La Profecía, el 666 y matemos a los niños

En Hollywood faltan ideas. Tras dos precuelas bastante malas de El Exorcista, y el éxito razonable de una película muy digna como es El Exorcismo de E…

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En Hollywood faltan ideas. Tras dos precuelas bastante malas de El Exorcista, y el éxito razonable de una película muy digna como es El Exorcismo de Emily Rose, es lógico que la Fox se haya lanzado a este remake de La Profecía (The Omen, 1976), además aprovechando la fecha de estreno: el 6-6-6, es decir, 6 de junio de 2006, el pasado martes.
 
La película es muy fiel a la versión antigua, que rodó Richard Donner y protagonizó Gregory Peck. Aquí el compositor Marco Beltrami no sólo imita el estilo de la inquietante música de Jerry Goldsmith (que se llevó un Oscar por ello) sino que utiliza alguno de sus temas. El guionista, más que adaptar, quita el polvo al viejo guión y le añade un par de detallitos. Por ejemplo, una profecía que en la película de los 70 hablaba del Mercado Común como signo de plenitud del Imperio Romano, y por lo tanto señal del fin de los tiempos, aquí se refiere a la Unión Europea.
 
En cambio, la mayoría de las profecías bíblicas se han dejado como estaban, pero ahora ya no asustan tanto. En los años 70 circulaba entre muchos evangélicos de EEUU la idea de que con el retorno de los deportados de Sión (la fundación del Estado moderno de Israel) se acercaba el fin de los tiempos. Israel llevaba sólo 28 años de existencia cuando se estrenó la película… y muchos pensaban que al cumplirse los 40 años, llegaría el fin. Hoy muchos esperan un fin del mundo cercano pero no hay fechas consensuadas como las que había en en los setenta.
 
Como lo que da pedigrí siempre es Roma, la película empieza con un astrónomo señalando diversos eventos en los cielos y un cardenal comentando al Papa que se están cumpliendo profecías del Libro del Apocalipsis: la caída de las Torres Gemelas, la destrucción del transbordador Columbia, el tsunami del sureste asiático, el abuso de prisioneros en Abu Ghraib, etc…
 
Luego pasamos a la trama familiar: un diplomático americano en Roma ve que el bebé que ha dado a luz su mujer está muerto; un extraño sacerdote le convence de que no se lo diga a su esposa, que le dé otro bebe, cuya madre también ha muerto, robado de la unidad neonatal. Cinco años después, empiezan a pasar cosas raras con el inquietante niño de ojos azules.
 
Para empezar, su niñera se suicida en el cumpleaños y delante de todos, dedicando el acto al pequeño Damien. Los animales actúan violentamente ante el niño. Un cura asegura tener un secreto que contar sobre el niño. La madre (adoptiva, sin saberlo) parece estar enloqueciendo.
 
Buena parte de la eficacia de la película está en el miedo psicológico que subyace en todos los padres de descubrir que su hijo, al crecer, es un extraño.
 
En España, parte del miedo puede ser simplemente, que los niños nos dan miedo. Cuando se estrenó la antigua película, el aborto no era legal en nuestro país. Trece años después, en 1987, hubo 17.000 abortos. Eran casos extremos, se decía que desaparecerían con más libertad sexual. La realidad es que en 2003 hubo 80.000 abortos. En cuanto a los nacimientos,  en 1980 nacían 570.000 niños, mientras que en 2004 sólo nacieron 453.000 (el 13% de madres extranjeras).
Por cierto, jugando con el 6: en España se produce un aborto cada 6,6 minutos; es decir, uno de cada 6 embarazos acaban en aborto provocado. Para quien le gusten las estadística demoníacas.
 
Es evidente que nuestra sociedad tiene un miedo terrible a los niños, aunque no tengan poderes extraños, y los mata o rehúye con pavor. Sólo faltaba esta película para terminar de asustar a la población en edad fértil.
 
Además, para meter miedo hay alguna adición eficaz, como las pesadillas de los padres… que no estaban en la película clásica. Se mantienen los errores de cultura de la película clásica: por ejemplo, decir que el pueblo de Megiddo está al sur de Jerusalén. De hecho está al norte y fue noticia hace unos meses porque en una prisión se descubrieron restos preciosos y muy bien conservados de mosaicos cristianos del siglo IV.
 
La teología y la demonología de la película son eso, de película, para rellenar y ambientar los sustos: la comunión como fuente “mágica” de poder frente al diablo; unos cuchillos rituales necesarios para matar al niño (el gran tema de nuestra época, parece). Y ahí está Mia Farrow haciendo de niñera satánica: “cuidar niños ha sido el gozo de mi vida”, dice el personaje; la actriz, sabemos, adoptó muchos niños, una de las cuales se casó con su padre adoptivo -ex-esposo de Mia-, Woody Allen.
 
Sustos da, pero poco más.

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