La paradoja turca

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La Unión Europea ha retomado el diálogo con Turquía dirigido a una posible adhesión. Lo más remarcable de este hecho es que viene a poner fin a años de bloqueo a las negociaciones para que este país pase a ser un miembro de pleno derecho. Habitualmente, el esquema del debate que se ha producido en Europa parece dibujar dos campos. Uno, el que podríamos llamar ‘liberal’, que estaría por la ampliación de la Unión Europea y que criticaría al otro campo bajo la idea de que la UE no puede ser considerada "como un club cristiano". Recordemos que el PP español estaba -ignoramos si han modificado su posición- en aquella primera posición y que había sido una de las fuerzas políticas que había utilizado en términos peyorativos aquella expresión sobre el "club". La idea de fondo es que la Europa liberal y laica estaría por la multiculturalidad de la Unión y, por lo tanto, no tendría especiales reservas con Turquía más allá del cumplimiento de acuerdos concretos; mientras que la otra posición ‘cristiana’ tendría reservas por la naturaleza islámica de aquel país. Este es el planteamiento que más o menos ha venido funcionando hasta ahora, pero que refleja solo una parte de la verdad.

En realidad, la oposición a Turquía viene en gran medida determinada por el hecho de que, si formara parte como miembro de pleno derecho de la Unión, las fronteras pasarían a situarse en terrenos tan conflictivos como el Cáucaso, Siria o Irak. Todo aquel espacio sería también un espacio en el borde europeo y a muchos esto les parece un gran riesgo. También tienen peso las limitaciones que las libertades tienen en Turquía, bien sean referidas a la minoría turca, bien a la libertad de expresión, y al mal trato que en ocasiones tienen otras comunidades religiosas que no sean el Islam.

Pero, a todo esto, creo que hay que sumar un factor adicional que rompe en parte con el esquema de "el club cristiano". La entrada de Turquía reforzaría claramente dos aspectos que en Europa se encuentran en conflicto. Uno de ellos sería el respeto a la vida del no nacido. La mayoría política turca es claramente contraria al aborto, y persigue una legislación restrictiva en este punto. El peso demográfico, político, con carácter creciente, y también el económico, se harían notar. La otra cuestión es el respeto por el hecho religioso. Los parámetros actuales que permiten la burla, la ofensa, la injuria sobre el cristianismo en nombre de la libertad de expresión, sufrirían sin duda un trastorno importante porque Turquía no aceptaría con facilidad que continuara una tendencia de este tipo. La incorporación turca, pues, abriría, como mínimo, dos grandes frentes de conflicto con el sector ‘laico’ que defiende su integración.

De lo dicho hasta aquí no puede deducirse que sean intercambiables las ventajas que la incorporación turca puede producir en determinados campos, también en el de los valores morales, por los peligros que lleva incorporada su adhesión. No se trata de nada de eso, sino de demostrar que los esquemas simples en la vida política, muchas veces, y sobre todo en la de ámbito internacional, no se ajustan a la realidad de las cosas.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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