La piel de la Iglesia

Es cierto que la sociedad española se seculariza cada vez más. Hay datos que así lo demuestran, como por ejemplo los bajos porcentajes de asistencia a…

Es cierto que la sociedad española se seculariza cada vez más. Hay datos que así lo demuestran, como por ejemplo los bajos porcentajes de asistencia a misa de los jóvenes. Aún con todo, la Iglesia sigue siendo la institución con mayor capacidad de convocatoria de jóvenes ante eventos específicos.

Según el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), el 78% de los españoles admite su condición de católico, y uno de cada cinco asiste al culto los domingos. Los matrimonios canónicos han descendido en los últimos años, igual que los bautizos, pero siguen siendo predominantes en comparación con los ritos civiles.

Sea directa o indirectamente, la Iglesia mantiene su presencia en esferas sociales de máxima importancia, como son la asistencial, la hospitalaria o la educativa. Solamente Cáritas emplea a más de 65.000 voluntarios. La dimensión social de la Iglesia exige un compromiso privado y público para su mantenimiento económico.

Me explicaré a partir de una metáfora. Una fruta es más sabrosa y nutritiva cuando su piel aguanta la lluvia, los rayos del sol, las picaduras de los bichos y los productos insecticidas. La piel es imprescindible para que la fruta guste al paladar y alimente al consumidor.

Con la Iglesia ocurre algo parecido. La ayuda al sostenimiento de su piel permite que los servicios religiosos y asistenciales que la institución y sus entidades prestan no se debiliten. Por eso no debe extrañar que haya en marcha una campaña publicitaria para captar la solidaridad del contribuyente en la casilla del IRPF, y múltiples anuncios de ONG’s católicas que solicitan recursos para proseguir con sus tareas de ayuda a los necesitados.

Es de interés público que estas actividades logren suficientes recursos para fructificar. En unos casos, se trata de asistir espiritualmente a enfermos y presos; en otros, de mantener templos y lugares abiertos al culto; y en otros muchos, en fin, de asistir a los más necesitados.

Por eso no se llega a comprender algunas críticas a la financiación de la Iglesia apelando a un dogma abstracto como es la laicidad. Nuestra Constitución postula una laicidad positiva, es decir, una aconfesionalidad cooperativa que resulta mucho más dable en su aplicación práctica, y que no excluye la financiación de las actividades que lleven a cabo diversas tradiciones religiosas.

Con la colaboración económica se refuerza la piel de la Iglesia. De este modo la institución y el conjunto de sus entidades asistenciales, caritativas, no gubernamentales etc. pueden prestar en mejores condiciones sus servicios a la sociedad en un marco de libertad y respeto mutuo.

No se trata de mantener a la Iglesia por el mero hecho de mantenerla. Se trata de colaborar en su sostenimiento por los servicios que realiza a la sociedad. Esto es lo propio de un Estado como el nuestro que, democrático y de Derecho, también se califica de social, y se ha comprometido a cooperar con las confesiones en la medida en que éstas aporten su grano de arena al bien común.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>