La oscuridad, y no la razón, sustituye la conciencia religiosa

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Ahora algunos medios de comunicación están descubriendo algo que ya era un común denominador en la cultura popular. Se trata de la abundancia de programas en la televisión digital, todos ellos de cobro, de brujos y videntes. ¿Quién, practicando el esforzado deporte del zapping, no se ha cruzado alguna vez con la imagen de un señor o una señora que por teléfono y ante la pantalla del televisor recoge inquietudes, consultas y las responde en términos que son un insulto al sentido común? A través de la combinación de magia, esoterismo y demás oscuridades, la necesidad de las televisiones de conseguir espacios de bajo coste y rentables, así como las líneas telefónicas de pago han contribuido a crear un mejunje nocturno donde estos magos, previo alquiler del espacio, se alimentan de los ingresos de las llamadas telefónicas, fomentando, así, un pensamiento basado en la más pura y extraña irracionalidad.

Si alguien desde el laicismo en su vertiente atea pensaba que la religión iba a ser sustituida por una luminosa capacidad de razonar del ser humano se ha dado con la puerta en las narices. De hecho es un mal anunciado. En un trabajo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), precisamente dirigido a examinar el estado de la religión en España a principios de siglo, se mostraba en toda su evidencia que las generaciones más jóvenes, las menores de 25 años, precisamente las que poseen un mayor número de años de escolaridad a sus espaldas, mostraban un porcentaje de creencias en magos, fantasmas, brujas, horóscopos y espíritus de los muertos que doblaba o triplicaba, según el tema, al de los mayores de 65 años; es decir, el sector de población caracterizado por su menor nivel de estudios.

Nuestra sociedad se está embruteciendo a pasos acelerados por diversos canales. A ello no es extraño el hecho de que, políticamente desde el fin de la transición en los inicios de los 80, el país haya estado gobernado casi siempre por el partido socialista. Su proyecto cultural ha pasado por fomentar todo aquello que significa una ruptura con la tradición cultural y, sobre todo en los años de Zapatero y de una manera más acusada, se ha dado un paso adelante focalizando el antagonismo religioso y la ruptura antropológica.

Ahora España es un país donde los bienes constitutivos, los valores fundantes, la vida y la verdad están relegados. A este complejo antropológico y moral se le añade el derrumbe económico que sitúa el paro en cifras insólitamente altas, junto con el fracaso escolar; es decir, presente y futuro socio-económico. Y a esto a su vez se suma lo dicho: una población con un nivel de estudios reglado de país desarrollado que ve crecer en su seno la existencia de actitudes profundamente irracionales, basadas en las supersticiones que parecían superadas.

El Papa Benedicto XVI ha reclamado, una y otra vez, la necesidad de vincular razón y fe, y de establecer un diálogo entre ésta y el pensamiento secular a fin de contribuir al verdadero crecimiento de las dimensiones humanas. En esta tarea, por el momento, España avanza en sentido opuesto.

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