del Rosario –destacaba por su ferviente amor a María-, en el mes de las misiones –fue apóstol y formador de apóstoles- y en el día 1, memoria de Santa Teresa de Lisieux –su espiritualidad impregna su obra-. La frase de Juan XXIII “el miedo no existe, es falta de fe” la hizo suya hasta casi convertirla en lema. En este Año de la fe que empieza, podría serlo también para nosotros.

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