La presión fiscal española graba demasiado a los ingresos medios

La evidencia olvidada de que la economía es una antropología o, mejor dicho, es fruto de una determinada concepción antropológica, es seguramente la c…

La evidencia olvidada de que la economía es una antropología o, mejor dicho, es fruto de una determinada concepción antropológica, es seguramente la causa fundamental de que las políticas que se aplican no acaben de servir bien a las necesidades de los ciudadanos.

La concepción del hombre que tenía el sistema soviético era substancialmente distinta del europeo occidental o del norteamericano. Y, en razón de esta diferencia, había tres modelos económicos distintos: donde el Estado lo era todo, donde solo era una parte determinante que velaba por el bienestar y no tanto por la producción o, como en el caso americano, era un factor que complementaba y no estorbaba a la capacidad de libre iniciativa de los ciudadanos.

En este marco, la fiscalidad es esencial porque el Estado detrae dinero de nuestros bolsillos y los gasta de manera más o menos razonable, y a través de esta suma y de esta distribución modela la sociedad. En el caso de España, por ejemplo, es evidente que las familias con hijos “subvencionan” a la población activa que carece de ellos, puesto que esta última no aporta los recursos suficientes para financiar su pensión futura.

En España ¿se paga mucho o se paga poco? Un reciente informe del servicio de estudios de La Caixa, aporta una clara visión de conjunto: la situación española se encuentra a medio camino entre la presión fiscal de la UE-25 y los Estados Unidos. Mientras que los impuestos más las cotizaciones sociales representan en porcentaje del PIB entorno al 35% en el caso español. En la UE-25 se sitúa ligeramente por encima del 40%, mientras que en EEUU, que alcanzó el 30% del PIB en el año 2000, ha venido disminuyendo hasta situarse en una cifra próxima al 25%.

En Europa solo Irlanda tiene menor presión fiscal que España en términos de cantidad pagada sobre el PIB. Por tanto, ocupa el penúltimo puesto, casi a la par que Portugal.

El debate sobre si los impuestos españoles deben subir para aproximarse a los niveles europeos o disminuir en virtud de proporcionar mayor recursos a la iniciativa privada, es obviamente una cuestión abierta, aunque está claro que incluso los socialistas, al menos nominalmente, se inclinan por recortes ligeros.

Una respuesta justa que contemple la realidad del hombre necesita profundizar en mayor medida sobre cómo realmente funcionan los impuestos, cuáles son las necesidades a atender ahora y en un futuro, y cual es la eficacia del Estado en la intermediación que realiza, esto es, la cantidad que consume en mantener su propio aparato y que representa la diferencia entre lo que recauda y realmente aplica a finalidades concretas.

Los impuestos en España tienen como fuente fundamental el IRPF y el IVA. El primero ha venido atenuando su presión desde el año 1995 hasta casi ser equivalente al Impuesto sobre el Valor Añadido, ambos entorno al 25% sobre el total recaudado. El impuesto de sociedades aporta el 15% restante y el resto procede de fuentes menores y diversas.

En la práctica el IRPF es un impuesto sobre el trabajo. En el 2003 las aportaciones de los asalariados representaban más del 80% del total recaudado. Por otra parte el montaje del sistema fiscal español hace que el fraude y el menor control sobre las rentas no salariales y, los altos tipos impositivos en los tramos más elevados, del 45%, estimulan la huída del IRPF de aquellos que pueden acogerse legalmente a la figura de la persona jurídica. Lo que desvirtúa de una manera notable el perfil de nuestro sistema impositivo.

La presión fiscal es menor que en Europa pero graba poderosamente los ingresos medios. Un solo dato lo revela: en el año 2003 los declarantes con tramos de renta situados entre los 21.000 y 60.000 euros representaban el 22%, pero aportaban el 48% de la recaudación total, es decir, más del doble. En esta sola cifra se revela una injusticia apabullante.

No se trata tanto de aumentar la presión fiscal como de conseguir que los que realmente ingresen muchísimo más, contribuyan de manera más efectiva.

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