La nueva película de El Exorcista parece una aventura de acción al estilo de La Momia

Los trailers que anuncian Exorcista: el comienzo en los cines son engañosos: empiezan con frases memorables y estremecedoras de la película clásica de…

Los trailers que anuncian Exorcista: el comienzo en los cines son engañosos: empiezan con frases memorables y estremecedoras de la película clásica de William Friedkin, nos dejan vislumbrar escenas emblemáticas del clásico (la silueta del padre Merrin bajo la farola, a pies de la escalera; el rostro deformado de Regan, al niña poseída) e incluso suenan unos acordes plagiados del Tubular Bells de Mike Oldfield. Todo tiene por objeto hacernos pensar que vamos a ver otra El exorcista. Y no, no es eso lo que veremos en la nueva película.

Exorcista: el comienzo narra el primer encuentro del padre Merrin con el demonio Pazuzu en África en los años 50. Claro que eso ya nos lo habían contado de forma inquietante y mágica en la segunda parte de El Exorcista, la filmada por John Boorman, con escenas oníricas que asociaban al demonio con las plagas de langostas devoradoras en África. ¿Entonces? Pues nada, tábula rasa, se espera que el espectador no recuerde la película de Boorman; he aquí otra versión más de las aventuras de Merrin en África.

En la versión de Boorman no había discursos culturales, pero la gente que conoce África reconocía el cristianismo copto y etíope, sus iglesias excavadas en la roca, sus cruces y turbantes, tejiendo el ambiente donde Merrin se enfrenta al demonio. Todo ello resultaba creíble y perturbador. En cambio, en esta película se nos pretende hacer creer que un ejército bizantino de época de Justianiano (s.V) llegó a Turkana, en Kenia y construyó una iglesia sobre un antiguo templo del demonio Pazuzu que luego enterró para encerrar el mal (por cierto, Pazuzu –su nombre y su imagen en las películas- es un demonio real de la mitología mesopotámica, aunque en esta película no se le menciona por su nombre). Descubierta la iglesia bizantina de Kenia en los años 50, llaman a Merrin para examinar las excavaciones en su calidad de arqueólogo, ya que no ejerce de sacerdote a causa de las atrocidades vividas en la Segunda Guerra Mundial, que le hicieron perder la fe.

La película clásica de 1973 era perturbadora por su realismo, su sobriedad, su cercanía y la inquietante fotografía de Owen Roizman. Estaba basada en una novela de Willian Peter Blatty, inspirada en un caso real que afectó a un chico de 14 años en 1949 en Maryland. Todo ello la hacía plausible: era algo que podía pasarte a ti. Regan era una niña normal de una ciudad actual, su madre era una madre normal, el padre Karras era un cura normal, incluso moderno, cercano, que hacía deporte en chándal. Y en esta normalidad absoluta empiezan a suceder cosas incomprensibles. Regan y su madre acuden a la ciencia, a las autoridades, pero nadie puede hacer nada por ellas. Están solas frente a un mal innominado, que las autoridades se niegan incluso a reconocer porque no entra en sus esquemas. Están solas… hasta que llega el anciano padre Merrin.

Nada de esto se experimenta en la nueva película. Aquí todo sucede en un escenario lejano, de película de aventuras coloniales, con nativos turkana y tropas británicas enzarzadas en combate, con espectaculares tormentas de arena y efectos especiales, con hienas gigantescas generadas por ordenador… Todo recuerda más las películas modernas de aventuras de La momia que a otra cosa.

Los personajes están desdibujados y son poco creíbles. Sus motivaciones son esquemáticas y arbitrarias. Más triste aun, no hay ninguna profundización teológica. En la película clásica, el padre Karras se sentía culpable de haber dejado morir sola a su madre. Eso le hacía tener dudas sobre su vocación y el demonio las explotó. En esta película el maligno repite la misma estrategia, esta vez por la implicación forzada de Merrin en atrocidades nazis. Pero en la novela de Blatty y la película clásica la clave estaba en la lucha entre el demonio acusador y la confianza firme de los sacerdotes en que Dios es amor, que Dios ama a los hombres por deformados, torturados, malvados o esclavos que sean. Nada de esto se señala en la película.

El exorcismo (asombra que sea en inglés en los años 50, y no en latín) parece más un conjuro mágico que una oración de ritual, y se presenta como una especie de combate físico de superhéroes, muy en la línea espectacular del combate de Saruman contra Gandalf en La compañía del Anillo. El maquillaje no supera especialmente al de la película clásica. El demonio trepando de espaldas por la pared no asusta en este contexto de película de aventuras. En general, es difícil tener miedo y de hecho hay varias ocasiones en que la película pierde fuelle y simplemente aburre.

Un buen consejo sería ahorrarse el dinero de la entrada o invertirlo en una buena película de aventuras y, si se está interesado en temas de exorcismos reales, visitar la web del padre Fortea, comprar su libro Daemoniacum (Editorial Bellaqva) o Habla un exorcista, el libro del exorcista oficial de Roma, el padre Gabriel Amorth (Planeta+Testimonio).


Exorcista: el comienzo (Exorcist: the beginning)
EEUU, 2004
Dirección: Renny Harlin
Guión: Alexi Hawley, basado en el argumento de William Wisher y Caleb Carr
Intérpretes: Stellan Skarsgard, James d’Arcy, Izabella Scorupco, Julian Wadham, Remy Sweeney
Producción: James G. Robinson
Fotografía:Vittorio Storato
Música: Trevor Rabin

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